
Por Rafael L. Bardají · GEES. Las ideas tienen consecuencias. Unas veces porque dictan lo que un político quiere hacer, otras porque determinan la forma de ver y entender el mundo y la agenda política. Mijail Gorbachov llegó al poder en 1985 después de que el Soviet Supremo hubiera intentado todo para sostener el régimen comunista, convencido de que para que la URSS sobreviviera debía cambiarla. Sus reformas se le escaparon fuera de control y la URSS cayó presa de sus contradicciones internas, insuperables en la antesala de la globalización. Aunque él no lo deseaba, Gorbachov ha pasado a la Historia como el líder que desmanteló el régimen soviético. También el que privó a Rusia del estatus de superpotencia.
Las ideas tienen consecuencias. Unas veces porque dictan lo que un político quiere hacer, otras porque determinan la forma de ver y entender el mundo y la agenda política
A Barack Obama podría sucederle algo parecido con su país, América. Habiendo disfrutado los Estados Unidos de una situación hegemónica y dominante en el mundo desde la desaparición de la URSS, está convencido de que para que los Estados Unidos puedan seguir disfrutando de lo que son económica y culturalmente, deben convertirse en un país como otro cualquiera. Sin veleidades hegemónicas y sin capacidades militares con las que imponerse. Con una defensa razonable, esto es, minimalista, y su apertura al diálogo permanente, le es más que suficiente. En última instancia Obama cree que si América está menos activa en el mundo, será mejor comprendida y más amada. Por amigos y enemigos. Gorbachov se equivocó al estimar la capacidad de autoreforma del sistema soviético, en verdad irreformable. Y Obama se equivoca al pensar que Norteamérica puede renunciar a su liderazgo universal. Por una sencilla razón: si Estados Unidos pierde su posición dominante, voluntariamente, no porque sea incapaz materialmente de garantizarla, nadie va a surgir para reemplazarla. Y la experiencia nos enseña que los sistemas internacionales multipolares tienden a ser más proclives a la inestabilidad y a la fricción. Aún peor, los enemigos de América y de Occidente en general interpretarán su renuncia como una victoria y se crecerán. Se volverán más ambiciosos a la vez que atrevidos. Lo hemos visto recientemente con Al Qaeda, envalentonada en esta década a causa de la inacción de Clinton en la década anterior.
Estados Unidos puede ser una nación “normal”, como otra cualquiera. No casa con su historia ni con su filosofía. Es más, no cuadra con los imperativos estratégicos del mundo en el que vivimos. Si pierde su hegemonía, pasará a ser una nación acosada y en inferioridad. Hasta que se crezca de nuevo. El problema es que en ese ínterin, el daño que el retraimiento americano, disfrazado de normalización, puede causar a la estabilidad y la paz mundial puede ser incalculable. Tanto como para poner fin al orden occidental que tan buenos resultados ha dado al mundo, desde sus orígenes. Gorbachov privó al mundo de una de las dos superpotencias; Obama puede, sin quererlo, acabar con la que nos quedaba. Pero eso es tanto como privarnos de la potencia que, con todos sus defectos, ha estado en la cuna de nuestra prosperidad y seguridad.
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