
El título lo he tomado prestado de un magnífico libro de relatos (que son poemas) del asturiano Fernando Menéndez (KRK). Cuando, hace unos años me tocó presentarlo en público, recurrí a una cita de Raymond Carver que me venía de perillas. Decía: “Los cuentos son para mí algo vislumbrado por el rabillo del ojo”. Poetas, fotógrafos sin cámara, nos suelen fascinar los fotógrafos que son poetas. Algunos los son. Hablemos de algunos de ellos. Elijo dos tan diferentes que parecería que no se les puede denominar de la misma forma.
No sigo ningún canon. Ni importancia histórica, ni reconocimiento, ni Cristo que lo fundó. Es mi álbum personal. Y yo “soy una de esas siluetas humanas que dibujan en las dianas que usa la policía para entrenar y mejorar su puntería. Lleno de orificios como ellas. Recurro a la apariencia, pero sólo vale para salir del paso…”, como se puede leer en el libro de Fernando Menéndez antes mencionado.

Dos fotógrafos
Primero Manuel Álvarez Bravo, mexicano del D.F. que nació en el 2, año dos del siglo XX. Su fascinante Caja de visiones fascinó a Breton, a Paz, a tantos. A quien escribe en el 96, en la exposición antológica del Reina Sofía. Sus composiciones, siempre en blanco y negro (“La realidad es más real en blanco y negro”, decía Octavio Paz) rezuman un misterio inquietante que remite al novelista Juan Rulfo (por cierto, otro apreciable fotógrafo).
Cada fotografía parece el principio de una historia que ya se contó. En sus palabras: “Compraba desde muy joven libros de segunda mano. Todas las cosas que suceden son de segunda mano”. Pero no hay una manera, hay maneras. La cosa, la escena, el personaje o el objeto fotografiado crean su propia poética. Los registros, pues, son innumerables. Desde el dramatismo de Obrero en huelga asesinado a la serenidad onírica de La buena fama durmiendo o El ensueño; qué decir de ese Niño de los cuentos, que arrastra una palera sin ruedas en forma de carro con unos cuentitos que vender.
Mi obra es de encargo. No es un encargo explícito, sino implícito de la sociedad en la que estoy viviendo”
La teatralidad, superponiéndose al relato a punto de empezar. En El umbral, por ejemplo, unos pies descalzos se estremecen ante el agua derramada en el piso; en Maniquís riendo o Ángeles en camión, las figuras cobran vida. No le gustaba hablar de cortar, sino de montaje. Respecto al abstracto grupo escultórico espontáneo del Violín Huichol, una reflexión, un aforismo del autor: “Mis fotografías abstractas son documentos exactos”. Otro, respecto a su compromiso con lo que ve: “Mi obra es de encargo. No es un encargo explícito, sino implícito de la sociedad en la que estoy viviendo”.
Como se puede apreciar en los títulos que da a sus imágenes (Perro feo en su ventana, El pez grande se come a los chicos, Espejo negro, Retrato ausente, Muchacha viendo pájaros, etc…), Manuel Álvarez Bravo delata en ellos su vocación de lector que ve, de escritor que mira. Lo dice así Octavio Paz: “Los títulos de Manuel/ no son cabos sueltos:/ Son flechas verbales,/ señales encendidas./ El ojo piensa,/ el pensamiento ve,/ la mirada toca,/ las palabras arden:”. Búsquenlo denodadamente.

Ce n’est pas une pipe
Ahora hablemos de Chema Madoz. Su maestro fue el genio catalán Joan Brossa, poeta visual. No practicaba la fotografía. Las piezas de Madoz remiten a la poesía visual. Los objetos de Brossa eran físicos, construidos. Los de Madoz son fotografías, los objetos se desvanecen, sólo tienen vida en tanto en cuanto son fotografiables. Lo ha explicado el autor en numerosas ocasiones, sobre todo cuando le piden que exponga los objetos más que las imágenes. Esos objetos no existen. Como en el trampantojo clásico (trompe l’oeil, rompeojos) de René Magritte, cuando debajo de la pintura de una pipa escribe: “Ce n´est pas une pipe”. Esto no es una pipa. No hay ironía, la imagen de la pipa no es la pipa ¿Es pues Chema Madoz un fotógrafo, un poeta visual, un recolector de inquietudes visuales, de imágenes con o contra el sentido? Pensándolo bien, quizás sea esa la evolución. Lo es todo a la vez.
¿Es pues Chema Madoz un fotógrafo, un poeta visual, un recolector de inquietudes visuales, de imágenes con o contra el sentido?
Para ver su trabajo: su página personal www.chemamadoz.com. Una escalera sobre un espejo; una lata de conservas que, al abrirse, muestra dos abrelatas; un teclado de piano, cuya partitura es un tablero de ajedrez; un sumidero en medio de una tierra agrietada por la sequía; un par de zapatos que se atan, se enamoran, el uno al otro; una jaula tejida con alambres de espino; una maleta abierta llena de arena; platos secando en las rejas de una alcantarilla; una pipa agujereada como una flauta; una rosa, cuyas espinas en el tallo, son anzuelos… Como pueden ver (más bien leer como al que le cuentan un film), la poética objetual de Madoz pone en cuestión la mirada usual a lo cotidiano. Aun más, nuestra posición ante los objetos que nos rodean. Lo que somos. En un giro copernicano, el autor nos susurra: los objetos no nos rodean. Nosotros, espectadores asombrados, somos su periferia. No dejen de pasearse por su galería de criaturas asombrosas.

Quizás ambos artistas tienen en común la poesía de su obra. El primero abre una historia que escuchó, pero a la que inocula un resorte que la reactiva en toda su vigencia y potencia de relato. El otro nos lanza objetos congelados que apelan a nuestra indiferencia o relajación mental. Después de ver las fotografías de Madoz, tu cocina se convierte en un circo de tres pistas, tu cabeza quiere ser funambulista.
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