Elipsis: LA AVENTURA DE VIVIR

MÚSICA/KEITH RICHARDS

Esperando a un amigo

Peatóm | Gerardo Iglesias | 4·10·2008 | 06:01 |
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Keith Richards

Algo más que colegas. Charlie Watts, Keith Richards, Mick Jagger, y Ron Wood. Señoras y señores: ¡The Rolling Stones!

Nadie mejor que Keit Richards para figurar con letras mayúsculas dentro del siempre difícil espacio ocupado por la amistad, el imposible lugar donde florecen las traiciones y mueren las esperanzas. En él se resumen todas las premisas que hicieron posible el nacimiento y posterior paso a la leyenda de una banda que sólo, única y exclusivamente, se dedicó a fabricar rock&roll, del bueno, eso sí.

Dejó que Mick Jagger administrase —como mejor podía y Dios le daba a entender—, el sistema según el cual eres lo que tú dices que puedes ser, con independencia del arte desarrollado. La opinión pública le trajo al pairo; cobró idéntica importancia que el éxito que nunca buscó porque jamás creyó en su significado. Vivió a tope, faltaría más, a la manera de las estrellas de un género incapaz de asesinar a sus representantes ya que éstos, al fin y al cabo, hicieron grande su filosofía.

Richards es a Jagger lo que éste es a aquél. El talento y quien se encarga de ponerlo en tránsito, al alcance de un ciudadano libre de toda sospecha que quiera escuchar una sencilla sesión de rock, sin ambages ni frivolidades

Gracias a su labor los Rolling Stones han sobrevivido, contra viento y marea, al margen de historias propias de revistas de serie B que situaban el nombre de la banda en medio de una vorágine de drogas, sexo y demás aberraciones afines a un modo de vida cuyo nombre acuñó el pinchadiscos Alan Freed en su estación de radio de Cleveland. Fue solidario y abnegado, capaz de atraer hacia sí mismo el peso de una ley que sitúa al rockero en el centro de un huracán llamado desconocimiento. Ningún ser humano con dos dedos de frente y tres de ron en su cuba-libre hubiera casado a su hija con Keith Richards, ejemplo demoníaco de un quehacer rayano en lo avieso, al menos de cara a la galería.

Supo que pertenecía a una clase de individuo diferente y no por ello perdió el norte, apenas observó diferencia entre el chaval de 18 años empleado en correos y el guitarrista mejor del mundo, calificado por algunos, de su madurez. Nunca fue tan versátil como Jimmy Page ni tan generoso en el arte de recuperar tradiciones como Eric Clapton. Llegó a crear un estilo minimalista a través del cual los acordes exhibidos por su riff no hallan parangón posible en el rock, hoy en día asignatura de primer nivel en cualquier escuela que se precie. Richards es a Jagger lo que éste es a aquél. El talento y quien se encarga de ponerlo en tránsito, al alcance de un ciudadano libre de toda sospecha que quiera escuchar una sencilla sesión de rock, sin ambages ni frivolidades, hoy, por desgracia, muy comunes en este entorno.

Si por algo se diferencian los Rolling Stones del resto de bandas mortales es, indudablemente, por Keith Richards. Dijo en cierta oportunidad un fulano llamado Peter Godbard —periodista de supuesto realce—, que los Stones son famosos gracias a Jagger y emergen como una banda merced a Richards. Ni que decir tiene que tal escribiente no sólo consideró el marketing alrededor del cual la industria pesada que mueve al grupo explota su capacidad de impacto social, sino que dignificó la figura de un hombre cuyo único sentimiento tiene razón de ser en la música, en una acepción del término prácticamente total.

Es simple y llanamente Keith Richards. A lo mejor su alma esté condenada al infierno, pero la nuestra también y además sin tener conocimiento de lo que supone estar al otro lado

Richards se cayó de un cocotero y no dijo ni pío sobre un accidente sometido a maléficas interpretaciones. Compuso obras de arte que Mick Jagger colocó en su manera de entender el rollo del rock, convirtiéndolas en suyas. El enemigo público número uno ha descendido puestos en la lista elaborada por la sociedad, pero aún se asusta cuando un policía acerca el uniforme a su cara —a veces incluso lo que va dentro del traje ejerce poder de intimidación—. Tiene hoy 65 años aunque no espera favor alguno de un gobierno intolerante con los jubilados. “Lo más importante de una banda es la lealtad”, declaró en cierta ocasión que el micrófono se interpuso entre él y el mundo de los vivos. Esa ha sido la mayor cualidad del gran guitarrista, la lealtad. Quizá por eso ‘Las piedras rodantes’ sobreviven. Puede ser que un tipo como Keith Richards haya influido en la manera de ver pasado, presente y futuro de la mejor agrupación rockera de la historia.

Jagger ha mantenido el imperio en el lugar deseado, allí donde el mito transforma en rumorología cualquier opinión de advertencia en contra de la vigencia y a favor del retiro. Richards, en cambio, siempre optó por hacer oídos sordos del tema; de cualquier asunto relacionado con muertes anunciadas que a fin de cuentas no son sino enfermedades temporales inventadas por el periodista de turno. Ha dado al mundo lo que mejor sabe sin infligir daño alguno a quien no lo entienda y prefiera una sesión barata de sucedáneos. Es simple y llanamente Keith Richards. A lo mejor su alma está condenada al infierno, pero la nuestra también y además sin tener conocimiento de lo que supone estar al otro lado.

Pensamientos de un rebelde

“Jamás tuve problemas con las drogas, los problemas fueron con la policía”.

“Lo más pesado que aspiré fueron las cenizas de mi padre mezcladas con cocaína”.

“No escucho ninguna banda nueva, porque no me gusta la calidad del sonido de los CD’s. No me gustan los CD’s, suenan metálicos. No he escuchado a los Arctic Monkeys. Los conozco, pero no sé lo que hacen. No me gustan Oasis. No me gusta ninguna de estas bandas británicas: son porquería”.

“Mis hijos son los mejores hijos del mundo. Tengo uno de 19 años, Marlon, que apenas prueba una gota de champagne a veces. Y él ha cuidado de mí cuando yo era heroinómano. Era una especie de asistente en los tours cuando tenía 6 y 7. Ha visto todo. Para él no es algo grave, es algo que su padre solía hacer. Pero nos mantuvimos juntos y nos amamos”.

“Todo el mundo me considera un héroe de la guitarra, pero jamás desee entrar en la competencia”.

“Nunca fui un irresponsable con las drogas. Siempre tomaba a las ocho con el desayuno, luego a las once, y después a la hora del té”.

“Mick Jagger es un imbécil. Escucha una canción y al otro día, en la mañana, se despierta tarareándola y afirmando que es de él. Creo que tanta droga le ha atrofiado el cerebro”.

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