
Hay creadores que nunca han estudiado y para los que la técnica es más un estorbo que una necesidad. Algunos son pasables. Hay artistas que se manchan las manos con los materiales de los que surgen sus criaturas y llegan a comunicarnos algo del mundo que intentan plasmar. Y estos son mejores.
Hay quien capta un instante de eternidad en un fragmento de tela, en un trozo de madera, en un bloque de mármol… y son muy buenos. Y luego están los artistas que transforman el mundo con su obra, aquellos que la trabajan hasta la extenuación, aquellos que nos obligan a salir de nuestra rutina diaria a base de proponernos un mundo mejor. Esos son los imprescindibles.
Por esta senda camina con paso firme un hijo de esta tierra recia y dura: Sebastián Román. No es conocido por el gran público, y desde luego no gana los millones que la máquina bien engrasada de hacer dinero que es Damien Hirst. ¿Llegará a ganarlos? Un buen artista nunca tiene ese propósito, ganar dinero es el resultado de su trabajo. El arte, la expresión sin afeites, sin propaganda mediática y muchas veces al bies de los resultados económicos, tiende a la pureza.
Hay quien capta un instante de eternidad en un fragmento de tela, en un trozo de madera, en un bloque de mármol… y son muy buenos
A Román no parece importarle mucho el valor económico de su obra, aunque reconoce que el arte en España “está abandonado a su suerte y que falta mucha promoción para popularizarlo y permitir que el artista viva de su trabajo”. A pesar de que el éxito masivo parece estar muy lejos, no se obsesiona. Él mismo reconoce que el grupo de artistas con los que se reúne habitualmente “no tenemos futuro”. Se encuentran para compartir intereses y “para disfrutar de nuestras historias”.
Román sigue las huellas de los maestros que se mantuvieron en el ámbito de lo auténtico. Siempre buscando, siempre experimentando. Con mayor o peor fortuna, pero siempre con la inquietud y la insatisfacción aguijoneándole las manos, en las que se ven las cicatrices de cada batalla y la devoción del compromiso minucioso de cada composición, obligándole a sacar de la materia reciclada ideas que nunca estuvieron impresas en su naturaleza y que ni el propio Platón habría intuido en su mundo ideal.
Ciudades elaboradas a partir de materiales reciclados, componentes electrónicos e informáticos tratados con imprimaciones que producen un mayor realismo en el acabado. Esculturas construidas realizadas a partir del proceso inverso, a base de lajas que conforman arquitecturas infinitas y ficticias.
El arte en España está abandonado a su suerte y falta mucha promoción para popularizarlo y permitir que el artista viva de su trabajo
Manos en la masa sin ser cocinero. Garganta quemada por el alcohol barato en noches de tertulia, cruzando ideas con coetáneos curiosos que participan de su necesidad permanente de búsqueda.
El artista sólo crea si es capaz de mancharse las manos. “Sólo innova si antes ha vivido, si se empapa de todo lo que ve y lo plasma”. En el improbable cielo de los buenos momentos y en el más habitual infierno de las privaciones, “el artista sólo merece tal nombre cuando ha sido capaz de seguir fiel a sus intuiciones a pesar de las risas sardónicas de los instalados, de los que han vendido su alma a Mammon” y para acallar su conciencia miran a los demás desde la burda seguridad de su cuenta corriente.
“Los creadores pobres tocan el Olimpo con los dedos sucios y las costillas molidas por mil noches de sueños a medias midiendo las tablas miserables de un jergón de mala muerte en pensiones invadidas de chinches”. A fuerza de humanidad vivida y aún quemada, su obra acabará teniendo olor. No en vano todos los grandes sostienen que el arte está compuesto de un mísero uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración. De trabajo, en definitiva.
En la laboriosidad, en el esfuerzo, es en lo único que cree Román cuando se enfrenta a una nueva obra. “No creo en las musas, lo que hago es trabajar. A veces salen cosas buenas. Las que no lo son las desecho. Llego a la obra a través de trabajo. Hay más trabajo que visita de las musas. Creo más en el trabajo”.
El artista sólo merece tal nombre cuando ha sido capaz de seguir fiel a sus intuiciones a pesar de las risas sardónicas de los instalados, de los que han vendido su alma a Mammon
Román, perspicaz y con la mirada del que nada esconde, es un hijo de la tierra, un hombre apegado al medio centenar de casas que lo vieron nacer y crecer. El lugar donde se afana cada día y cada noche entre sus aperos, y aunque no son de labranza mantiene el amor por la tierra y el respeto por los que la siguen mimando.
El mismo sitio en el que encuentra la materia prima con la que crear un mundo interior que de momento es más privado que público. Lo que no deja de ser un contrasentido. En especial si tenemos en cuenta que sus obras recrean con acierto las ciudades colmena en las que se van apagando como velas sin cabo miles de existencias anodinas, despersonalizadas.
Existencias que se refugian en edificios sin personalidad, fríos y nada acogedores, pero muy eficaces manteniendo a los individuos aislados, solos, desprotegidos. Abrumados por la tiranía del acero y el cemento que recrea con las entrañas de ordenadores destripados.
No creo en las musas, lo que hago es trabajar. A veces salen cosas buenas. Las que no lo son las desecho. Llego a la obra a través de trabajo
Román juega con las construcciones a través del objetivo de su cámara buscando todos los puntos de vista. Encuadres imposibles y picados que retuercen las estructuras creando espacios nuevos por medio de trampantojos.
La finalidad, engañar al ojo del que contempla. “La intención está en que con cosas que la gente tira yo elaboro otro mundo. Con residuos de este mundo, creo otro mundo paralelo”. Intervenciones en las que con el arte reciclado, en las que se empapa de corrientes del pasado como el arte póvera italiano, distorsiona en metrópolis espacios que no lo son. Sus instantáneas de aparente sencillez esconden complejos procesos de transformación.
Fotografías realizadas en un entorno natural, y en las que se juega con la luz y el enfoque produciendo diferentes ilusiones y reacciones en el que contempla. “La foto es el resultado, es lo estético, es la visión que quiero mostrar sin que la obra quede cerrada”. “Hay una búsqueda de un diálogo entre el artista y el espectador”.
Todo encaja en un discurso coherente. Los ordenadores, las modernas máquinas de aislar, recrean a los grandes rascacielos, el estadio previo a la informática en el diabólico proceso de deshumanización del género humano. No hay palabrería hueca. No hay grandilocuencia.
Y más que un sueño, cuando contemplo sus fotografías veo un horizonte incierto que presagia temores sobre un futuro indeseable que se nos está haciendo presente a pasos agigantados.
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