Historia: LAS HUELLAS DEL PASADO

La gran depresión

1929, la madre de todas las crisis capitalistas

Peatóm | Eloísa Otero | 23·08·2008 | 06:01 |
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Pánico en Wall Street. El miércoles 23 de octubre de 1929 salieron a la venta seis millones de acciones a precios cada vez más bajos. Al día siguiente, el famoso "jueves negro", el número de acciones a la venta se elevó a más de trece millones. La gente empezó a acudir en masa a los bancos donde habían depositado su dinero para retirarlo

En 1929 estalló en Estados Unidos una crisis económica sin precedentes, cuyos efectos, que se prolongaron durante muchos años, resultaron catastróficos en todo el planeta. La especulación ciega que llevó a la quiebra de Wall Street y la incapacidad de los gobiernos para controlar aquella crisis se encuentran en el origen de lo que, para muchos historiadores, desencadenará diez años más tarde la Segunda Guerra Mundial, con su sangriento saldo de más de 50 millones de muertos.

La crisis de 1929, que abriría el periodo conocido como “la Gran Depresión” de los años 30, se desató inesperadamente en torno al 24 de octubre de 1929 (el famoso “jueves negro”) con el famoso crash (o crack) de la Bolsa de Wall Street. Aunque sus causas aún siguen siendo discutidas, entre ellas cobran importancia la sobreproducción, el bajo consumo y la caída de los precios agrícolas del comercio internacional, todo ello unido a la abundancia de créditos fáciles de dudosa recuperación.

El hecho es que en Wall Street, el mayor mercado de acciones y valores del mundo capitalista, ese día de octubre se pusieron a la venta más de trece millones de títulos que nadie quería comprar, con lo que los valores se depreciaron de manera vertiginosa. El crash bursátil motivó una reacción en cadena en el sistema financiero. Numerosos bancos empezaron a tener problemas de solvencia y liquidez al acentuarse la desconfianza en su capacidad de rembolsar a los depositantes.

Una explicación simple es que el crash fue causado por la especulación, es decir, por el sobreprecio de los valores que cotizaban al alza desde hacía años

Una explicación simple es que el crash fue causado por la especulación, es decir, por el sobreprecio de los valores que cotizaban al alza desde hacía años. La venta de acciones especulativas arrastró a las demás, e hizo la crisis irreversible. Los especuladores se arruinaron. Eran muchos, incluso personas absolutamente normales, los que tenían sus ahorros especulando en bolsa, y entre ellos había miles de inversores que habían comprado sus acciones con créditos que ya no podían pagar.

De repente, los bancos empezaron a quebrar y la industria se quedó sin capital, en lo que parece un efecto dominó: el miedo detiene la inversión, aumenta el paro, los precios caen, desciende el consumo, se descapitaliza la banca….

La intervención del gobierno y de las entidades financieras no logró estabilizar la situación, y las cotizaciones de las acciones continuaron cayendo, en picado, hasta 1932.

Antecedentes: la primera guerra mundial y los “felices” años 20

Por sus consecuencias, pero también por su profundidad, universalidad y violencia, la crisis de 1929 ha sido catalogada como la más dura que ha sufrido el capitalismo en toda su historia. Al menos hasta ahora.

Y justo se produjo cuando el mundo parecía encontrarse en un buen momento. En 1929 hacía más de diez años que había terminado la primera guerra mundial, la inversión crecía y el empleo aumentaba, y todo ello contribuía a crear una aparente sensación de bienestar, desconocida hasta entonces.

Por sus consecuencias, pero también por su profundidad, universalidad y violencia, la crisis de 1929 ha sido catalogada como la más dura que ha sufrido el capitalismo en toda su historia. Al menos hasta ahora

Los “felices años 20″, caracterizados por una extraordinaria creatividad artística y por los avances tecnológicos, hacían soñar con un mundo mejor, marcado por el progreso y lleno de posibilidades.

En 1927, los financieros estadounidenses que operaban en Wall Street habían recogido grandes beneficios en el exterior, apoyados por una economía en expansión. Y en ese momento, de alguna forma, decidieron dirigir sus operaciones hacia el mercado interior. Así, a medida que compraban valores nacionales, el precio de las acciones de las empresas norteamericanas empezó a subir, aumentando a su vez el número de inversores que deseaban aprovechar la tendencia alcista de la Bolsa.

En tan sólo dos años, muchos norteamericanos (hay quien maneja la cifra de un 9% de la población, aunque para algunos analistas como Galbraith, no llegó a tanto) invirtieron prácticamente todos sus ahorros en el mercado de valores. Algunos lo hicieron por su cuenta, pero otros se sirvieron de empresas de inversiones creadas con esta finalidad.

Entre 1927 y 1929, muchos norteamericanos invirtieron sus ahorros en el mercado de valores. Su futuro empezó a depender de los avatares de la Bolsa

Para muchas familias, la inversión de sus ahorros parecía una buena forma de asegurar los estudios de sus hijos en la universidad, o de poder ganar algún dinero con el que abrir más adelante un pequeño o mediano negocio. Fue así como miles de norteamericanos hipotecaron sus vidas y el futuro empezó a depender de los avatares de la Bolsa.

En marzo de 1929, en pleno auge económico, el optimismo era general. El republicano Herbert Hoover fue nombrado presidente y nada hacía presagiar lo que se avecinaba.

Pero, en ese momento, la Reserva federal, temiendo que la época de vacas gordas pudiera llegar a su fin, propuso aumentar en un uno por ciento el tipo de interés y aconsejó a los bancos que la componían que no concediesen créditos para invertir en la Bolsa. Al final, no obstante, la Reserva renunció a mantener esta línea de conducta —uno de sus directores tenía importantes intereses en el mercado de valores y no deseaba perder dinero—.

Sin embargo, la voz de alarma estaba dada. Y seis meses más tarde, en octubre de 1929, comenzó a producirse una venta masiva de activos bursátiles con la intención de invertirlos en otras actividades.

Aunque la situación no era grave, empezó a cundir el pánico. El miércoles 23 de octubre de 1929 salieron a la venta seis millones de acciones a precios cada vez más bajos. Al día siguiente, el famoso “jueves negro”, el número de acciones a la venta se elevó a más de trece millones.

La gente empezó a acudir en masa a los bancos donde habían depositado su dinero para retirarlo. Pero los bancos no podían devolver los depósitos por la sencilla razón de que una buena parte estaba invertida en préstamos o inversiones

Y cinco días más tarde, en el denominado “martes negro”, tras una pérdida de más de 24.000 millones de dólares en una sola semana, se colapsó la Bolsa de Nueva York. El pánico se adueñó de todo el país, provocando un caos sin precedentes.

La gente empezó a acudir en masa a los bancos donde habían depositado su dinero para retirarlo. Pero los bancos no podían devolver los depósitos por la sencilla razón de que una buena parte estaba invertida en préstamos o inversiones. El resultado inmediato fue la quiebra en cadena de un banco tras otro. Muchos empresarios e inversores, arrastrados a la ruina de la noche a la mañana, en su desesperación decidieron suicidarse.

Para algunos analistas, el gobierno pudo haber contenido la situación simplemente con nuevas emisiones de moneda y realizando un llamamiento a la tranquilidad. Pero no lo hizo y, en cuestión de semanas, los impagos y la morosidad se dispararon, provocando el cierre de muchísimas empresas.

Millones de personas condenadas al paro

En Estados Unidos, que había conocido el pleno empleo en 1926, el descenso generalizado de la actividad económica provocó un aumento espectacular del paro en todos los sectores.

Las cifras máximas de parados se alcanzaron en 1933, con más de 12 millones de personas sin empleo (el 25% de la población activa)

Las cifras máximas de parados se alcanzaron en 1933, con más de 12 millones de personas sin empleo (el 25% de la población activa). A medida que pasaba el tiempo, las colas de parados delante de centros de beneficencia en los que recoger un plato de sopa o un trozo de pan fueron creciendo desmesuradamente. No faltaban tampoco los asaltos a establecimientos de comestibles para conseguir alimentos y artículos de primera necesidad.

La desesperación, unida al hambre, poco a poco fue calando en una población condenada al hambre, la inactividad, la indignidad y la miseria. Las escasas posibilidades de encontrar un trabajo llevaron a echarse a la calle a miles y miles de personas, dispuestas a desempeñar cualquier tipo de actividad capaz de proporcionar algún ingreso. El subempleo y la venta ambulante aumentaron por doquier.

Las consecuencias fueron muy importantes, en todos los órdenes: al paro masivo, cierre de empresas y desorden en el comercio internacional, se añadió el fin del liberalismo económico, tal y como había sido concebido en el siglo XIX.

Consecuencias planetarias

El crash de la bolsa de Nueva York no sólo supuso la descapitalización repentina de la industria y las empresas norteamericanas. A partir de ahí, Estados Unidos exportó la crisis al resto del mundo.

¿Cómo? De muchas formas. Por ejemplo, el abaratamiento de los costes de transporte y de los productos en el mercado internacional provocó que a cualquier país extranjero le resultara más barato comprar productos estadounidenses a bajo precio que fabricarlos. Pero, al mismo tiempo, los países que entraban en crisis también bajaban sus precios y ponían en el mercado internacional productos más baratos que los estadounidenses, con lo que la crisis volvió, multiplicada, a Estados Unidos.

En Europa, sobre todo fue en Alemania donde se produjo una hiperinflación más acusada, ante la ausencia de inversión y los altos tipos de interés, que descapitalizaron toda la industria.

Economías que contaban con buenas perspectivas como la argentina, la mexicana o la brasileña se vinieron abajo. Y en Europa, sobre todo fue en Alemania donde se produjo una hiperinflación más acusada, ante la ausencia de inversión y los altos tipos de interés, que descapitalizaron toda la industria.

Hay que tener en cuenta, además, que la inversión en los países devastados por la primera guerra mundial procedía fundamentalmente de Estados Unidos, que se convirtió en el primer acreedor mundial.

Y Estados Unidos también intentó hacer frente a su crisis cobrando los beneficios y las deudas. Este fue otro de los mecanismos de exportación de la crisis, que afectó más violentamente a Alemania que a otros países. Concretamente, el paro llegó a cifras espectaculares en Alemania, con más de 6 millones de desocupados en vísperas de la ascensión de Hitler al poder.

La devaluación de la moneda y las consecuencias socio-políticas

El estallido de la crisis obligó a los gobiernos de todo el mundo a adoptar medidas proteccionistas, como subir los tipos de interés y los aranceles, lo que a su vez terminó por afectar a EE UU en el retorno de la crisis. Se devaluó la moneda en casi todo el mundo.

En 1931 la crisis financiera ya era definitiva, y muy profunda, debido a los efectos acumulados, y se empezaron a tomar medidas para salir de ella. El liberalismo decimonónico fue sustituido por un sistema de economía mixta, con la participación de capital privado y estatal, y los Estados optaron por asumir nuevas políticas de carácter social y laboral.

El liberalismo decimonónico fue sustituido por un sistema de economía mixta, con la participación de capital privado y estatal, y los Estados optaron por asumir nuevas políticas de carácter social y laboral

En Gran Bretaña, el ministro de economía, John M. Keynes (autor de Teoría general del trabajo, el interés y el dinero, publicado en 1936) renuncia definitivamente al patrón oro, ejemplo que siguen la mayoría de los países del mundo. El Estado se hace intervencionista en economía, aumentando el gasto público. Es lo que se denomina, a partir de entonces, el keynesianismo, una doctrina económica que encontrará seguidores en gran parte del mundo.

El aumento del gasto parece la única manera de salir de la crisis y, en 1932, el nuevo presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt decide afrontar la situación con un programa denominado New Deal (Nuevo Reparto), basado en el estímulo del consumo mejorando el poder adquisitivo de la población, la creación de puestos de trabajo mediante un ambicioso programa de obras públicas y el fácil acceso a los créditos. Los resultados fueron desiguales: se logró estabilizar la economía, pero no se consiguió el crecimiento propuesto.

La recuperación de la inflación y de los capitales suele ser muy lenta, y la tendencia no se invirtió hasta 1933, aunque los efectos de la crisis llegaron hasta 1939 y el comienzo de la segunda guerra mundial.

De la noche a la mañana, la clase media se vio aniquilada y arrastrada hacia su proletarización, mientras en la clase obrera se acentuaba la desconfianza hacia los sistemas liberales

Lo peor, sin embargo, no fueron los efectos económicos de la crisis sino los socio-políticos. La desconfianza ante el sistema capitalista radicalizó ideológicamente a las clases más desfavorecidas, pero también a las clases medias, que eran las que peor habían salido paradas con la crisis.

De la noche a la mañana, la clase media se vio aniquilada y arrastrada hacia su proletarización, mientras en la clase obrera se acentuaba la desconfianza hacia los sistemas liberales. Por eso, en esta época, se produce un auge espectacular del comunismo y del fascismo.

La crisis trajo paro, pobreza, exaltación del nacionalismo, desprestigio del sistema democrático y, lo que es peor, en países como Alemania supuso el ascenso del nazismo al poder, con su política exterior agresiva y expansionista. Muchos ojos se volvieron hacia soluciones totalitarias que, en apariencia, prometían asegurar al menos el pan cotidiano.

La crisis trajo paro, pobreza, exaltación del nacionalismo, desprestigio del sistema democrático y, lo que es peor, en países como Alemania supuso el ascenso del nazismo al poder

En 1930, el partido nazi de Hitler pasó a convertirse en la segunda fuerza electoral de Alemania y tres años después alcanzaba el poder absoluto. El régimen nazi, sin ir más lejos, persiguió y encarceló a la mayoría de los dirigentes sindicales del movimiento obrero, y consiguió el pleno empleo a costa del estancamiento de los salarios y de la pérdida de los derechos laborales.

A partir de 1934, el deslizamiento hacia la guerra fue cada vez más pronunciado, con episodios como el frustrado intento de Hitler de anexionarse Austria, el distanciamiento de Mussolini de las potencias democráticas, la creación del Eje Berlín-Roma, la división de demócratas y fascistas en la guerra civil española, o el abandono de la Sociedad de las Naciones por parte de los países totalitarios.

Mientras tanto la URSS, la Italia fascista y la Alemania nazi empezaron a hacer gala de sus apetencias territoriales. Y ahí comenzará otra capítulo de la Historia, el que se abre en 1939, con una nueva guerra mundial que aniquilaría el mundo posterior a la Gran Guerra de 1914-18, dejando tras de si la estela de más de cincuenta millones de muertos y un halo de vergüenza sobre las barbaridades y crueldades que puede ser capaz de volcar un ser humano en contra de otro ser humano.

:: Citas célebres

De los felices años 20 a la gran depresión

“La clase alta, dueña del poder y de la riqueza, no se dio cuenta del peligro que amenazaba el frágil equilibrio de su posición. Los ricos se divertían bailando el charlestón y los nuevos ritmos el jazz, el fox-trot y unas cumbias de negros que eran una maravillosa indecencia. Se renovaron los viajes en barco a Europa, que se habían suspendido durante los cuatro años de guerra y se pusieron de moda otros a Nortameamérica. Llegó la novedad del golf, que reunía a la mejor sociedad para golpear una pelotita con un palo, tal como doscientos años antes hacían los indios en esos mismos lugares. Las damas se ponían collares de perlas falsas hasta las rodillas y sombreros de bacinilla hundidos hasta las cejas, se habían cortado el pelo como hombres y se pintaban como meretrices, habían suprimido el corsé y fumaban pierna arriba. Los caballeros andaban deslumbrados por el invento de los coches norteamericanos, que llegaban al país por la mañana y se vendían el mismo día por la tarde, a pesar de que costaban una pequeña fortuna y no eran más que un estrépito de humo y tuercas sueltas corriendo a velocidad suicida por unos caminos que fueron hechos para los caballos y otras bestias naturales, pero en ningún caso para máquinas de fantasía. En las mesas de juego se jugaban herencias y las riquezas fáciles de la posguerra, destapaban el champán, y llegó la novedad de la cocaína para los más refinados y viciosos.”
→ Isabel Allende. La Casa de los Espíritus.

“Muy pronto, un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la de mi país. Era un asuntillo llamado mercado de valores (…). Si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil, el resto se le dejaba a deber al agente (…). El mercado seguía subiendo y subiendo (…). Lo más sorprendente del mercado en 1929 era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar (…). El fontanero, el carnicero, el hombre del hielo, todos anhelando hacerse ricos arrojaban sus mezquinos salarios —y en muchos casos los ahorros de toda la vida— en Wall Street (…). Un buen día el mercado empezó a vacilar. Algunos de los clientes más nerviosos fueron presa del pánico y empezaron a vender (…); al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores (…) y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio (…). Luego, un día, Wall Street tiró la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada porque para entonces todo el país estaba llorando.”
Groucho Marx. Groucho y yo.

“Edward Stone, importante especulador bursátil, llegó a casa a las seis de la tarde del Jueves Negro. Con los ojos enloquecidos gritó a su hija Edith:
—No podemos conservar nada. No tengo ni un centavo. La Bolsa se ha hundido. Nos hemos quedado sin nada. ¡Nada¡ ¡Voy a matarme¡ Es la única solución. Tendréis el seguro…
Y echó a correr en dirección a la terraza (…). Un paso le separaba de la barandilla cuando Edith logró agarrarle un pie y retorcérselo hasta derribarlo (…). Entonces intervino la esposa, que le abofeteó repetidas veces y, al fin, Edward Stone empezó a reaccionar (…). Todo había pasado en menos de cinco minutos. Comenzaron a llegar los criados, a quienes hubo que decir que se había caído.
Al final, ya más calmado y en su habitación junto a su mujer e hija, logró contar lo ocurrido. Estaban en la más completa miseria. Ese día había perdido más de cinco millones de dólares.
Gordon Thomas. El día en que se hundió la Bolsa.

“Nada hacía presumir en aquella apacible mañana otoñal del jueves 24 de octubre, que pasaría a la historia como una de las fechas negras del siglo, el jueves negro de Wall Street.
La sesión bursátil se inició de forma sostenida, pero en seguida afluyeron grandes cantidades de papel y se hundieron los precios. Los angustiados especuladores arrojaron sus títulos sobre las mesas de contratación. El ticker (teletipo) se retrasó. Los agentes de bolsa exigieron garantías para los títulos a crédito y ante la imposibilidad de obtenerlos, volcaron nuevas remesas de papel sobre la bolsa, ocasionando nuevas bajadas. Y así ola tras ola, levantando una tempestad más fuerte e incontrolable.
En la calle se originaron tumultos entre especuladores y curiosos que se arremolinaban en Wall Street. La policía tomó medidas. Entre los corrillos circuló el rumor de que once especuladores arruinados se habían suicidado. A las 12:30, para controlar el follón, se ordenó desalojar las dependencias de la bolsa reservadas al público. Uno de los que salió a la calle fue Winston Churchill, que pocos meses antes había abandonado el Ministerio de Hacienda británico.
Churchill se admira del “orden y la calma sorprendentes” que, dada la gravísima situación, mantenían los especuladores que estaban allí (…) ofreciéndose unos a otros paquetes enormes de acciones a un tercio de sus antiguos precios y a la mitad de su valor actual y sin encontrar durante muchos minutos a nadie lo bastante fuerte como para recoger las fortunas que se veían obligados a ofrecer”. Churchill, que llevaba tres meses en América dando conferencias y visitando amigos, había obtenido unas ganancias de unas 5.000 libras jugando a la bolsa. Debió perderlo todo en el crack, pero jamás lo hizo público.”
David Solar. El crack. Historia Universal del siglo XX.

“Y entonces los desposeídos fueron empujados hacia el oeste (…). Carretadas, caravanas, sin hogar y hambrientos, veinte mil, cincuenta mil y doscientos mil (…). Corriendo a encontrar algún trabajo para hacer —levantar, empujar, tirar, recoger, cortar— cualquier cosa, cualquier carga con tal de comer. Los críos tienen hambre. No tenemos dónde vivir. Como hormigas corriendo en busca de trabajo y, sobre todo, de tierra (…).
Los hombres, que han creado nuevas frutas en el mundo, son incapaces de crear un sistema gracias al cual se pueda comer. Y este fracaso cae sobre el Estado como una gran catástrofe (…). Y en los ojos de la gente hay una expresión de fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira que va creciendo. En sus almas las uvas de la ira van desarrollándose y creciendo y algún día llegará la vendimia.”
John Steinbeck. Las uvas de la ira.

“El verano de 1932 fue probablemente el punto más bajo de la depresión. Todo era muy sencillo: nadie tenía dinero. El que sería el último gobierno republicano en el curso de dos décadas estaba a punto de recibir el finiquito, sin ideas, y para nosotros como si dijéramos en el cubo de la basura, falto incluso de la retórica de la esperanza. Los recuerdos que tengo de aquel año (…) Me configuraban una ciudad fantasma que poco a poco se iba cubriendo de polvo, manzana tras manzana, cada vez con más rótulos de SE TRASPASA en sucios escaparates de tiendas y talleres abiertos muchos años antes y en la actualidad cerrados. Fue también el año de las colas en las panaderias, de hombres sanos y robustos que formaban en batallones de seis y ocho en fondo a lo largo del muro de algún almacén, en espera de que este o aquel organismo municipal improvisado, o el Ejército de Salvación o cualquier iglesia, les diese un tazón de caldo o un panecillo.”
Arthur Miller. Vueltas al tiempo.

“La nación entró vacilante al segundo invierno de la depresión y el desempleo comenzó a volverse una forma de vida (…). Pero el frío era terrible en las viviendas sin calefacción, en las posadas que olían a sudor y desinfectantes, en los parques, en los furgones vacíos y a lo largo de los muelles. Sin dinero para el alquiler, los hombres sin trabajo y todas sus familias comenzaron a levantar barracas donde encontraban tierra desocupada. A lo largo de los terraplenes de los ferrocarriles, al lado de los incineradores de desperdicios, en los basureros de las ciudades, aparecieron poblados de cartón embreado y hojalata, cajas viejas de empaque y carrocerías de automóvil inservibles. Algunas barracas eran ordenadas y limpias: por lo menos la limpieza era gratuita; pero otras eran de una sordidez que desafiaba toda descripción, con los olores de la pobreza y de la rendición. Símbolos de la Nueva Era, esas comunidades recibieron muy pronto un nombre sardónico: se las llamó Villas Hoover, y de hecho en muchos casos solo los afortunados podían encontrar refugio en ellas. Los infortunados pasaban las noches amontonados ante las puertas, en cajas de empaque vacías o en furgones. En las filas de pan y en las cocinas populares, muchas horas de espera traían una escudilla de papilla a menudo sin leche o sin azúcar y una taza de hojalata con café. (…) Ese segundo invierno vio a los habitantes de Chicago que escarbaban con palos y con las manos los montones de basura cuando se alejaban los camiones del servicio de limpieza.”
Arthur M. Schlesinger, Jr. La crisis del orden antiguo 1919-1933.

“Para aquellos de nosotros que vivimos los años de la Gran Depresión, todavía resulta incomprensible que la ortodoxia del mercado libre, tan patentemente desacreditada entonces, haya podido presidir nuevamente un período general de depresión a finales de los ochenta y principios de los noventa, en el que se ha demostrado igualmente incapaz de aportar soluciones. Este extraño fenómeno debe servir para recordarnos un gran hecho histórico que ilustra: la increíble falta de memoria de los teóricos y prácticos de la economía. Es también una clara ilustración de la necesidad que la sociedad tiene de los historiadores, que son los “recordadores” profesionales de lo que sus ciudadanos desean olvidar.”
E. Hobsbawm. Historia del siglo XX.

→ La película Tiempos modernos, escrita, dirigida y protagonizada por Charles Chaplin, constituye un retrato de las condiciones desesperadas de empleo que la clase obrera tuvo que soportar en la época de la Gran Depresión.

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