Historia: LAS HUELLAS DEL PASADO

La fuerza expedicionaria francesa entre 1862 y 1867

Napoleón III y la ‘aventura’ mexicana (I)

Peatóm | Joe Pascal | 17·05·2008 | 06:00 |
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La fuerza expedicionaria francesa.

Divirtiéndose.. Tres soldados del ejército expedicionario francés: un cazador a pie, un soldado de infantería ligera y un cabo de la Legión Extranjera jugando con un burro, mientras una campesina mexicana les observa con curiosidad y recelo

Muchos de los nobles mitos militares provienen de derrotas que los países tienen la enorme facilidad de reinventar como fábulas. La siguiente acción militar de Camarón fue técnicamente una escaramuza sin consecuencias, dentro de una guerra relativamente desconocida cuyo resultado final supuso uno de los desastres militares más importantes de Francia. Sin embargo —y he aquí donde queríamos llegar—, el posterior retoque propagandístico haría de ella una leyenda inolvidable en una de las unidades militares más inmortales del mundo: la Legión Extranjera francesa. En enero de 1862 unos diez mil efectivos de Francia (2.500), España (7.000) y Gran Bretaña (700) invadieron México una vez que el gobierno del presidente mexicano, Benito Juárez, había suspendido los pagos de todas las deudas contraídas con las potencias extranjeras durante la guerra civil que asoló el país entre 1857 y 1860.

El emperador francés, Napoleón III, consideró esta falta como la excusa perfecta para ampliar su ego y a la vez su imperio. Convenció a los gobiernos de España y de Gran Bretaña para que se uniesen a su aventura militar e imponer así su hegemonía económica, a la vez que su influencia política, en el país norteamericano. Se había iniciado lo que se conocería entre la población más cínica de Francia con el nombre de L‘aventure mexicaine y en México como la Segunda Intervención Francesa.

Los mexicanos convencieron a los gobiernos de España y de Gran Bretaña de que la suspensión de las deudas era algo transitorio. Esto hizo que sus fuerzas expedicionarias se volvieran a casa, quedándose Francia sola en sus demandas. Pero Napoleón III ya había comprobado que podía hacerse con el poder en el país americano y, una vez establecido, apoyar a los estados confederados en la Guerra Civil Americana para así disminuir el poder de Estados Unidos en la zona. Tonto, lo que es tonto, desde luego no era Napoleón III.

Con el fin de establecer una monarquía títere, envió con la fuerza expedicionaria al hermano de Francisco José, emperador de Austria: el archiduque Maximiliano y su esposa Carlota, hija del rey Leopoldo I de Bélgica.

Ante la tenaz defensa de los mexicanos, no les quedó más remedio a los franceses que tomarse la campaña en serio y enviar refuerzos en número superior a treinta mil que llegaron en septiembre de ese mismo año bajo el mando del general Forey. No fueron suficientes. En octubre, el general Bazaine llegó con más tropas que fueron de nuevo insuficientes.

El 9 de febrero de 1863, dos batallones, un cuartel general y una compañía de abastecimientos de la Legión Extranjera, bajo el mando del coronel Pierre Jean Joseph Jeanningros, embarcó en Mers el-Kébir —cerca de Orán en Argelia— con destino México a donde llegaron a finales de marzo. Estos cuatro mil veteranos eran, a excepción de los oficiales franceses, técnicamente todos extranjeros porque se prohibía el alistamiento en la unidad a nacionales franceses.

Menospreciados por las demás unidades del ejército francés y considerados delincuentes antes que soldados —aunque fuera verdad que muchos ocultaban algún secreto de su pasado—, más de la mitad de ellos encontraron la muerte en tierra mexicana. Como consecuencia del desprecio generalizado dentro del ejército francés, los legionarios eran asignados a tareas menores como la vigilancia de rutas o el traslado de provisiones al resto del Ejército Imperial. Esto podría parecer una misión fácil, pero distaba tremendamente de ser un ejercicio cómodo. Las condiciones climatológicas y geográficas eran tan malas que un convoy difícilmente podría llegar a realizar ocho kilómetros diarios. El general Forey sabía muy bien lo que hacía, pues había comentado que preferiría que extranjeros y no franceses patrullasen por las zonas más insalubres del país. Los legionarios empezaron a caer como moscas ante los brotes de malaria, fiebre amarilla y vómito negro.

El ejército expedicionario francés sitia Puebla

Mientras tanto la campaña se había estancado. Un ejército mexicano se encontraba asediado por el ejército imperial francés en la ciudad de Puebla. Para apoyar a los sitiadores, Forey decidió enviar un convoy francés compuesto por 64 carretas y 150 mulas que salió de Veracruz el 15 de abril, encargado de llevar cañones de asedio, municiones, víveres y más de tres millones de francos en oro para pagar a las tropas que estaban sitiando la ciudad mexicana.

Unos días después y cuando el convoy iba de camino al puesto de mando de la Legión Extranjera en el cerro de Chiquihuite, el coronel Pierre Jeanningros recibió órdenes de salir en busca del convoy a la altura de La Soledad para acompañarlo durante cincuenta kilómetros hasta llegar a la base en la población cercana del mismo nombre, desde donde otra unidad acompañaría a las provisiones. Así pues, el 27 de abril envió a la quinta compañía del primer batallón de la Legión Extranjera y una compañía de voltiguers —es decir, infantería ligera—, ambas diezmadas por las bajas por enfermedad.

Los legionarios, menospreciados por el ejército francés y considerados delincuentes antes que soldados —aunque muchos ocultaban algún secreto—, más de la mitad de ellos encontraron la muerte en tierra mexicana

El día 29 de abril, Jeanningros recibió información bastante completa de un espía indígena acerca de un más que probable ataque al convoy. Pero no por bandidos atraídos por el oro, como se había temido, si no por unidades de infantería y caballería del ejército mexicano. Los únicos detalles que no pudo facilitar el competente espía eran el lugar y la hora exacta del ataque.

Jeanningros decidió enviar a la tercera compañía del primer batallón de la Legión Extranjera con las órdenes de explorar los accesos al poblado de Palo Verde antes de la llegada del convoy, entrando en combate con el enemigo en caso de contacto. Dicha compañía, cuya dotación normal era de tres oficiales y 120 hombres, estaba reducida a 62 hombres —casi la mitad—, por motivos de enfermedad. Se encontraban de baja los tres oficiales y más de cincuenta soldados compuestos por legionarios austriacos, belgas, alemanes, holandeses, polacos, suizos, franceses, un danés, un español, un italiano y un americano o británico de origen prusiano. Todos ellos tenían entre 17 y 40 años.

Un oficial con una mano de madera

Ante la falta de oficiales, el experimentado comandante adjunto del batallón, el Capitán Jean Danjou, se ofreció para comandar la unidad. Tenía una mano de madera articulada que sustituía la verdadera, perdida en combate en Argelia. Eran necesarios otros dos oficiales y se presentaron voluntarios el pagador del batallón, el teniente Jean Vilian y el teniente Clément Maudet de la primera compañía. Los legionarios veían con buenos ojos la presencia de Maudet pero odiaban a Vilian, al que achacaban la responsabilidad de su miserable paga. En honor a la verdad, ambos oficiales eran experimentados soldados que habían ascendido por méritos desde soldados rasos. Vilain había incluso ganado la Legión d’Honneur en combate durante la guerra de Crimea. A todo esto, Jeanningros tenía serias dudas sobre que bastaría con 65 hombres para defender la impedimenta, y así se lo dejó saber al nuevo comandante de la compañía. Danjou, que era más duro que los clavos, respondió que eran legionarios y que con eso bastaba.

Los sesenta y dos soldados de infantería y tres oficiales salieron al encuentro del convoy en las primeras horas del 30 de abril. Ataviados con su quepis blanco con cogotera, túnicas azules con el fajín legionario en el mismo color, charreteras verdes, pantalones bombacho blancos y polainas de la misma tonalidad, y armados con sus fusiles Minié y bayonetas.

Después de haber recorrido a marcha forzada 24 kilómetros desde su guarnición de salida, pasaron por una aldea abandonada llamada Camarón, conocida hoy en día por el nombre de Camarón de Tejada, donde Danjou pudo observar que lo que quedaba del pueblo eran unos muros de piedra, una hacienda y varios cobertizos. Después de dejar Camarón avanzaron alrededor de un kilómetro y medio y llegaron a su destino, Palo Verde.

Eran las siete de la mañana. Los legionarios se prepararon para desayunar. Se estaba hirviendo el café cuando sonó la llamada a las armas, se acercaba caballería enemiga. Los legionarios recogían sus fusiles y veían, sin poder hacer nada, como se espantaban las mulas y se perdía toda la reserva de municiones y alimentos. Pintaban bastos para la fuerza legionaria

:: Una nueva forma de aprender Historia

La opinion del autor sobre los mitos nacionales

La mayoría de la gente debería saber a estas alturas que casi todos los desastres militares tienen la enorme facilidad de ser reinventados en forma de nobles mitos. Estos momentos raramente espléndidos tienen que ser desenterrados, aseados y barnizados para así poder ser correctamente presentados y proclamados como inolvidables e incluso imprescindibles para aquellos pueblos o países ávidos de héroes.

Ésto según quién. Pues tengo la impresión de que el fatalismo español lleva algún año que otro de retraso en este arte con respecto a países de parecido pedigrí histórico o imperialista como Inglaterra y Francia. Esto último lo digo sin ánimo de ofender o provocar a nadie.

No soy partidario de aburrir a los lectores con pedantes estrofas introductorias y obstaculizadoras. Me pregunto cuántas veces habrán frenado de golpe este tipo de escritos el interés suscitado en un neófito unos prolegómenos ineficaces, pedantes y semiplagiados. Sin embargo, muchos españoles vivimos marcados por los espeluznantes libros de texto de nuestros hijos.

Sobreponiéndome a mis traumas, ya que no me queda otra, de alguna manera hay que situar al lector en el teatro de operaciones militares con una pequeña introducción histórica de los antecedentes para que luego se pueda exlicar la acción concreta de una forma rigurosa y amena.

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