
Por Juan Sardá · El Cultural. La complejidad de la Suráfrica postapartheid se traslada a la pantalla con Desgracia, adaptación de la novela de J.M. Coetzee que ha realizado Steve Jacobs con John Malkovich. ¿Para qué cambiar lo que ya es perfecto? Esa pregunta es la que se hizo el actor y realizador australiano Steve Jacobs (New Haven, 1967) cuando se enfrentó a la adaptación de Desgracia, una de las novelas más importantes, y quizá la más conocida, del premio Nobel surafricano J. M. Coetzee. Por tanto, Desgracia película refleja fielmente un argumento plagado de complejidades y meandros. Cuenta la historia de David Lurie (John Malkovich), un refinado profesor universitario de literatura que se mueve mucho mejor desentrañando los versos ajenos que sus muchos conflictos personales.
Malkovich, es el eje del asunto debido a sus numerosas complejidades: generoso, independiente y lúcido, por una parte, y pretencioso, egoísta y obcecado por la otra
El drama se desencadena a partir de su ilícita relación con una joven estudiante que provoca primero su expulsión de la facultad y después su retiro en un remoto paraje del país, donde vive aislada su hija. “Leí Desgracia hace muchos años y sencillamente me pareció un gran libro —explica Jacobs a ‘El Cultural’ en un hotel madrileño—. Destaca porque se acerca a temas complejos y personalidades complicadas sin caer en un tono sentimental. La idea desde un principio era ser muy fiel al libro pero tampoco se trataba de hacerle un homenaje si no de adaptar al cine la historia. Además, hubo que sintetizar”. De esta manera, seguimos el peculiar recorrido del protagonista por los abismos de la culpa, la redención, el castigo, la fatalidad y, por qué no, una cierta esperanza: “A pesar del título y de que suceden hechos gravísimos, no quería que fuese una película excesivamente melodramática. Creo que al final hay una cierta luz”. Una luz, eso sí, que llega tras las numerosas catástrofes que trufan una trama laberíntica.
El personaje de Lurie, interpretado con la brillantez habitual por Malkovich, es el eje del asunto debido a sus numerosas complejidades: generoso, independiente y lúcido, por una parte, y pretencioso, egoísta y obcecado por la otra, su personalidad lo domina todo: “El problema del personaje es su costumbre de juzgar a los demás. Tiene la tendencia a refugiarse en una actitud intelectual pero tiene muchas dificultades para ser consciente de sí mismo. En su relación con la estudiante, por ejemplo, no se da cuenta de que está abusando de su posición de poder sobre ella hasta que su hija es violada y lo vive en carne propia. Lo más fascinante es que él es un liberal en la teoría, por lo que muchas de sus actitudes son incluso plenamente contradictorias”.
Pero más allá de esa abigarrada personalidad, Desgracia muestra las costuras de una nación, Suráfrica, traumatizada por el recuerdo reciente del apartheid y sometida a la perpetua tensión entre blancos y negros. Cuando el frágil orden se quiebra, aparecen los grandes dilemas de la humanidad: “No creo que esta película sea sobre Suráfrica, no me atrevería a hacer una afirmación rotunda sobre el país. Creo que la situación que plantea es muy universal y es la de una sociedad que ha sufrido un trauma profundo y cómo se repone a él. En España podemos encontrar un paralelismo con la situación del País Vasco”. A partir de aquí, surgen otras cuestiones que no conocen fronteras: “No creo que el conflicto sea entre barbarie y civilización. Existe la Justicia con mayúscula pero la realidad ofrece muy diversos matices, muchas veces lo justo es enemigo de bueno. La vida diaria se basa en llegar a pactos constantemente”. Unos pactos, dice Desgracia, extraños y antinaturales, pero que también nos enseñan una lección: humildad.
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