
Por Víctor Novoa · Hoyesarte. El Museo del Prado dedica hasta el 6 de septiembre la mejor y más completa exposición realizada en España sobre el pintor valenciano Joaquín Sorolla, una muestra comisariada por José Luis Díez —jefe de Conservación de Pintura del Siglo XIX del Prado— y Javier Barón —jefe de Departamento de Pintura del Siglo XIX— que ofrece más de un centenar de obras del pintor valenciano, prestando especial atención a las Visiones de España (1911-1919), catorce lienzos que desarrolló en su última etapa creativa, antes de caer enfermo de hemiplejía y morir a los pocos años, para la Hispanic Society of America.
:: Pasta de luz
Sus cuadros, con todas las comillas posibles, son una especie de “pintura sin tema”, planificada, única, y exclusivamente para los sentidos, un placer deliciosamente fácil
La pintura del valenciano arrastra una técnica irrepetible, un manejo del pincel absolutamente magistral, se podría decir que inagotable. El secreto es no dejar de mirar nunca sus obras, detenerse en los propios ritmos que la pintura marca. Ritmos que terminan por acusar unas composiciones magistrales. Una pintura que hace de la luz pasta y que roza, por tanto, su propio empleo como tema central. Inagotables relaciones cromáticas que mantienen el recuerdo de los impresionistas, sin perder nunca la referencia de los objetos sobre los que la luz incide y que termina por difuminar y, sobre todo, imbuir en una atmósfera vaporosa o de tierra en suspensión. Por ello, la obra de Sorolla acaba siendo mucho más que una luz costera tostada por la calma del atardecer, pues cada uno de sus cuadros esconde, atendiendo fundamentalmente a los detalles, un planificado desarrollo de la técnica pictórica. Así, sus cuadros, con todas las comillas posibles, son una especie de “pintura sin tema”, planificada, única, y exclusivamente para los sentidos, un placer deliciosamente fácil.
:: Pintura de alma clara
Precisamente, todos esos alardes de mano envidiables, son los que ponen a Sorolla en un lugar preeminente dentro de la historia de la pintura española, pues, generalmente, los asuntos que trata parecen pertenecer a un no lugar de algún indeterminado instante de un siglo XIX que jamás hubo de suceder. Mirando al pasado, negando el futuro y sin un sitio comprometido en lo que por aquel entonces era el siglo XX, Sorolla pintó hasta sus últimos días. ¿Por encargo? Sí, pero de qué manera.



Joaquín Sorolla · Autorretrato
Con él, la “leyenda negra” de España, parece no serlo tanto, aunque no precisamente porque su paleta carezca de ocres. Sus imágenes de una burguesía aburrida, principal motor de algunos de sus más célebres retratos, mantienen casi siempre un sabor esperanzador, resultado de una factura fluida, brillante y, por qué no, untuosa. Aspecto éste que, recientemente, ha sido objeto de estudio, especialmente al comparar su pintura con la del inglés Sargent. Por todo, recorrer en estos meses las salas del Prado, será como dejarse poseer por una intensa luz, donde la pintura, el color y el espesor compositivo habrán de engendrar, seguramente, un estado contemplativo plácido, fruto, como siempre sucede con Sorolla, de una pintura que invade el alma clara.
:: La España de Sorolla
En noviembre de 1911, Joaquín Sorolla recibe el encargo de pintar las Visiones de España, lienzos de más de tres metros con figuras a escala natural que debían reproducir las actividades y costumbres propias de cada una de las regiones españolas. Más bien, mostrar la visión que de nuestra cultura tenía un magnate americano seducido por España. El trabajo estaba previsto para cinco años, pero terminó alargándose a ocho. También, el tema previsto, se cambió: en lugar de pintar escenas del pasado histórico de España y Portugal, se optó finalmente por retratar la España contemporánea del pintor.
Fue Archer Milton Huntington (Lord Huntington) el culpable y promotor de tal encargo. Hijo de un multimillonario que hizo fortuna en el ferrocarril y fundador de la Hispanic Society, Huntington fue un gran apasionado de la cultura española. Con apenas veinte años, ya destacaba como obsesivo coleccionista de literatura española, atesorando en su biblioteca personal cientos de textos en nuestra lengua. Y aunque se acercó a España seducido por una imagen romántica preconcebida, casi como Don Quijote buscador de molinos o como habitante de un cuento de Washington Irving aderezado con peinetas, terminó siendo una figura clave en la proyección del arte español fuera de nuestras fronteras. Y todo gracias a su amistad con el irrepetible pintor.
Sorolla había contactado con Huntington en un hotel de Londres en 1908 con motivo de su exposición en las Galerías Grafton. Un año después, en 1909, el magnate hispanófilo le abrió las puertas de la Hispanic Society para mostrar sus cuadros, en su mayor parte, retratos de la nobleza estadounidense, cuadros que servirían, si cabe, para estrechar lazos comerciales entre los dos amigos y, cómo no, dar comienzo a la negociación de la serie de las regio
:: Biografía
Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia, 27 de febrero de 1863 - Cercedilla, 10 de agosto de 1923), fue un pintor y artista gráfico español impresionista. Fue uno de los pintores españoles más prolíficos, con más de 2.200 obras catalogadas. Cuando apenas contaba con 2 años de edad, fallecieron sus padres de una epidemia. Al quedar huérfanos, su hermana Eugenia y él, su tía Isabel, hermana de su madre, y su marido, de profesión cerrajero, los recogieron. Pasados los años intentaron enseñarle, en vano, el oficio de la cerrajería, advirtiendo pronto que su verdadera vocación era la pintura.
En 1874 empezó a estudiar en la Escuela Normal Superior donde le aconsejaron que también se matricularse en las clases nocturnas de dibujo en la Escuela de Artesanos. En ésta última recibió, en 1879, una caja de pinturas y un diploma como premio «por su constante aplicación en el dibujo de figura». Ese mismo año ingresó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Carlos a la par que trabajaba en el taller de su tío, el cual estudió junto a pintores como Manuel Matoses, Benlliure o Guadalajara.
Fue en la Academia de San Carlos donde conoció a otro alumno, Juan Antonio García, hermano de quien más tarde acabaría siendo su esposa, Clotilde García. Al acabar su formación, comenzó a enviar sus obras a concursos provinciales y exposiciones nacionales de bellas artes, como la de Madrid en mayo de 1881, donde presentó tres marinas valencianas que pasaron sin pena ni gloria pues no encajaban con la pintura oficial, de temática histórica y dramática. Al año siguiente, estudió la obra de Velázquez y otros autores en el Museo del Prado, etapa Realista, de la que era su profesor Gonzalo Salva. Por fin, en 1883, consiguió una medalla en la Exposición Regional de Valencia y, en 1884, alcanzó la gloria al conseguir la Medalla de Segunda Clase en la Exposición Nacional gracias a su obra Defensa del Parque de Artillería de Monteleón, obra melodramática y oscura hecha expresamente para la exposición; tal y como le dijo a un colega suyo: “Aquí, para darse a conocer y ganar medallas, hay que hacer muertos.”
Cosechó otro gran éxito en Valencia con su obra El crit del palleter sobre la Guerra de la Independencia. De esta manera, fue pensionado por la Diputación Provincial de Valencia para viajar a Roma donde, a la vez que trabajaba, conoció el arte clásico y renacentista, así como los grandes museos, contactando, además, con otros artistas. Con su amigo el pintor Pedro Gil se desplazó a París durante el primer semestre de 1885, viviendo de cerca la pintura impresionista que produjo en él, ya de regreso en Roma, variaciones en su temática y estilo, llegando a pintar el cuadro religioso El entierro de Cristo, con el que no tuvo el éxito esperado, donde se introduce en el Naturalismo y toma contacto con las vanguardias europeas, destacando las obras de los pintores John Singer Sargent, Giovanni Boldini y Anders Leonard Zorn.
Trata de blancas (1894). El autor ha de adaptarse al realismo social, dominante en los certámenes de la época. Para ello, mantiene su temática costumbrista, siendo los títulos los que aportarán la denuncia social. En 1888 contrajo matrimonio con Clotilde García en Valencia, pero vivirían un año más en Italia, esta vez en la localidad de Asís. En 1889 se instalaron en Madrid y, en apenas cinco años, Sorolla alcanzó cierta fama y prestigio como pintor. En 1894 viajó de nuevo a París, donde desarrolló el luminismo, que sería característico de su obra a partir de ahora. Comenzó a pintar al aire libre, dominando con maestría la luz y combinándola con escenas cotidianas y paisajísticas de la vida mediterránea.
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