Historia: LAS HUELLAS DEL PASADO

Los hundimientos del 'Gustloff', 'Von Steuben' y 'Goya'

Veinte mil ahogados en menos de tres meses

Peatóm | Jesús María López de Uribe | 28·05·2008 | 06:04 |
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En enero de 1945 los alemanes lo tenían claro: los rusos estaban a las puertas de Prusia Oriental sedientos de sangre, venganza y destrucción. Pese a que durante años no quisieron saber nada de campos de concentración o sobre las masacres en los territorios de Bielorrusia, Ucrania y Rusia, entre cuatro y siete millones de civiles huían del frente. La desbandada evidenciaba que sí existía una mala conciencia sobre la actuación del Ejército nazi en la Unión Soviética.

Hay pánico, los millones de refugiados no dudan en caminar en campo abierto con temperaturas por debajo de los veinte grados bajo cero. Hay desesperación, algunos de ellos se dirigen a las líneas rusas para mendigar comida y encomendarse a una incierta caridad. El tercer frente bielorruso intentaba rodear la ciudad de Koenisberg, hogar de Kant. La Armada alemana (la Kriegsmarine) se arriesga con sus buques de superficie y el almirante Doenitz ordena la Operación Aníbal, que comienza el 21 de enero: un plan de rescate de los civiles atrapados en el frente.

Mientras, unos dos mil civiles al día cruzan el hielo en dirección al puerto de Pillau donde el primer vapor tarda ocho días en poner a salvo a mil ochocientos civiles y mil doscientos heridos. Pero Pillau tenía una rada pequeña y fue obligado a trasladar a los civiles a Gotenhafen (hoy, Gdynia). Allí, el 30 de enero zarpó el Wihelm Gustloff hacia Dinamarca. Éste era el barco emblemático del programa Fuerza por la Alegría, el megalomaníaco plan de Hitler para proporcionar vacaciones de lujo a los trabajadores alemanes. Cargado hasta los topes, con más de nueve mil personas en sus cubiertas y escoltado por un torpedero, se adentró en las frías aguas del Báltico.

El hudimiento con más víctimas

Esa misma noche, el capitán del submarino soviético S-13, Alexander Marinesco, localiza al crucero de viaje alemán y le dispara cuatro torpedos, de los cuales tres hacen blanco. A oscuras, en medio de la confusión, con tres explosiones, el barco cargado hasta los topes, el agua del Báltico a dos grados y el ambiente a casi veinte bajo cero hicieron su fatal trabajo. En 55 minutos se hundió el Gustloff y el nerviosismo provocó que volcaran muchas de las barcas de salvamento. Las cifras que se valoran oscilan entre siete mil y ocho mil quinientos muertos. Sólo se libraron unas mil trescientas personas, rescatadas por el crucero de guerra Admiral Hipper. (En este vídeo de tres minutos se pueden ver varias imágenes del buque).

Muy poca gente conoce este hecho. Si lo comparamos con el Titanic —en el cual murieron 1.513 personas—, ese naufragio fue entre cuatro y seis veces menos importante que el del Wihelm Gustloff. Otro balance: en el torpedeo del Lusitania, en la Primera Guerra Mundial, murieron 1.200 personas, una cifra entre siete y ocho veces inferior.

Los soviéticos aseguraron durante años que el Gustloff estaba cargado con seis mil soldados alemanes para esconder el asesinato de los civiles. Al capitán Marinesco le ofrecieron la recomendación de Héroe de la Unión Soviética, pero los comisarios políticos se la negaron por tener una relación con una mujer extranjera. Al final, el honor se le reconoció en 1990.

Sin piedad con dos barcos hospital

A mitad de febrero, Koenisberg estaba a punto de caer. Los alemanes intensificaron la evacuación de civiles y heridos. El 12 de febrero los rusos, sin piedad, torpedearon el barco hospital General Von Stauben que había salido de Pillau… viajaban 2.680 heridos, de los cuales no pudo sobrevivir casi ninguno.

La Kriegsmarine hizo un esfuerzo monumental. Destacó lo poco que tenía a proteger los convoyes de refugiados y a apoyar con su artillería a sus soldados ante el avance ruso. Sin embargo, los soviéticos aprendieron a usar los cañones de sus tanques para disparar contra las pequeñas embarcaciones en las que escapaban los civiles alemanes. Los cruceros Prinz Eugen y Leipzig, junto al vetusto acorazado Schlesien, se la jugaron todos los días frente a los submarinos soviéticos para intentar salvar a sus compatriotas. La guerra había cambiado por completo, ahora los soldados y marinos alemanes luchaban por evitar la destrucción de su patria y el sufrimiento de su gente. Una guerra gloriosa cinco años atrás, se había convertido en la peor de sus pesadillas.

Muy poca gente conoce este hecho. Si lo comparamos con el Titanic’ —en el cual murieron 1.513 personas—, ese naufragio fue entre cuatro y seis veces menos importante que el del ‘Wihelm Gustloff’. Otro balance: en el torpedeo del ‘Lusitania’, en la Primera Guerra Mundial, murieron 1.200 personas, una cifra entre siete y ocho veces inferior

El último naufragio de grandes proporciones conectado con la conquista de Prusia Oriental por los soviéticos fue el del barco hospital Goya. Éste no es, por poco, el mayor desastre de la historia si exceptuamos al Wihelm Gustloff. En él viajaban siete mil refugiados. El fin de Prusia Oriental y Pomerania no pudo tener peor colofón: el 16 de abril el capitán del submarino soviético L-3, Vladimir Komonalow, lo divisó y lo torpedeó. Él sí consiguió el honor de héroe del pueblo ruso de inmediato. De los pasajeros, sólo se salvaron 165.

En menos de tres meses el hundimiento de tres barcos sumó más de veinte mil víctimas por actos de guerra. Se cree que murieron treinta mil civiles en la evacuación de Prusia Oriental. Las dos terceras partes en una terrible muerte provocada por las gélidas aguas del Báltico.

:: Una huída hacia el infierno

El pánico alemán ante la venganza del Ejército soviético

En el libro Berlín, la caída: 1945, el historiador británico Anthony Beevor explica con crudeza la situación que sufrían los alemanes ante la llegada del Ejército soviético. Los rusos tenían una sed de venganza tal por lo que los nazis habían hecho en su tierra, que hasta los propios oficiales soviéticos se sorprendían de la violencia de los pillajes, de las violaciones y de los asesinatos indiscriminados sin que pudieran hacer nada por evitarlo; aunque eso sí, ellos mismos habían alentado la venganza.

Los extremos eran tales que incluso a algún prisionero francés, que trabajaba en granjas de la Pomerania Oriental, le llegaron a dar una paliza los ebrios soldados soviéticos pese a que proclamaba que “era aliado”. Las alemanas, sobre todo las jóvenes, intentaban hacerse pasar por viejas y cojeaban en las cunetas de las carreteras para no llamar la atención. Daba igual. Los soldados soviéticos se dedicaban a asaltar y violar a todas las mujeres, mayores o no. Sin embargo, se dio una situación curiosa en una granja: un soldado soviético exigió a una anciana que saliera de la cama para poder dormir él. Ella, muy digna, le dijo que no, le lanzó un almohadón y le señaló el suelo. El infante, embotado, no discutió y se echó a dormir donde le decía. Pero esto, por desgracia, era la excepción.

El caso es que los siete millones de refugiados que consiguieron salir de Prusia Oriental y Pomerania tuvieron que instalarse en el centro de Alemania, que en un mes sufrió de nuevo el embate de las fuerzas rusas. Lo peor es que nunca regresaron a sus casas y granjas: Prusia Oriental y Pomerania pertenecen hoy a Polonia como compensación de guerra y se expulsó a todos los alemanes de sus tierras.

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