
Por José María Medina · El Cultural. En la historia de la pintura figurativa occidental la representación de la sombra constituye un elemento plástico determinante y dotado de muy variados y singulares caracteres y funciones de emblema. Sin embargo, y a pesar de su fuerza e intereses técnicos y narrativos, y de sus poderes de significación, la plasmación pictórica de la sombra y luz naturales es un tema de los que se suelen pasar por alto en los comentarios críticos y en la misma bibliografía.
Esta rica y variada historia visual va precedida aquí por un pórtico de pinturas neoclásicas referidas a la antigua fábula de que este arte tuvo su origen en la representación de la sombra
Por eso causó vivo interés la aparición en Londres, en 1997, de un libro tan revelador como Breve Historia de la Sombra, de Victor I. Stoichita, a quien el Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid encargaron la no fácil operación de transformar su libro en esta singular y hermosa exposición, integrada por 112 pinturas, 32 fotografías y una breve selección de fragmentos cinematográficos. El conjunto muestra, en secuencia cronológica, el proceso experimentado por este tema desde su entrada en la pintura flamenca del gótico tardío y en los primitivos italianos de los siglos XV y XVI, hasta el pop-art y la fotografía de hoy mismo. La primera parte de la exposición, montada en el Museo Thyssen, sigue la temática desde la trayectoria que va del Renacimiento al Impresionismo; y la segunda secuencia, ya en la Casa de las Alhajas, expone versiones propias de poéticas del siglo XX y comienzos del XXI.
Esta rica y variada historia visual va precedida aquí por un pórtico de pinturas neoclásicas referidas a la antigua fábula de que este arte tuvo su origen en la representación de la sombra. Según el relato de Plinio el Viejo, fue una doncella de Corinto la primera que, pretendiendo retener físicamente la imagen del joven fugitivo al que amaba, dibujó en la pared de su cuarto el perfil del muchacho al dictado de la sombra allí proyectada por la luz de una lámpara.

Constantin Brancusi (1876-1957) · El origen del mundo, c. 1920
La imagen de uno de estos seis cuadros, el de Joseph Benoît Sube, sirve de frontispicio a la exposición, cuya historia comienza verdaderamente con la sala dedicada al Renacimiento, cuyos artistas recurrieron a representar las sombras para lograr mayores efectos de perspectiva o profundidad del espacio, así como para representaciones más fieles del modelado y plasticidad volumétrica de los cuerpos. Lo atestiguan las versiones tan personalizadas que Bellini, Credi y Caracci hicieron de La Anunciación. Al armonioso sombreado renacentista le sucedió la intensidad del drama entre luces y sombras del claroscuro del Barroco, cuando la sombra se hizo protagonista dominadora de las escenas representadas. Así lo vemos en la teatral composición de Jean Leclerc sobre La negación de San Pedro, o en la maravilla agrisada del escenario de La Main chaude, de Rembrandt, o en las espectaculares composiciones de figuras con candelas encendidas de De La Tour y su círculo.
Un paso más, y nos encontramos con el prodigio sucesivo y el misterio de la penumbra en Goya y los románticos: entonces los efectos de magia visual ceden su protagonismo al dominio de lo narrativo y fantástico y a la expresión de fronteras entre sueño y razón en el pozo interior de cada artista. En ello nos reafirman el vibrante Corral de locos de Goya, las angustiosas Gran sombra de Tischbein y la Escalera con luz nocturna de Menzel, seguidos luego del intimismo desestabilizador de las escenas en interiores del simbolismo de Vuillard y Vallotton. Los impresionistas -Monet, Sisley, Pisarro, Regoyos- cierran el ciclo del XIX replanteando la sombra como fenómeno óptico y como técnica de colorear aquella negrura con que la tradición confundía “lo sombrío”.
Ya en las salas de la Casa de las Alhajas, la segunda parte de la exposición se ciñe a las tendencias del siglo XX, comenzando por las sombras de proyección arquitectónica de los metafísicos italianos -La mañana angustiosa de De Chirico-, y prosiguiendo con la plasticidad fuerte de la figura humana en el realismo mágico alemán para acceder, a través de Picasso, al surrealismo, con Dalí y Delvaux como emblemas, en que la sombra se matiza, oscila y convierte en el no-color de los sueños. Por último, este camino de sombras conduce desde el pop -con el registro fantasmal de Warhol, y las sombras “de diseño” de Lichtenstein- hasta las figuraciones más actuales, que protagonizan Richter, Ruscha, Klauke, Ercolino y las fotos desequilibrantes, y que siguen resultando “novísimas”, de Sam Taylor-Wood.
En esta trayectoria acompaña al visitante el interés avivado de comprobar las soluciones diferentes utilizadas por los artistas y, sobre todo, su manera de usar la sombra para cargar a la pintura de elementos conceptuales, simbólicos, sentimentales y expresivos diferenciados.
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