
Musac. El Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, inaugura el 11 de julio La Pintura y La Furia, el último proyecto expositivo del artista madrileño Jorge Galindo, una declaración de principios en torno al oficio y la posición del pintor en el mundo actual. Las salas del MUSAC aparecerán completamente plagadas de la mayor parte de las obras que el autor ha realizado en los últimos años, en las que la furia del hecho creativo será evidente a través de un montaje que pretende acercar al público al hecho creativo del artista.
Se suele dar por hecho que es la pintura el género artístico más arraigado en la historia del arte español, y que es sobre el soporte de un marco y un lienzo desde donde se han realizado las más importantes aportaciones a la cultura universal desde nuestro país. Tanto es así que en España solemos confundir Historia del Arte con Historia de la Pintura. Un repaso a nuestra estela de hitos artísticos habla por sí sola: El Greco, Ribera, Velázquez, Murillo, Zurbarán, Goya, Sorolla…, y ya desde el siglo XX Picasso, Miró, Dalí, Tàpies y muchos otros, hasta posiblemente llegar a Barceló, el último gran mito consensuado de nuestra reciente historia artística. Damos por válido el hecho de entender que España es un país de pintores y que nuestra tradición parte de una reflexión estética constante dentro del lenguaje pictórico.
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Título de la Exposición: La Pintura y la Furia
Artista: Jorge Galindo (Madrid, 1965)
Comisario: Rafael Doctor
Coordinación: Kristine Guzmán, Luisa Fraile
Lugar: Sala 3
Fechas: 11 de julio, 2009 - 10 de enero, 2010
La furia del hecho creativo será evidente a través de un montaje que reproducirá lo más filemente posible el estudio del artista
Si queremos buscar un ejemplo dentro del arte más reciente generado en nuestro entorno, sin duda Jorge Galindo es el pintor que de una forma más clara continúa la utópica investigación que desde el lienzo han buscado tantos y tantos artistas a lo largo de los siglos. Galindo viene demostrando desde hace más de veinte años ser un explorador absoluto de lo pictórico, y para ello en su largo proceso ha ido atravesando las diversas estancias de la pintura con una resolución y ligereza inauditas. Desde la más dura abstracción gestual al gigantismo de la figuración de la sociedad de consumo urbana, el artista ha desarrollado un trabajo en el que ha llegado a abordar el hecho pictórico con una actitud de absoluto enfrentamiento a lo esencial de la cuestión creativa implícita en la pintura. El ser humano, las herramientas, la imagen. Este es el esquema y es desde el primer elemento hasta el tercero en el que el artista actúa infundiendo rabia, osadía, actitud, descaro, arrogancia, valentía en general y movimiento siempre. Cada uno de los cuadros toma vida propia y es fruto de un enfrentamiento entre el artista y los elementos, el resultado de una ecuación imposible en la que todo esta engarzado de antemano.

El atractivo esencial del universo de Jorge Galindo reside sin duda en su forma de asumir su posición como pintor en el mundo actual. Estamos ante un compromiso que se ha ido agrandando con las dificultades y con el desprecio que desde ciertas posturas falsamente modernas han infundido durante estas últimas décadas a esta práctica artística. Este posicionamiento ha hecho que sea siempre la pintura en si misma la exclusiva protagonista. Todo lo demás son excusas. Así, las texturas, las composiciones, los gestos, los estilos y las imágenes han ido mezclándose siempre de una forma caótica en la búsqueda de una autonomía del resultado. Su trabajo ha sido siempre una asunción de este hecho absoluto.
:: La Pintura y La Furia: La exposición
La Pintura y La Furia quiere llevar a sus máximas consecuencias el hecho del acercamiento del hecho creativo del artista al espectador. Las grandes salas de este museo aparecerán completamente plagadas de la mayor parte de las obras que el autor ha realizado en los últimos años, en las que la furia del hecho creativo será evidente a través de un montaje que va a querer reproducir lo más filemente posible el estudio del artista. El templo es también el Dios y de esta forma el artista en su efusión desnuda su proceso sin miedo. Huele a pintura y volvemos a sentir que hay siempre una persona detrás de cada una de las imágenes que contemplamos.

Tres grandes series de dibujos monocromáticos abren la exposición. Cada serie contiene cien dibujos de gran formato en los que se conjugan todas las herramientas creativas de Galindo en relación al papel Se trata de una serie roja, una serie negra y otra serie verde. La disposición de estos grandes papeles alineados formando un gran muro nos dificulta la lectura individual de los dibujos, que en sí forman tres verdaderos cosmos de recursos pictóricos y alusiones a la obra de los más de veinte años de la carrera de este pintor. Todo aparece alineado, pero amontonado al mismo tiempo. Desde el amor a las tipografías, el uso del collage, los motivos decorativos del mundo moderno, los guiños a la historia del arte, la rabia del gesto creativo,… un gran laboratorio generador de imágenes que se engrandecen al estar apoyadas unas sobre otras.
Al fondo de la sala principal, los dibujos de nuevo apilados y formando un muro, aparece la serie Jägermeister, en la que el motivo principal de esta marca alemana de licor es atravesado por diferentes formas pictóricas en una constante construcción y deconstrucción de su imagen. Es evidente el guiño a la seriación, tan utilizada por Warhol y en general el pop art, que en este caso se hace desde la propia pintura directa, un trazo que varía en cada uno de los lienzos y que al final da un resultado más sincero y humano de esta mirada obsesiva hacia algo. La pintura es la protagonista, y no su reproducción técnica o los malabares que deshacen su aura.
En la misma sala principal toda una serie de grandes cuadros verticales que reproducen en pintura collages antes realizados por el artista forman una gran línea icónica que plantea otro juego perverso de lectura imposible. Cada uno de estos cuadros, aunque con vida autónoma, aparece aquí formando un gran tablero que de nuevo nos hace remontarnos a las construcciones de los antiguos retablos religiosos, en los que tampoco existía una verdadera linealidad en la narración, sino una intención reiterativa hacia un mismo fin. En este caso el fin es la propia pintura y el universo inmensurable de imágenes con las que convivimos, que el autor rescata y ofrece parcialmente a través de collages que nos dan una lectura desde un ángulo inesperado o imposible.
Una pequeña habitación en un lateral de la gran sala ofrece un gran collage que recorre todo el espacio basándose en la idea del horror al vacío, y al mismo tiempo recordando cómo durante todo el siglo han sido consumidas popularmente las imágenes que los medios fotomecánicos han ido ofreciendo. Imágenes para cortar, pegar y servir. Imágenes a nuestra disposición, millones y millones de imágenes que en este caso son rescatadas para producir una sola, un gran tapiz en el que todo está interrelacionado pero al mismo tiempo todo es independiente.
La pequeña sala collage supone la antesala a la reproducción del estudio del artista, un espacio donde vemos un solo motivo, el payaso, que es investigado por el pintor como si de un gran laboratorio se tratase. Aquí se puede sentir como cada cuadro es generado, se ven las tripas de toda la maniobra creativa del pintor y se aprecia el esfuerzo que supone cada una de las aventuras pictóricas en las que se embarca.
La Pintura y la Furia supone una declaración de principios en la que Jorge Galindo pone de manifiesto la grandeza de un oficio antiguo, romántico, pero absolutamente radical, un oficio de constantes trasformaciones donde el artista lucha para mantener una coherencia que le posibilite ofrecer al mundo una voz propia generada a través de su propia rabia, su propia obsesión por lo que el constante escarbar en la pintura y lo pictórico le ofrecen.
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