A pocos kilómetros de la capital leonesa, en la localidad de Villabalter, se encuentra el taller de Francisco Suárez. Frente al Consultorio Médico en la calle Real, una trapa de metal que en estos días condensa los intensos rayos del sol, poco desvela de lo que hay en su interior. Una vez traspasada se reconoce el mundo ordenado del artista.
Todos los elementos con los que trabaja tienen su lugar. Los lienzos apoyados en la pared, los botes de pintura colocados milimétricamente en filas. El desorden no se escribe en las cuatro paredes de este espacio en el que el artista investiga, crea y comprende su obra al mismo tiempo que escucha a Wagner. “Soy muy disciplinado. Pinto desde por la mañana temprano hasta el mediodía y por la tarde hasta las once aproximadamente, todos los días que puedo”. Y no queda duda de ello, sólo las salpicaduras que aparecen en las paredes, como consecuencia del proceso pictórico, denuncian un aparente descontrol. Pero son también parte del azar, del mismo azar que da forma a su trabajo. Una pintura en la que no hay gesto, ni pincelada, sólo líneas, campos de líneas. “Soy un pintor que no tiene pinceles”, asegura. Apenas los necesita. “Busco maneras de colocar la pintura sobre el lienzo y que sea la propia pintura la que genere el cuadro”.
La fuerza de la gravedad decide el resultado final en el que el autor sólo ha intervenido en la dirección del dryping. En cuclillas, sobre una tarima de madera a pocos centímetros de la piel del lienzo, se descubre su perplejidad, su asombro ante el mundo mágico que se asoma cuando esparce la pintura en el espacio blanco y neutro. “Para mí el acto de pintar también tiene algo de performance, una performance que yo hago aquí en mi taller. Colocar la pintura, observar cómo responde, cómo se mueve y se deposita es una experiencia para mí muy bella. Descubrir cómo de un charco de pintura surge algo, es mágico y un acto de creación”.
Esta misma sensación de sorpresa la tuvo hace años, en su época de estudiante. El profesor que daba clases de dibujo en el Colegio de los Maristas, cuando Francisco Suárez contaba tan sólo con doce o trece años, le descubrió un mundo sorprendente. Desde entonces lo busca y lo provoca: “Ver dibujar al hermano Valentín era fascinante. A mi me parecía magia. Cogía un carboncillo y un papel y de pronto surgía algo real. Me ha fascinado siempre y me sigue fascinando ahora. Si ahora me pongo a hacer algo figurativo me sigue sorprendiendo que aparezca algo ahí, que aparezca el aire y una figura. Un dibujo”.
El azar y el orden
Como muchos artistas, los primeros pasos en la pintura estuvieron marcados por la figuración y la influencia del neoexpresionismo de los que se desprendió a finales de los ochenta; “llegó un momento en el que era totalmente angustioso tener que ponerme a pintar y preguntarme qué pintar. Cuál era el tema que quería pintar. En el fondo es que no quería pintar ningún tema, sólo quería pintar. Entonces obvié el tema y me deje llevar. Comencé a hacer una pintura gestual en la que todavía quedaban restos del motivo, tenía incluso algunos toques expresionistas y cubistas. Luego despareció del todo el motivo e incluso el gesto y pasé a trabajar con la materia”. Así resume Francisco Súarez su relación con la representación de lo real y su camino hacia la abstracción pura. En 1998, después de un periodo bastante azaroso, inmerso ya en la abstracción, introduce las líneas y la geometría en su trabajo.
“Para mí el acto de pintar también tiene algo de performance, una performance que yo hago aquí en mi taller. Colocar la pintura, observar cómo responde, cómo se mueve y se deposita es una experiencia para mí muy bella”
“En la obra que realicé a finales de los noventa había regularidad. Las obras contaban con un entramado de líneas, un campo de líneas, pero no creo que se pudiera hablar todavía de geometría”. Y subraya “a partir de aquellas tramas ortogonales que hacían espacios, hubo un determinado momento en que descubrí que si en vez de hacer las líneas de una forma gestual, provocaba el azar —de modo que si ponía una gota de pintura, ese chorro de pintura generaba por efecto de la gravedad una línea— esto me permitía un juego muy interesante para conjugar el orden y el azar”. Esto ocurría con el cambio de milenio. Desde entonces ambos componentes son fundamentales en su trabajo. Es sencillo: el artista coloca de un modo ordenado la pintura, pero es el azar el que determina cual es la verdadera apariencia de la obra. “Ahora las tramas están más ordenadas, los espacios están más definidos. Saco más partido a efectos ópticos, pero el procedimiento es el mismo; trato de combinar el azar con el orden”.
El artista incide sobre este idea; “el azar en sí no da nada, es el artista que da por buena una cosa y otra no, y el espectador que interpreta lo que está viendo y lo interpreta de una forma concreta y artística”.
Drypping
“Desde que dejé la pintura figurativa he hecho siempre lo mismo: intentar provocar cosas sin que haya una intervención directa. He ido buscando la forma de que a base de colocar la pintura de una manera u otra, el azar concluya la obra. Tanto los fondos que hacía a principios de los noventa como las primeras líneas y goteos que aparecieron después, responden a esta forma de trabajar”.
El dryping ahora se muestra muy controlado; el artista se marca una pauta para dirigir la pintura. “La obra de finales de los noventa tenía más ritmo, digamos que eran cuadros más cerebrales, la sensación espacial estaba como muy estudiada, muy depurada. Pero al introducir fórmulas nuevas, formas nuevas de poner la pintura me dieron juego para trasladar otras sensaciones y hacer otros juegos visuales”.
“Hay cuadros que salen a la primera, hasta el punto de que uno desconfía de que algo que ha salido tan fácil tenga valor y cuadros en los que trabajas meses y meses y al final no salen”.
Atmósferas
La interpretación de la pintura de Francisco Suárez sólo puede hacerse desde el campo de la experiencia. Las claves se encuentran en los paisajes interiores que ofrece el artista, atmósferas del recuerdo y del pensamiento que cada espectador descifra con códigos diferentes: “Busco provocar sensaciones concretas o rememorar ciertas sensaciones de cosas que yo he visto o imaginado. Darles forma es una manera de tenerlas. Tiene que ver con la biografía”. “Uno quizá piensa en algo o en nada, pero es el espectador el que tiene que tener las sensaciones y en una dirección, y a veces no tiene que ver con lo que dice la obra”.

Y es que cada cuadro es como un dato cronológico de la vida de su creador. “Alguien que vea mi obra actual puede pensar que paso por un mal momento, por los tonos que utilizo, oscuros, incluso severos. Quizá la pintura de hace años, más colorista, correspondía a un periodo de búsqueda y ahora me encuentro en un periodo de madurez y por eso los tonos son más introspectivos. Para mí es pintar el día y la noche. Ahora estoy pintando la noche y en otro momento pintaré el día. No son cuadros que interprete como tristes, sino como cuadros nocturnos”.
En realidad, su obra actual es más romántica. Son cuadros dulces. Más fáciles de contemplar que los de la época de finales de los noventa.
Poesía y música
Francisco Suárez esta muy interesado por el acercamiento a la pintura desde la poesía. “Creo que la crítica de arte es un terreno difícil que tiene un camino directo a través de la poesía, de lo poético”. Por ello, la poesía le proporciona una ayuda especial para acabar de entender algunas de sus obras. “Gracias a algunos autores he comprendido lo que estaba pintando. Sus poesías han puesto en palabras lo que estaba pintando”.
Es el género literario que mejor entiende porque, quizás, es el que mejor se relaciona con su trabajo. “La poesía no cuenta una historia sino que crea un clima para que entiendas una historia, una historia personal seguramente”.
“Gracias a algunos autores he comprendido lo que estaba pintando. Sus poesías han puesto en palabras lo que estaba pintando”
Ha estado leyendo últimamente a Paul Celan y cuenta que a través de su obra ha comprendido lo que el mismo quiere reflejar en sus cuadros. Y hace referencia al tiempo, como testigo de lo que ha sucedido. “El poso que dejan las cosas en el fondo del tiempo. Los posos que van quedando”. En realidad es una analogía con su obra, sus cuadros como datos cronológicos del artista. “Me gusta utilizar mis cuadros como biografía. Recuerdo muy bien lo que ha sucedido en mi vida gracias a los cuadros, cosas increíbles de hace montones de años porque el cuadro estaba pintado en ese momento”.
Los propios títulos de las obras también hacen, en ocasiones, alusión a lo biográfico. Son parte de la obra, incluso un complemento importante porque dirigen la intención, la manera en que el espectador debe interpretarlo. Una intención que a veces esta sugerida en el título de modo explícito y otras desde el absurdo. En todo caso supone un empuje en una dirección para el espectador.
Junto a la poesía, la música clásica es otra de sus devociones. Le acompaña y le sumerge en el trabajo a la vez que le inspira;“Me gusta la música clásica desde mediados del siglo XIX hasta ahora. Además de Wagner y todas las consecuencias de su música, Verdi, la escuela de Viena, la música francesa del siglo XX y algunas obras de músicos nórdicos contemporáneos”.
:: La piel a tiras
Víctor M. Díez
Como si tu imaginación fuese un niño y hoy hubieras decidido llevarle a la feria. Un paseo contenido en que, el aparente estatismo de las atracciones, empujan incesantemente a un abismo onírico. La abstracción es un ambiente, un clima, zumos de colores. La resistencia de lo que el aire expone, se retuerce en la sigilosa mano que lo sintetiza.
En el principio fue una pared, un panel, un telón, una pantalla… Y la interposición de dos hojas, del concebir dos superficies a paño es tan natural como la línea del horizonte: tierra/cielo; cielo/mar; besan. Hay movimiento en la sutura, una continuidad en lo discontinuo. La pantalla mental es dúctil, deja pasar la luz, es una película de azúcares. Un espacio trae otro, una superficie remite a otra, se retroalimentan en el cabaret de la retina.
Las palabras son pájaros, sí. Lo dicho, en un ala rezuma. Y Los silencios se hacen espejos, claro. Óxido en el discurso desdentado. Todo se mezcla en Las horas desiguales. Y El umbral es lo más oscuro. Claro, claro. Esos choques violentos, contradictorios en que cobra sentido el sentido. Amanece boca de lobo, la rugosidad es plana ¿Qué textura tienen los sueños?
El neón que se enciende, se apaga, se enciende… Ante los ojos, es la epidermis intermitente. Una segunda piel que se ofrece primero. Oculta e invita a otra luz azul en la habitación de ese hotel de Atlantic City. Son luminosas las raíces del relato. A veces, no siempre, es de Noche en el norte. Todo el paisaje en un bolsillo, en un zurrón. Verde costa del cantábrico, luces en la noche, líquenes más verdes. Y por qué no, paisaje por paisaje, éste abre un escenario al que ya los focos dan vida y se espera a la cantante: terciopelo verde. Los argumentos eclosionan en estas pinturas. Hay colores que ya ni nos imaginábamos.
Autorretratos, paisajismo… Una vez más lo abstracto quiere ser documento exacto. La mano construye con violenta delicadeza cada punto de cada raya, ninguna igual. Pero el autor que ahí trabaja en la horizontal, desplaza la enorme carga de su virtuosismo y perfección técnica a la mano abierta. Quiérese decir: el control, el rigor, el trabajo meticuloso está al servicio de la apertura, de la libertad necesaria para volar. El cofre académico está abierto, alguien reventó su cerradura. Quizás sólo ya para mirar de vez en cuando.
Como en esas pantallas, aparentemente planas, en que de repente se abren como cortinas sus tiras y otra pantalla se hace presente, lo plasmado se mueve en contradirección simultánea: de izquierda a derecha, de atrás hacia delante, de la superficie al fondo.
Quizás todo sea Teorema del aire. Lo que tratamos de representar sea un desierto que se acuesta con el mar. La comisura entre la piel y el mundo. Vasos contaminantes, Frontera íntima.
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