
Instituto Bíblico y Oriental (IBO). En 1944, Francois Antonovich halló en las afueras de Alejandría, Egipto, un gran tesoro de monedas de la época de Alejandro Magno y los Ptolomeo; fue el inicio de una vocación que le ha llevado a ser uno de los mayores coleccionistas del mundo, parte de cuyas joyas se exhiben desde hoy en León, en una muestra sobre Alejandro Magno. Esos tesoros, “junto con piezas de algunos amigos” integran la exposición “Alejandro Magno. El itinerario religioso”, que ya fue presentada a la Reina de España el pasado 11 de marzo cuando visitó León para inaugurar el Instituto Bíblico Oriental.
Alejandro Magno —para Antonovich— es un dirigente profundamente influido por la religión, como lo demostró con una carta que envió a su preceptor tras una de sus conquistas
La muestra se encuentra en la sede del Instituto, en el complejo monumental de San Isidoro, y tiene un enfoque religioso, acorde con la institución que la exhibe. Alejandro Magno —para Antonovich— es un dirigente profundamente influido por la religión, como lo demostró con una carta que envió a su preceptor tras una de sus conquistas. “Que sepas —escribió Alejandro— que me he hecho dueño del país de las especias. Te envío mirra e incienso para que dejes de ser tacaño con los dioses.” Pero Alejandro no se ceñía a una divinidad concreta: “era un hombre religioso y en su ruta, en sus batallas siempre adoraba a los dioses de cada región. En Egipto, a los egipcios; con su madre, a los griegos; en Persia, a los dioses persas, y en el Gándhara, a Ganesh”.

Alejandro Oferente
De aquella vinculación a las divinidades, hay muchos detalles en la exposición, donde abundan los retratos de Alejandro con cuernos, como el dios Amón a cuyo oráculo acudió. “Tienes la vocación para la conquista de Egipto, serás el faraón del Alto y Bajo Egipto” respondió el oráculo, según señala Antonovich -egipcio de nacimiento- quien recuerda el cariño de Alejandro, por el país del Nilo y en especial por el oasis de Siwa. Para Antonovich, la educación que Alejandro recibió de su madre fue también sincretista, como lo era la visión religiosa de buena parte de la sociedad griega del siglo IV a.C.
La muestra se encuentra en la sede del Instituto, en el complejo monumental de San Isidoro
El coleccionista destaca que el dirigente impulsó el griego como lengua del imperio pero trató de asimilar dioses y costumbre de cada país: “En el Gándhara se vistió como indio e hizo a los nobles de indios ponerse el kitón griego; en Bactria y Ghandara instaba a sus militares a casarse con mujeres del territorio, como él hizo con Roxana”. De todos estos territorios hay excelentes muestras de arte, tanto de los días de Filipo de Macedonia y Alejandro como del mundo helenístico posterior, con piezas provenientes desde el Indo hasta Roma, desde representaciones del líder griego como el dios Ganesh hasta imágenes cristianas.
La presencia de éstas últimas tienen una lógica: “la propia iconografía de Alejandro Magno pasó desde Grecia al cristianismo, a la hora de representar a Cristo”, dice Antonovich. Entre las piezas, el coleccionista no destaca una especial: “siempre —dice— la más querida es la última adquisición” pero tiene especial predilección por las monedas provenientes de Afganistán: “son las más bellas monedas del mundo griego”, argumenta.

Alejandro Cosmocrator
También destaca la selección de imágenes provenientes de Macedonia, entre ellas una diadema (corona real) de oro y discos de oro con los rayos macedónicos.
De Egipto figuran vasos, bajorrelieves y estatuillas; tampoco faltan los cálices, vasos de la liturgia báquica que también practicaba Alejandro, así como retratos del dirigente griego y de su sucesor Alejandro IV, uno egipcio y otro de época romana. Desde el día en que encontró las primeras monedas alejandrinas, Antonovich sintió interés por este héroe griego, una fascinación que se sintetiza en esta muestra: “son objetos que representan cincuenta años de coleccionista; los he comprado poco a poco”.
Aún cuando en la vida de Alejandro hay acciones dramáticas, tanto en la guerra como en sus borracheras báquicas, Antonovich destaca su sensibilidad: “Alejandro era también poeta y amaba al arte y a quienes lo practicaban. por eso cuando arrasó Tebas la única casa que dejó en pie fue la de Píndaro”.
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