A finales de los años veinte, una de las décadas más fructíferas del mundo del Arte, en Estados Unidos y Europa los arquitectos más emblemáticos comenzaban a construir guiados por el Racionalismo. En España, en cambio, la aceptación de este estilo arquitectónico llegará más tarde, pero se empieza a dibujar el panorama paisajístico de algunas ciudades con los primeros edificios de gran altura.
Entre 1926 y 1930 se construye, en la madrileña Gran Vía, la Sede de la Compañía Telefónica Nacional de España. Considerada una de las obras más particulares de la ciudad, inaugura la temática de los rascacielos. Aunque formalmente debe considerarse únicamente como el primer edificio de cierta altura proyectado en la capital, asentó el paso decisivo del historicismo a la arquitectura tecnológica, inspirada en la arquitectura estadounidense.
La Compañía, fundada en 1924, era una sucursal de la empresa norteamericana ITT ‘International Telephone and Telegraph’ por lo que las primeras trazas fueron proyectadas por el estadounidense Lewis S. Weeks, a quien se debe su estructura metálica hormigonada siguiendo los cánones americanos. Es el arquitecto Ignacio de Cárdenas Pastor quien compone la resolución final del proyecto, conjugando el funcionalismo de Weeks con la arquitectura local, haciendo uso del barroco madrileño en el tratamiento de las fachadas.
Un edificio con particularidades propias
En 1930 la Compañía Telefónica promueve la construcción de distintos edificios para la empresa. Un año más tarde comienza a proyectarse la sede de Telefónica en León. A pesar de las recomendaciones regionalistas difundidas desde la propia empresa —según la región en la que se emplazase la sucursal— el edificio de León ofrece un resultado innovador en consonancia con las corrientes racionalistas. El muro deja de ser el soporte de la escultura añadida a la arquitectura. Ofrece asimismo particularidades propias, distanciándose de la primitiva aspiración del movimiento racionalista, ya que el muro sería exclusivamente el plano que enmarca el interior, tal y como afirmaba arquitecto vienés Adolf Loos.
De planta ligeramente romboidal, se adapta a las viviendas unifamiliares que aparecen en las inmediaciones.
La sede de Telefónica se proyecta en 1931 siguiendo las directrices innovadoras del Racionalismo; la depuración de la ornamentación superflua dejando lo esencial, lo práctico y lo funcional
Se proyecta con estructura de hormigón armado y cubierta plana, según los patrones ejecutados en Cataluña, con peto y barandilla sin ornamentación, resuelta mediante un tubo de hierro. Se valoran todas las visuales, abandonando la dictadura de la fachada principal, ya que todos los planos importan. Las fachadas se muestran aparentemente fragmentadas en dos volúmenes, combinando franjas horizontales de ladrillo —salientes o lisas—, y paramentos de granito sin pulir o cubiertos con carpintería metálica de diseño muy purista, parcialmente sustituida posteriormente. Se presta especial atención a los materiales y detalles, reflejo del tradicional uso del ladrillo en España, adaptado a la aspiración sobria de los principios racionalistas, y desligada del uso de recursos mudéjares tan manidos. En torno a 1949, José María de Vega Samper y Paulino G. Gayo reforman el edificio. Se amplía reproduciendo en un bloque simétrico, las formas del original. A pesar de las alteraciones que ha sufrido en el interior, el exterior ha conservado la originalidad del diseño esbozado en sus orígenes.
El cambio más agresivo
En la última década del siglo XX cae en desuso hasta el año 2003, cuando la compañía vende el inmueble al Grupo Carriegos. Es en este momento cuando, a pesar de estar sujeto al Plan Especial de Protección del conjunto urbano, sufre la última de las transformaciones, la más agresiva a la que se le ha sometido. La demolición del edificio manteniendo únicamente las fachadas, contribuye a la perdida de parte de su esencia. Como ejemplo de arquitectura del racionalismo el programa constructivo del edificio es consecuencia de la funcionalidad del mismo; se desarrolla incuestionablemente del interior al exterior, desde la función hacia la fachada.
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