Arte: TEMBLOR EN LA FRONTERA

LA COLEGIATA DE LOS MONTES ERVASEOS

La doble autoría de un templo

Peatóm | Rosabel Fernández | 5·07·2008 | 06:00 |
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Colegiata de Arbas

I. Robles. A orillas del nacimiento del río Bernesga se distingue la Colegiata Románica de Arbas

En la vertiente sur del Puerto Pajares, antiguamente conocida como los Montes Ervaseos, se erige la Colegiata de Santa María de Arbas. Leyendas y tradiciones envuelven su fundación y oscurecen el conocimiento de sus orígenes. Para la construcción del templo, se cree que colaboraron dos talleres de distinta procedencia: maestros familiarizados con las líneas del románico asturiano y expertos del gótico bizantino salmantino.

Tanto los estudios realizados como la documentación conservada constatan que en 1075 —cuando Alfonso VI acude a Oviedo a visitar las reliquias de la Cámara Santa—, “todavía el conde Fruela, hermano de Doña Jimena, no había fundado la hospedería de Arbas”. Unos años más tarde, en torno a 1092, una comunidad monástica se asienta en este mismo emplazamiento. Es en este año cuando aparece la primera carta de venta por Quintera Monioz a favor de fray Domingo de Santa María de Arbas.

A pesar de no conservarse el documento dotacional, según Menéndez Pidal, el hospital fue fundado en 1116 por el conde Fruela; y ya a partir de su fundación se habla del hospital en relación a las distintas donaciones que se le otorgan. Y en 1132 se menciona por primera vez la vida canónica en Arbas, formada por canónigos regulares de San Agustín y otras personas ligadas a la abadía, como los fratres y los criados.

De los últimos años del siglo X datan las primeras noticias que revelan la existencia de una comunidad monástica. A partir de este asentamiento se levanta el hospital o albergue de peregrinos, cuya finalidad era la de dar cobijo a cuantos transeúntes pasaban por la zona. El paso que unía la meseta con Asturias tuvo una especial importancia durante la Edad Media gracias a la ruta de peregrinación establecida entre León y Oviedo. Este tramo, conocido como Camino Asturiano, llegaba a San Salvador y desde allí, por el Camino del Norte, los peregrinos continuaban su viaje hacia Santiago de Compostela.

Este hospital de peregrinos tuvo gran relevancia hasta su desaparición. Los últimos vestigios de los que tenemos reseñas —que datan del S. XX—, nos hablan de una construcción muy pobre destinada a guardar el ganado y que se conocía como la casa de los probes, en la que se alojaba a los pobres que así lo pidieran. En la actualidad no se cuenta con ningún establecimiento destinado a albergue de peregrinos.

Un poco de historia

Durante el reinado de Alfonso IX (1188-1230) se levantó junto al hospital la Iglesia de Nuestra Señora de Santa María de Arbas, eslabón entre el románico asturiano y el leonés. El conjunto arquitectónico fue creciendo gracias a las donaciones y los privilegios otorgados en favor del monasterio. En el siglo XIII se construye un templo bajo la advocación de Santa María. Siguiendo las líneas de un románico tardío, conocido como Arte 1200, se desarrolla una estética más sobria y depurada. Destaca la calidad y perfección de su fábrica ejecutada con pequeños sillares de arenisca gris. La sobriedad del conjunto no impide la utilización de una decoración de pequeño tamaño que se relega a los aleros en los modillones; por encima se aprecia el taqueado jaqués, influencia del románico propio del Camino de Santiago.

La iglesia de Santa María de Arbas es de planta basilical compuesta por tres naves divididas por cuatro pilares cruciformes con cuatro columnas adosadas sobre plintos, ornados con una gran variedad de garras, bolas y flores. La nave central destaca en anchura y altura; originalmente la cubierta fue un artesonado de madera que se sustituyó posteriormente por tres bóvedas con crucería estrellada.

Alfonso IX manda construir una capilla al lado del primitivo hospital, propiciando su desarrollo con numerosas donaciones y privilegios

La iglesia está rematada con una cabecera de un tramo y ábside peregrino, redondo en la parte baja hasta una primera cornisa y formado por cinco exedras donde se abren ventanas rematadas por esbeltas columnillas de las que surgen nervios formando una cúpula gallonada, separada por una cornisa que mantiene la sinuosidad que producen las exedras. Esta semicúpula, cuyos gallones están ornamentados con bellas tallas, está organizada de manera similar a las cúpulas gallonadas de la Catedral de Zamora, Toro y Salamanca. Estas características contrastan con el resto del edificio que entronca directamente con el románico asturiano, lo que nos hace pensar que son dos manos las que están trabajando en Santa María de Arbas, con formas tan contrarias como el gótico-bizantino salmantino y el románico astur.

La decoración se concentra en los capiteles y portadas acercándose a una estética gótica. Se produce una deshumanización pasando a una tendencia más naturalista, donde se emplean los motivos vegetales, frente al figurativismo del Románico pleno, conectando con el mundo bizantino y que nos recuerdan la portada de San Juan de Amandi. La única representación en la que se hace alusión a la divinidad, el Agnus Dei, se encuentra en la bóveda del presbiterio. El arco triunfal muy apuntado presenta una estructura de portada con varias arquivoltas ricas en decoración sobre varias columnas.

Dos puertas dan acceso al templo; una en el muro meridional y la segunda adintelada a los pies del edificio, en la que resaltan los modillones decorados con las cabezas enfrentadas de un oso y un buey. Está flanqueada por columnas adosadas a las jambas, con doble arco de medio punto y tímpano liso decorado con orla de billetes.

Menéndez Pidal rescata el templo

A lo largo de los siglos, el templo sufre una serie de transformaciones. Este es el caso de las capillas góticas, adosadas a la nave norte. De igual forma sucede con el vano ubicado en el muro sur que conducía a la antigua sacristía desaparecida en el siglo XVII y que se cegó al construirse una mayor. De la torre solo se sabe que se construye en la época en la que es abad Toribio de Cienfuegos y que se concluye en el año 1693. Y es concebida como una torre pórtico adosada a los pies de la iglesia, donde se ubica el coro en altura. El pórtico del templo se cubre con una crucería compleja, en la que se multiplican los terceletes y los combados y la ornamentación de las claves decoradas con la cruz de la Orden de Santiago, representaciones alusivas al Camino de Santiago y otras de carácter vegetal.

En 1723 se construye la que es hoy la actual residencia de los sacerdotes de la zona y que se conoce con el nombre de la casa del abad. La iglesia sufrió en el año 1936 un incendio en el que se quemó la antigua imagen, y desde ese momento permaneció abandonada hasta el año 1968, cuando pasa a formar parte de la Real Colegiata de San Isidoro de León. La imagen actual es una copia de la Virgen del Monasterio de Gradefes, realizada por el escultor Seoane Otero. En los años 60 será Menéndez Pidal quien logre restaurar la iglesia y la residencia abacial, dando nueva vida al santuario. Su intervención fue un tanto radical, ya que si no se recurre a las fuentes más directas —los documentos del archivo de Santa María de Arbas—, es muy complicado diferenciar las partes originales.

:: La leyenda del oso y el buey

Entre las distintas leyendas que existen sobre el asentamiento de la Colegiata, nos encontramos la que atribuye su fundación a un discípulo del apóstol Santiago o a Don Pelayo, como acción de gracias por sus victorias sobre los árabes, quien a su vez se cree que fundó la capilla Tibi gratias, hoy desaparecida y que estaría situada en el alto de Pajares. Tal como se recoge en distintos documentos, los canónigos de Arbas acudían todos los años a esta capilla con el prior del cabildo a celebrar una misa solemne el día de la festividad de San Bartolomé.

Otra tradición más conocida es la que habla de dos santos eremitas recluidos en el lugar donde se estaba construyendo la iglesia de Arbas. Según cuenta la leyenda, durante la construcción de la iglesia, un oso devoró a uno de los bueyes que se empleaba para el acarreo de los materiales. En respuesta a este acto del animal salvaje, el santo carretero unce milagrosamente al oso el yugo del buey muerto, reemplazando en el trabajo a su víctima. Este relato, que pertenece a la tradición popular, se relaciona directamente con la representación que aparece en el dintel de la portada oeste, donde se encuentran las cabezas enfrentadas del oso y del buey. Se sabe que alguna de estas creencias populares surgen en el siglo XVIII, por lo que podemos pensar que la fábula surge a partir de la representación y no a la inversa.

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