
Florence Nightingale nace en 1820 en el seno de una familia ligada a la política y a la iglesia reformista anglicana. El espíritu victoriano de la Inglaterra de principios del XIX empuja a las mujeres de la época a desposarse como único fin legítimo. Pese a ello, William Nightingale no renuncia a proporcionar a sus dos hijas una exquisita educación clásica en griego, latín, filosofía y matemáticas. Imbuida por la sed de conocimiento, Florence abandona el guión vital que sus padres diseñan para ella: el matrimonio. El amor de Florence por los números le arrastra al estudio de las técnicas de análisis estadístico. Pronto descubre que mediante su aplicación puede anticipar comportamientos diversos y también el de la enfermedad.
A los 25 años inicia su andadura laboral como profesora de niños mendigos en Westminster, pero el conflicto familiar sobre su futuro se agrava. Florence pone tierra de por medio y viaja en compañía de unos amigos a Egipto y Grecia. A la vuelta, el grupo hace una última parada en Alemania en donde visita el hospital y la escuela de un pastor anglicano. Esta experiencia atormenta a Florence y unos meses más tarde regresa a tierras germanas para profundizar en la labor de dispensar cuidados a los enfermos. Más tarde retorna a Londres y fruto de su adiestramiento en Kaiserwerth le ofrecen dirigir el hospital para mujeres inválidas de la alta sociedad; un empleo del agrado de su familia. Entre 1851 y 1854, antes de la guerra de Crimea, mejora su instrucción práctica visitando hospitales en toda Europa. En ellos recoge información sobre la actividad sanitaria; analiza las experiencias reflejadas tanto en informes privados como en publicaciones oficiales. Además, en su visita a uno de los centros —el Laboisère de París— observa que la disposición de las salas, que facilita la entrada de luz y aire fresco, disipa los efluvios malignos o miasmas. Florence Nightingale descubre que la enfermedad surge espontáneamente en los espacios sucios y cerrados.
Florence supervisa la asistencia a los pacientes recorriendo cada noche, quinqué en mano, sus habitaciones: se gana así el apodo de la ‘dama del Candil’
La guerra de Crimea estalla en Marzo de 1854. Gran Bretaña y Francia apoyan a Turquía en su contienda contra Rusia invadiendo la península del Mar negro. Los aliados derrotan a los rusos en la ciudad de Alma en septiembre. No obstante, los informes sobre la batalla critican las instalaciones médicas británicas. En respuesta a estas quejas la corona inglesa designa a Florence Nightingale para la supervisión del trabajo de las enfermeras en los hospitales militares. En noviembre del mismo año, Nightingale llega a la región turca de Scutari con más de una treintena de mujeres. Somete a sus subordinadas a la autoridad de los médicos para ganarse su confianza e inicia así una serie de reformas que reducirán del 42 al 2% la tasa de mortalidad de los soldados. Para incrementar la higiene del hospital militar instala una lavandería, consigue ropa de cama y prendas nuevas y mejora el mantenimiento de las salas. Asimismo, supervisa la asistencia a los pacientes recorriendo cada noche, quinqué en mano, sus habitaciones: se gana así el apodo de la ‘dama del Candil’. Escribe cartas y organiza envíos de dinero a las familias de los soldados y crea salas de lectura en las que reparte libros y juegos.
La limpieza y la organización del hospital son deficitarias y además los médicos militares destinados a los campos de batalla son jóvenes sin experiencia. Esto dificulta la correcta atención a los soldados heridos. Florence propone que los doctores reciban formación práctica y pone en marcha un laboratorio de patología en Scutari.
La guerra sirve a Nightingale para sistematizar los registros de control e inventa el gráfico radial o histograma. Se trata de bocetos en los que usa figuras coloreadas de sección circular para representar los datos médicos. Sus estudios promueven y justifican cambios revolucionarios en el sistema sanitario militar de todo el imperio.

Como consecuencia de sus relevantes descubrimientos matemáticos, Florence Nightingale se convierte en la primera mujer miembro de la Sociedad Estadística de Inglaterra. Por otra parte, desde su nueva posición privilegiada apoya la creación de una cátedra de estadística en Oxford. Florence propone que dicha asignatura priorice la estadística aplicada. Los expertos universitarios de la época no comparten su interés, pero años más tarde Karl Pearson, padre de la estadística aplicada moderna, reconoce las ideas de Nightingale.
La generosidad y el cariño que la ‘dama del candil’ dispensa a los enfermos le hacen ganar el reconocimiento público de los ingleses. De esta forma, la sociedad británica crea una plataforma para recoger fondos destinados a la puesta en marcha de una escuela de enfermeras y auxiliares que tutelará Florence. El modelo fructifica y se replica en todo el mundo. Nightingale confiere a su profesión un estatus digno porque hasta la guerra de Crimea las enfermeras son meras asistentes de los doctores y carecen de conocimientos teóricos.
Nightingale confiere a su profesión un estatus digno porque hasta la guerra de Crimea las enfermeras son meras asistentes de los doctores y carecen de conocimientos teóricos
Pero el interés de Florence por la formación no se limita a la profesión médica. En los últimos años de su vida centró sus esfuerzos en la educación de los pobres y en la reforma de los albergues para desheredados. Su objetivo es enseñar un oficio a los niños en las nuevas escuelas industriales para que puedan labrarse un futuro de espaldas a la beneficencia.
En 1889 la reina Victoria concede a Florence Nightingale la Real Cruz Roja por su trabajo en favor de la salud y la Real Cruz del Mérito de Eduardo VII en 1907; galardón que es otorgado por primera vez a una mujer. Florence Nightingale consagra su vida al saber, sacrificando el ideal de la existencia victoriana al no contraer matrimonio, pero pasa a la historia como la creadora de la enfermería moderna y la figura que inspira a Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja.
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