
El Museo londinense ‘Ripley, aunque usted no lo crea’, un museo de reciente factura situado en Picadilly Circus, exhibe tres cabezas humanas reducidas por los indios jíbaros de Ecuador, como algunas de las piezas insólitas que integran su colección. Pero lo insólito no es que estén entre sus paredes; los trofeos de los cazadores de cabezas humanas se han colado desde hace tiempo en subastas, colecciones particulares y en museos mucho más convencionales, como es el caso del Museo del Banco Central de Quito que conserva varios ejemplares o el Museo de los Dominicos de León, cerrado hace unos años, que también mostraba una cabeza reducida. Lo insólito, en realidad, es la técnica que empleaban los guerreros de esta etnia amazónica para reducir las cabezas de los enemigos muertos en combate. Reducir una cabeza humana hasta conseguir que su tamaño sea menor que el de un puño requiere un complicado proceso que aún mantiene vivo el misterio.
En vías de extinción
Más allá del cliché y la mala reputación de la que gozan estos indígenas, recreados en el cine de aventuras y el cómic como siniestros cocineros entorno a una gran olla, existe otra realidad.
Practican la poligamia y los rituales mágicos, y acceden al mundo invisible de sus antepasados y los espíritus de la selva amazónica a través de la ayahuasca
Es la de un pueblo animista que ya no realiza esta práctica —quizá por las severas leyes peruanas y ecuatorianas que recaen sobre quién las realice— pero que intenta salvaguardar su cultura y se aferra a su pasado. Tal como señaló hace unos años el documentalista francés Yves de Peretti en un periódico de Quito a propósito del documental que realizó sobre los shuar, conocidos en Europa como los jíbaros, el interés de este pueblo reside en su forma de vida: “Yo sabía que no lo practicaban ahora pero me interesaba conocer a quienes se responsabilizaba de tal acto de barbarie”, afirmó. Su documental, que no tiene un carácter etnológico, ‘Yo soy, tu eres; o la invención de los jíbaros’ rompe el mito de la reducción de cabezas e intenta acercarse a este pueblo en vías de extinción.
Desde una perspectiva científica, el antropólogo Joseph María Fericgla, que convivió durante años con este mismo pueblo, destaca en su libro ‘Los jíbaros, cazadores de sueños’, la importancia de la ayahuasca, —una planta psicoactiva— en su cultura y mentalidad. La magia es parte de su vida cotidiana.

Los shuar, los jíbaros, viven en la selva ecuatoriana del Alto Amazonas en estado primitivo. Es un pueblo receloso con la cultura occidental, formado en la actualidad por no más de 20.000 individuos. Practican la poligamia y los rituales mágicos, y acceden al mundo invisible de sus antepasados y los espíritus de la selva amazónica a través de la ayahuasca.
Suelen vivir en pequeños poblados, cada vez más en el interior de la selva, liderados por un jefe y agrupados en una casa grande, dividida en dos secciones: una para las mujeres y otra para los hombres.
A pesar de asistir a la agonía de su sociedad, los shuar mantienen su fervor guerrero del que se enorgullecen, capaces de luchar a muerte contra miembros de su propio clan para conservar su condición guerrera. De hecho, el líder del grupo se elige en función del número de cabezas humanas reducidas que cuelgue del cuello en las fiestas tradicionales. Los trofeos exhibidos engrandecen su espíritu y el alma del muerto encerrada en la cabeza se desvanece para siempre y así nunca podrá vengar su crimen.
Práctica mágica
Para encerrar el alma en la propia cabeza, y reducirla, los jíbaros empleaban seis días. El proceso de esta práctica tan insólita como increíble era muy complejo y debía hacerse siguiendo los rituales mágicos, cargados de conjuros y fórmulas. Como nada puede retener al muerto en la tierra, como precaución se cosían los párpados para que nunca más pudiera ver y su piel se teñía de negro, para hundir su conciencia en la oscuridad. Previamente le extirpaban los huesos del cráneo y los dientes y los ojos se ofrecían a las anacondas de los ríos. Después pelaban la cabeza recién cortada, la condimentaban con una extraña pócima —de fórmula desconocida— y la introducían en agua hirviendo en un caldero. Esta operación continuaba con una incisión vertical en la parte superior de la cabeza por la que se extraía el contenido. El paso final consistía en cubrirla con un manto de tierra y piedras calientes. Al cabo de un tiempo, la calavera presentaba una réplica del rostro del enemigo del tamaño de un puño. Se amortajaba la cabeza yacente —tsantsa— con una tela y quedaba guardada en una vasija de barro.

El secreto de esta práctica es un privilegio al que sólo tienen acceso unos pocos; los guerreros que aún forman parte de la tribu. Nadie, hasta ahora, ha conseguido desvelar los ingredientes del brebaje.
:: Otros rituales mágicos
Los jíbaros no son el único pueblo aficionado a la decapitación y a los rituales sangrientos, sobre todo con el enemigo. Por ejemplo el que los aztecas destinaban a sus prisioneros —españoles e indígenas aliados de Hernán Cortés— era macabro. Los sacerdotes emplumaban el cuerpo del cautivo y le obligaban a bailar ante los dioses. Más tarde le arrancaban el corazón en el altar y empujaban el cadáver por una escalinata. Finalmente le cortaban las extremidades y las cocinaban.
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