Elipsis: LA AVENTURA DE VIVIR

LA DEFENSA DE LA SOCIEDAD ABIERTA

Estados Unidos, la balanza y la espada

Peatóm | 15·08·2009 | 06:00 |
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Hasting Park, 1955. Stan Douglas

Por Ignacio F. Ibáñez Ferrándiz · GEES. “El verdadero problema del mundo es que este país no es una democracia, sino una dictadura”, decía un desgarbado emigrado a los Estados Unidos, licenciado en Derecho por la ilustre universidad de su ciudad, al tiempo que terminaba su almuerzo, emparedando argumentos sobre la guerra de Irak, Guantánamo y el terrorismo internacional, tan rancios y falsos como el jamón serrano que engullía. ¿Cuántas veces habremos oído ese manido y manipulador discurso? ¿De qué manera se puede contrarrestar esa dialéctica del odio y así desprendernos de juicios de valor alienados de la realidad y emitidos de manera confusa y con el fin de confundir? Si uno quiere honestidad intelectual y objetividad, analizar si las instituciones de un país actúan de manera justa y razonable puede ser una buena manera de dotarnos de las herramientas argumentales que nos ayuden a apagar esa pira funeraria de la civilización Occidental que muchos avivan y otros orean.

:: La balanza y la espada

Tras la secesión y creación de facto de la Confederación de los Estados Unidos, en febrero de 1861, integrada por siete Estados, y el bombardeo de Fort Sumter por las fuerzas rebeldes en abril de ese mismo año, el presidente Lincoln, que acababa de ser investido, tenía dos opciones: o bien negociar con los secesionistas para evitar la guerra o bien mantener que se trataba de una rebelión, que por lo tanto no existía una legítima contraparte con la que negociar, y que debía utilizar la fuerza del Estado, “la espada”, para someter a los rebeldes. Lincoln se decidió por la segunda opción, la más difícil de tomar pues conllevaba un seguro inicio de la Guerra Civil, y la tomó porque la necesidad de defender el contrato social en el que estaban fundados los EE.UU., el cual había sido transcrito constitucionalmente y encumbrado en la voluntad de “formar una unión cada vez más perfecta”, era su deber, su compromiso para con la protección de la vida y libertades de los ciudadanos que representaba.

Lo anterior ilustra la importancia que en Estados Unidos tiene la defensa de los valores que las sociedades abiertas promueven. Estos principios son el fruto refinado del desarrollo intelectual, político, artístico y religioso de Occidente a lo largo de los siglos

Lo anterior ilustra la importancia que en Estados Unidos tiene la defensa de los valores que las sociedades abiertas promueven. Estos principios son el fruto refinado del desarrollo intelectual, político, artístico y religioso de Occidente a lo largo de los siglos, desde el cuestionamiento constante de la realidad que los socráticos impulsan hasta la racionalidad kantiana. Desde la legitimación divina del poder hasta el poder humanista del individuo en sociedad. Desde las columnas dóricas hasta el barroco de Borromini. Desde el Edicto de Tesalónica hasta el Edicto de Nantes. Y mucho antes y mucho después.

Lincoln eligió blandir la espada y el sistema democrático-liberal estadounidense aportó la balanza. En la sentencia que el Tribunal Supremo de EE.UU. dicta en “The Prize Cases”, se señala que el que las fuerzas secesionistas atacaran Fort Sumter constituía un acto de guerra, y que el presidente no tenía que esperar hasta que el Congreso declarara oficialmente la guerra para tomar las medidas defensivas necesarias. Así, se puede apreciar cómo a los actos del poder ejecutivo le sigue tradicionalmente la interpretación de los mismos en relación al marco legal, por parte del poder judicial. Este mecanismo tiene dos virtudes principales, la primera es la posibilidad que se le da al ejecutivo de reaccionar con inmediatez ante una emergencia y la segunda es la de asegurar que esas acciones serán evaluadas dentro de un sistema que asegura la protección de los derechos individuales. A partir de ese juicio se crean precedentes, los cuales en el sistema legal anglosajón tienen carácter vinculante. El sistema que asegura los derechos y libertades de los ciudadanos es el marco, y las pinceladas y colores que se escogen son las leyes dictadas por el poder legislativo, representante de la soberanía, de la voluntad individual en sociedad.

Existen, del mismo modo, otros marcados ejemplos en la jurisprudencia estadounidense de cómo la actuación del poder ejecutivo se ve sometida en materia de seguridad y libertades a la evaluación imparcial de un tercero, los tribunales de justicia, y de cómo el sistema se adapta a lo dictaminado, ya sea a través de cambios legislativos, administrativos, o de formulación de políticas públicas. Ésa es la verdadera diferencia con una dictadura, con un sistema autoritario, con una sociedad cerrada: una democracia liberal posee mecanismos que aseguran el imperio de la ley y por lo tanto la protección de los derechos y libertades individuales.

A pesar de la extensa popularidad de la misma, al aludir a la disyuntiva entre seguridad y libertades estamos en realidad incurriendo en una falacia argumental. La seguridad es el mecanismo a través del que se protegen las libertades y los derechos, el primero de los cuales es el derecho a la vida y a la protección física. Esto, que queda palmariamente de manifiesto en el “Leviatán” de Hobbes, es también el punto clave en el contrato social de Locke, contrato sobre el que están construidas todas las sociedades democrático-liberales modernas. Para mayor abundamiento, es de una lógica aplastante la afirmación de que si uno no vive no tiene derechos o libertades de los que disfrutar. La constitución de EE.UU. recoge esta primacía en la quinta y decimocuarta enmiendas.

:: Seguridad y Libertad

Ccuando en lugar de perfeccionar los mecanismos de seguridad para preservar el fin al que tienden, la protección del individuo, se ha opuesto seguridad a libertad, es cuando los regímenes opresivos y asesinos-tiranías, fascismos, comunismos-han ganado la batalla

Si la seguridad es el mecanismo, y por lo tanto no es equiparable al fin, que es la defensa de las libertades y derechos individuales, entonces deberemos analizar de manera individualizada la conveniencia del mecanismo como herramienta. Es en este punto en el que deberíamos centrarnos, en contra de lo que muchos hacen, que es simplemente desacreditar —o peor, declarar innecesaria— la seguridad por creerla, erróneamente, antagónica de sus privilegios ciudadanos. Es precisamente en la voluntad de perfeccionar los mecanismos de seguridad en lo que la sociedad Occidental se ha especializado, torturada por tanto derramamiento de sangre, a lo largo de los siglos. Y no podemos olvidar que cuando más se avanzó en este sendero de equilibrio racional fue a partir de la Ilustración y de las revoluciones liberales del siglo XVIII y XIX, y durante la “gran expansión democrática” de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Por el contrario, cuando en lugar de perfeccionar los mecanismos de seguridad para preservar el fin al que tienden, la protección del individuo, se ha opuesto seguridad a libertad, es cuando los regímenes opresivos y asesinos-tiranías, fascismos, comunismos-han ganado la batalla.

Muchos inmigrantes europeos se sorprenden de lo mismo al llegar a EE.UU.: la constante voluntad de los estadounidenses y de aquellos que adoptan su filosofía vital, de seguir progresando, de seguir mejorando, de ser más. Ese carácter trabajador y esperanzado está profundamente arraigado en las simientes de la nación. Mientras en Europa Fellini rodaba “La Dolce Vita”, esa invitación a reflexionar acerca de las consecuencias del hedonismo, Stanley Kubrick filmaba “Espartaco”, el empuje de la acción en pos de la justicia y de la libertad.

Estados Unidos es dinamismo, es defensa de la vida. ¿Acaso alguien creyó, al ver esos dos colosos de acero y vidrio derrumbarse sobre Manhattan, que EE.UU. se quedaría mudo y paralizado? El presidente y su administración, el poder ejecutivo, actuaron, como también actuó Lincoln, a quien, curiosamente, durante la Guerra Civil y según iban aumentando las bajas, se le acusaba constantemente de ser un dictador en los medios de comunicación y entre la opinión pública de la propia Unión.

Mientras en Europa Fellini rodaba “La Dolce Vita”, esa invitación a reflexionar acerca de las consecuencias del hedonismo, Stanley Kubrick filmaba “Espartaco”, el empuje de la acción en pos de la justicia y de la libertad

El presidente Bush actuó de manera contundente, pero también hay que recordar que ya el presidente Clinton había actuado contra el terrorismo, y que ambos lo hicieron con el apoyo del brazo legislativo. En 1996, después de los atentados con bombas en la ciudad de Oklahoma, el Congreso aprobó la creación de un Tribunal especial para Terroristas Extranjeros y diversas leyes contra el terrorismo, muchos de cuyos preceptos levantaron ampollas y tuvieron que ser después reformulados. Uno de los padres fundadores de los EE.UU., Alexander Hamilton ya señaló en los celebérrimos “Papeles Federalistas”: “La energía en el Ejecutivo es una de las características punteras al definir lo que es un buen gobierno. Es esencial para la protección de la comunidad contra ataques extranjeros…”. La actuación de la administración Bush ante los ataques del 11-S estuvo en línea con la tradición estadounidense —desde su fundación hasta Pearl Harbour, pasando por un sinfín de otros ejemplos— de tener ejecutivos dinámicos y decididos. La administración declaró la “Guerra contra el Terror”, desarrolló una doctrina a su alrededor, e impulsó la “Uniting and Strengthening America by Providing Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism Act of 2001“(Ley USA PATRIOT sobre lavado de dinero, procedimientos de vigilancia, refuerzo de las medidas fronterizas, víctimas del terrorismo, normas procesales penales y refuerzo de los sistemas de inteligencia), entre otras medidas legislativas y administrativas, entre las que destaca también la resolución del Congreso “Authorization of Use of Military Force” (AUMF), todo ello como un gran mecanismo de seguridad para proteger a los ciudadanos de una amenaza emergente.

Sin embargo, el constante progreso hacia algo mejor y la naturaleza auto-correctiva del sistema democrático-liberal, aportaron en años subsiguientes cambios en las acciones del Ejecutivo. Esas reformulaciones han pretendido mejorar, refinar, el mecanismo de seguridad que se había establecido, pero en ningún momento han tenido por objetivo el destruir esa arquitectura de seguridad basada sobre las acciones de anteriores administraciones, fundamentada históricamente por el deber del Ejecutivo en tiempos de crisis, y consensuada con una gran mayoría del brazo legislativo en 2001 y años posteriores. Los cambios subsiguientes al mecanismo nacen a raíz de la propia vitalidad del sistema democrático-liberal estadounidense, lo cual refuerza la afirmación de que éste funciona: denuncias presentadas ante los tribunales, iniciativas legislativas, y debate público e investigativo en los medios de comunicación. Si el sistema no fuera libre, no funcionaría; si no funcionase, no habría cambios; si no hubiera cambios, no sería dinámico y libre.

Quizás la mejor prueba de ello la haya dado el Tribunal Supremo de los EE.UU. Este Tribunal elige, no lo olvidemos, sobre qué casos quiere pronunciarse y sobre cuáles no; en el ámbito de “la guerra contra el terrorismo” optó por dictar tres sentencias clave, todas en 2004: “Hamdi v. Rumsfeld”, “Rasul v. Bush”, y “Rumsfeld v. Padilla”.

En “Hamdi v. Rumsfeld”, Yaser Hamdi, el cual había sido capturado en el extranjero y detenido durante dos años sin acceso a los tribunales, presentó una demanda por violación de su derecho al habeas corpus, su garantía de acceso a los tribunales. El gobierno mantuvo que el detenido era un “combatiente enemigo”y que la resolución AUMF daba al presidente la autoridad para detener a combatientes bajo determinadas circunstancias. El tribunal decidió que, a pesar de la autoridad dada al presidente por la AUMF, el derecho al debido proceso contenido en la quinta enmienda de la Constitución no podía ser negado a un ciudadano estadounidense y que por lo tanto tenía derecho al habeas corpus, es decir a disputar ante un tribunal federal las razones de fondo de su detención.

El más manifiesto es que Estados Unidos se constituye como una nación con un complejo y eficiente sistema de equilibrios de poder (checks and balances), que funcionan en la práctica

En “Rasul v. Bush” la cuestión era un poco más complicada pues la demanda estaba interpuesta por 12 ciudadanos kuwaitíes y dos australianos, capturados en el extranjero y detenidos también como “combatientes enemigos”. Si en “Hamdi v. Rumsfeld” queda claro que teniendo la ciudadanía estadounidense al detenido por terrorismo han de aplicársele los derechos que otorga la constitución y el ordenamiento jurídico estadounidense, ahora los detenidos eran extranjeros. En este caso influyó de manera crucial el debate que mantuvieron los jueces sobre la aplicabilidad del precedente “Johnson v. Eisentrager”. En ese caso, 21 nacionales alemanes viviendo en China al final de la II Guerra Mundial fueron acusados de pasar información bélica al ejército japonés (el mando alemán ya había declarado el cese de hostilidades y la obligación de rendirse a todas las tropas, mientras que Japón aún seguía en armas), violando las leyes de la guerra. Los prisioneros alemanes pidieron ejercer su derecho al habeas corpus y el Tribunal Supremo lo negó puesto que eran extranjeros, nunca habían vivido en los EE.UU., y fueron capturados, juzgados y recluidos en el extranjero por crímenes de guerra cometidos en el extranjero. En el caso de “Rasul v. Bush” los detenidos alegaban además que no conocían los cargos que se les imputaban —sumiéndoles en una pesadilla al estilo de “El Proceso” kafkiano— y que nunca habían sido combatientes. El punto central de este caso era en realidad decidir si la base militar de la bahía de Guantánamo era territorio estadounidense o no, porque de serlo, el precedente “Eisentrager” no sería aplicable pues ya habría un nexo fáctico de unión de los detenidos con los Estados Unidos. Mientras que el gobierno argumentó que ese territorio no era estadounidense, pues la posesión de ese terreno está regida por un tratado con el gobierno cubano pero la propiedad no le pertenece de iure al gobierno de EE.UU., el Tribunal Supremo concluyó lo contrario pues EE.UU. estaba ejerciendo efectivamente el control del territorio. De ahí se derivó que los demandantes tenían derecho a plantear el fondo de su caso ante un tribunal federal.

Finalmente, en “Rumsfeld v. Padilla” el Tribunal Supremo no entró en cuestiones de fondo y señaló que Padilla, un ciudadano estadounidense declarado también “combatiente enemigo” y que también cuestionaba su detención, no había interpuesto de forma correcta la demanda y que debía volver a presentarla. A pesar de que pueda parecer menos relevante, esta sentencia también es simbólicamente trascendente pues el Tribunal Supremo está diciendo algo fundamental: en un sistema democrático, el procedimiento y el respeto al mismo son un componente básico del Estado de Derecho. Sin esos pilares, no es posible asegurar las libertades individuales.

En estos tres casos el Tribunal Supremo está tomando decisiones de trascendencia de cara al futuro pues se pronuncia sobre cuestiones básicas como son la nacionalidad, la territorialidad y el estatus de los detenidos, no per se asuntos de fondo, pero que atañen a las garantías y derechos de los procesados. Por ejemplo, deja ver su indiferencia a la hora de tener en cuenta esas garantías en relación a estatus jurídicos como el de “combatiente enemigo”. Lo que defiende es pues la raíz misma de los derechos, principios y valores fundamentales del ordenamiento jurídico, y lo hace con la vista puesta en el largo plazo por la trascendencia de sus pronunciamientos como precedentes vinculantes.

El Tribunal Supremo no se pronunció sobre el fondo de estos casos, pero si en algo se caracteriza también la sociedad estadounidense es en su capacidad inventiva, innovadora. Incluso aquellos detractores de las herramientas creadas después del 11-S no se limitan a la crítica destructiva —tan común en Europa— sino que intentan construir alternativas. La letanía de soluciones presentadas pasa por rescatar modelos judiciales ya utilizados en procesos civiles, técnicas de procesamiento que se centran en delitos conexos al de terrorismo y no únicamente en éste (la conocida como “técnica Al Capone”), nuevos procedimientos para que jueces federales puedan acceder a ciertas informaciones de inteligencia preservando las fuentes al tiempo que utilizan esos datos para el caso, el establecimiento de juzgados especializados (al estilo de la Audiencia Nacional en España), mayor uso de las pruebas indiciarias, etc.

:: Conclusión

Por todo lo señalado, hay algunos puntos sobre los que parece importante enfatizar para poder claramente refutar los pseudo-argumentos de quienes señalan lo dictatorial del sistema estadounidense. El más manifiesto es que Estados Unidos se constituye como una nación con un complejo y eficiente sistema de equilibrios de poder (checks and balances), que funcionan en la práctica. Funcionan porque están fundamentados en la tradición histórica occidental de una democracia liberal pura, en valores y principios que cimientan esos equilibrismos circenses. Esos son, de hecho, los mismos valores y principios sobre los que se construye todo el derecho internacional de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario. Si en algún momento las políticas de Estado se apartan de esa vía, las propias instituciones del sistema han sabido volver a poner las cosas en su sitio, ésa es la cualidad auto-correctora de una sociedad abierta.

Todo ello lleva a poder disfrutar de una regeneración constante del sistema, de una mirada hacia el futuro, un futuro mejor, de la consciencia sobre la imperfección y las fallas, así como de la posibilidad permanente de progreso. Si hablamos de los detenidos, de debido proceso, de derechos humanos, cantemos con esperanza como lo hizo José Hierro al anochecer al oído del prisionero:

“Duerme. Ya tienes en tus manos/
el azul de la noche inmensa. (…)
No es verdad que te pese el alma./
El alma es aire y humo y seda./
La noche es vasta. Tiene espacios/
para volar por donde quieras”.

Seamos vigilantes y denunciemos los abusos de poder pero comprendamos al tiempo los beneficios de los espacios libres. Es la única manera en la que podremos asegurar eficientemente la vida y derechos de los ciudadanos.

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