Elipsis: LA AVENTURA DE VIVIR

007 SE RESISTE A MORIR

Eternamente tuyo

Gerardo Iglesias | 7·06·2008 | 06:00 |
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JAMES BOND

JAMES BOND. Daniel Craig, el más reciente 007

Tras más de cuatro décadas al frente de la iconografía básica del espionaje, veintiuna películas oficiales, seis actores, un puñado de chicas con apellido propio y la retahíla de imitaciones de mayor diversidad de la historia del cine, James Bond, el agente secreto por antonomasia, sigue muy lejos de la jubilación. Lo suyo es un reto al destino, una flema constante ante conceptos como cambio generacional o adaptación al nuevo orden tecnológico que, en numerosas ocasiones, han supuesto la inhumación de grandes mitos. Ahora, en plena preparación de lo que será la vigésimo segunda andanza delante de la cámara (conviene repetir que autorizada ya que existen dos más y un episodio de televisión que no lo son), sus frases, manías y buenos gustos vuelven a captar la atención del respetable.

Nacido con la guerra fría fruto de la pluma del escritor británico Ian Fleming —cuya biografía, aseguran algunos, supera con creces la intensidad del mismísimo agente con licencia para matar—, Bond asoma como una de las figuras capitales de la cultura de masas de nuestro tiempo, no por casualidad objeto de debates y coloquios liderados por historiadores, antropólogos y sociólogos de la más insigne reputación. Esta fenomenología alcanza, pues, la práctica totalidad de ramas que establecen el estudio de modos y costumbres de una época, residiendo en el cine su mayor medio de expresión. Citar los mejores logros en este ámbito sería como poner vallas al campo, tanta es la amplitud de un subgénero con alias propio que presume de escasa ascendencia pero excesiva descendencia.

Lo suyo es un reto al destino, una flema constante ante conceptos como cambio generacional o adaptación al nuevo orden tecnológico

Nombres los hay, en gran cantidad, aunque ninguno semejante al que identifica a su sumo hacedor, Albert Romolo Broccoli, padre de EON, visionario de una idea que el devenir de los tiempos ha situado a la cabeza de los grandes negocios de la industria del cine. También, faltaría más, poseen especial significación los de Sean Connery, Roger Moore, Pierce Broosnan, Ursula Andress, Barbara Bach y Sophie Marceau dentro del apartado farandulero o, en materia realizadora, los de Terence Young, Lewis Gilbert, John Glen y Martin Campbell, por sólo mencionar unos contados ejemplos.

Viudo, empedernido ligón, capaz de mantener una calma rayana la ofensa en situaciones que provocarían el acaloramiento del más templado de los hombres, diestro en armas y variantes de lucha, hábil en el manejo de las excentricidades técnicas de mayor impacto, tierno y despótico a la vez, animal de costumbres siempre y cuando éstas permitan su forma de vida y, sobre todo, socarrón. Se llama Bond, James Bond (curioso que su nombre provenga de cierto ornitólogo americano), bebe los Martinis con vodka sin aceituna, revueltos no agitados, conduce preferiblemente un Aston Martin e impide que los malos tengan la más mínima opción de apoderarse del mundo.

Nunca dijo nunca jamás

Pese a ello, seguro que el Dr. No, para quien el mundo nunca será suficiente, volverá a incurrir en el error de orquestar una operación trueno que origine un panorama para matar capaz de producir tan alta tensión que sólo desde Rusia con amor pueda evitarse. Debe tener la absoluta certeza este villano que a lo mejor muere otro día y además no tiene licencia para matar, por muy Goldfinger a la búsqueda de diamantes para la eternidad que pueda creerse. Sólo se vive dos veces, como bien sabe el susodicho doctor, y el mañana nunca muere porque un agente británico, al servicio secreto de su majestad, siempre albergará una cuota de consuelo sólo para tus ojos. Ni Octopussy dentro de una Moonraker se halla en disposición de decidir el hombre de la pistola de oro que algún día rompa el romanticismo de quien, ensoñaciones de héroe, pensó que la espía que le amó jugó sus cartas al azar en un Casino Royale, observándole con su “Golden Eye”, mientras susurraba en oído ajeno un “vive y deja morir” de amplia trascendencia en el devenir de los siglos. Nunca digas nunca jamás, no sea que se envenenen esas palabras en tu boca.

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