Osos, conejos, ciervos. Vivos, heridos y muertos. Cazadores. Toreros y legionarios con cicatrices, en el cuerpo y en el alma. Folklóricas transformadas en animales. Y niños, testigos del fin del mundo. Todos estos elementos temáticos forman parte de la iconografía que representa el universo de Aitor Saraiba. Un poético e inquietante mundo poblado de símbolos y definido por la dualidad: trágico y romántico, cruel y tierno, lúdico y crítico, bello y extraño, llevado al papel a golpe de pilot con un discurso fresco y sincero. ‘Dibujos desde la casa del árbol’, en la galería Cubo Azul, recoge la personal obra de este artista emergente.
Cercano al arte pop, las influencias de Aitor Saraiba habría que buscarlas en la lectura, la música, el cómic y los medios de comunicación, así como en la vida cotidiana y en el mar de emociones que envuelve su propia experiencia vital. “Mis dibujos nacen de un universo de dramatismo barato, de romanticismo exagerado. Y es que soy exageradísimo para todo, porque cuando me enamoro, me enamoro y cuando me desenamoro me muero. Pero al final todos hacemos lo mismo, da igual que sea una cantante folklórica o que sea la mujer que está limpiando en casa, ambas están igual que yo, en la misma situación”. Reconoce que su trabajo surge de todo aquello que le produce una emoción; “la obra que forma la exposición está hecha en momentos sentimentales muy diferentes y en ella se manifiestan distintos estados de ánimo y emociones, representados con símbolos muy simples y básicos”.
Es la primera vez que expone en León. Su segunda individual.
“Mis dibujos nacen de un universo de dramatismo barato, de romanticismo exagerado”
Y es que no lleva demasiado tiempo en el mercado artístico. Su primera muestra en solitario sucedió hace poco más de medio año en la galería Fúcares de Madrid; fue una apuesta por el trabajo de este joven creador formado en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca como lo es la que emprende ahora la galería leonesa ‘Cubo Azul’, que también ha sabido intuir la proyección de su obra y no en vano la ha elegido para inaugurar la temporada artística. Una colección de dibujos realizada en técnica mixta —cartón pluma— que funciona como una serie y se presenta dividida en varias más: ‘Al fin del mundo’, ‘ Folklóricas, legionarios y toreros’, ‘El bosque y nosotros los animales destruyéndolo’, ‘El Juicio Final’.

Dibujos creados en ‘La casa del árbol’ —su estudio y refugio— con la mínima alianza de la pluma y la acuarela para desplegar su imaginación sobre el papel. Historias o metáforas que se presentan como “una sucesión de haikus’ tal como aprecia Amparo Lozano en el catálogo de presentación de la obra. “Yo interpreto las cosas con símbolos y uso sólo los que necesito. Los justos. Si una persona está muerta sólo utilizó el color rojo”.
Folklóricas y toreros
El interés por la tauromaquia es sólo conceptual porque Aitor Saraiba no está a favor, pero tampoco es un detractor de la fiesta nacional. “Si no comiera hamburguesas, ni salchichas, ni comprara artículos de la firma Nike, podría estar en contra. La tauromaquia sólo me interesa como icono, como símbolo. Me interesa cómo el hombre aparece como minusválido al recibir el impacto de la bestia, como puede ser atacado cualquiera después de un desamor. El mundo de los toreros era un tema por el que me sentía atraído desde hace tiempo pero que no sabía como abordar: no quería que resultara kitsch, ni nacionalista. Un día vi un reportaje de toreros enseñando sus cicatrices y dije: ya está, es esto. Me encantó lo que decía un torero, que las cicatrices son siempre símbolo de error. Esa metáfora coincidía con las letras de algunas folklóricas que yo utilizo para realizar los dibujos. Toda esa metáfora de las cicatrices y del hombre contra la bestia me apasiona tanto como me horroriza”.

“Lo que intento mostrar es que al final lo masculino es más vulnerable que nada”. Prueba de ello son otras piezas de ‘Folklóricas, legionarios y toreros’, como las tituladas ‘Enseña a matar a un hombre y pensará que está matando’, o ‘Jaime’, obras protagonizadas por personajes melodramáticos, como los duros legionarios, iconos de la masculinidad y también del machismo más rancio que ofrecen su cara más oculta.
Dentro de esta serie también hay unos dibujos en los que las folklóricas aparecen convertidas en animales que reflejan todo lo contrario, el poder de la superación, la fuerza que suele asociarse al hombre: “Me gusta esa superposición de cómo la mujer sobrevive a eso y se convierte en animal, como el hombre masculino acaba muerto por las cicatrices y por los errores”.
Dibujo
El dibujo no ha contado con demasiado hueco en el espacio artístico durante años, pero ahora parece que vuelve a recobrar cierto impulso. Incluso se ha rescatado la figuración, desterrada durante años. Aitor Saraiba es consciente de que es la disciplina que ahora ocupa su discurso y en la que mejor se siente. “Hoy hablaba con un amigo de por qué yo dibujo y de por qué ellos pintan. Yo creo que lo hago porque mis profesores nos enseñaban a no hacerlo. Eran muy modernos y estaban muy interesados por las nuevas tecnologías. Entonces ocurrió lo típico. Si tienes un padre con pelo largo sales todo lo contrario. Estudié en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, super moderna y después de cinco años con profesores maravillosos y asignaturas brillantes, sólo podía hacer esto. Dibujar era una respuesta y encontré mi sitio en la forma de generar cultura contando mi historia, la historia de otras personas y las historias que llegan a mí a través de los dibujos”.
Sus dibujos son coloristas, detallistas, cercanos al arte pop y con cierto toque kitsch. “No llego al kitsch pero lo rozo, y me encanta coquetear tanto con el kitsch, con lo cutre y lo camp, porque realmente yo soy eso. Unos los aceptamos y otros no, pero todos tenemos algo de eso, de casposillo”.
La fatalidad
La idea de fatalidad impregna a casi todas las series, en algunos casos se sugiere, como en el ‘El fin del mundo’. El artista la introduce al tratar este tema y la asocia a un estado interior: “Es un superestado. Hay gente que no vive nunca en su vida un fin del mundo y gente que vive continuamente en él, gente que sobrevive a él y gente que acaba con él. El fin del mundo es un estado interior. Yo mismo tuve un momento fin del mundo. Todos tenemos por diversas razones nuestro fin del mundo particular, nos lo da la vida, o nos lo inventamos”.

En la serie ‘El juicio final’ se explicita no sólo en el título, sino también en los textos: “El juicio final comenzó a las 9´37 a.m”. Dos meteoritos que caen del cielo son contemplados por un niño que reclinado en su cama los mira tras la ventana”.
‘Huyendo’ es el título de una obra que reproduce un escenario que recuerda a las cuevas de Altamira y en la que los personajes huyen e invitan a huir de la fatalidad. “Me gusta volver a los orígenes, todos estamos en ese punto de dejarlo todo y salir corriendo y nunca lo hacemos, pero sé que va a llegar un momento en que lo vamos a tener que hacer. Algunos de mis dibujos ya lo consiguieron, otros no y se quedaron en el intento, por eso tienen cicatrices y están a punto de morir. En este dibujo los personajes ya lo consiguieron, por eso corren”.
Su refugio más personal
“Dibujo todos los días, todo el tiempo. No sé hacer otra cosa, así que solo hago esto. Voy en el autobús y estoy pensando en lo que voy a dibujar, escucho una canción, leo un cómic o veo una persona y ya veo una historia y si no me la invento. Realmente para mí es crear, en cualquier lugar y en cualquier momento estoy pensando en las historias que voy a llevar al cuadernito que siempre me acompaña. En él voy apuntando todo y dibujando los bocetos de los futuros dibujos. Luego el proceso es simple: me siento delante del cuaderno y dibujo a cualquier hora en mi estudio”.
La exposición se titula ‘Dibujos desde la casa del árbol’ porque así es como llamó su estudio. Pero muchos dibujos no están hechos allí. La referencia a la casa del árbol viene de ese sueño infantil en el que casi todos los niños quieren tener una casa en el árbol para esconderse. “Mi estudio es esta casa del árbol, donde yo me escondo, donde no hay Internet, ni teléfono, ni timbre. Cuando llego al estudio sé que voy a dibujar, y cuando dibujo estoy en la casa del árbol”.
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