
El escritor Bernardo Atxaga acaba de pasar diez meses en Nevada, Estados Unidos, y allí ha encontrado la tranquilidad necesaria para terminar casi su nueva novela, Siete casas en Francia, una obra que refleja el lado monstruoso del ser humano, pero escrita “en tono cómico y grotesco”.
“Esta novela no tiene nada que ver con lo que he escrito hasta ahora en prosa, ni con Obaba“, ese territorio imaginario que durante años le ha servido para novelar el pasado y presente del País Vasco, afirma Atxaga en una entrevista en la que habla de su nuevo libro y de “la experiencia impresionante” que le ha supuesto su estancia en “el lejano Oeste”.
Acompañado por su familia, se fue hace un año a Estados Unidos, gracias a la beca William Douglass que da la Universidad de Reno. Su “única obligación” era seguir escribiendo lo que ya tenía entre manos, y así lo hacía cada día en “un pequeño despacho, sin ventanas, dentro de la biblioteca”.
La novela está ambientada en el Congo, en los primeros años del siglo XX, cuando esa parte de África era propiedad privada de Leopoldo II, rey de los belgas.
En Nevada pudo comprobar la diferencia que hay entre la realidad y “la imagen que todos tenemos de esa parte del mundo, de los vaqueros y de los indios”, añade Atxaga. Los vaqueros “han evolucionado hacia una forma de ‘camp’, y mucha gente vive en ese registro”, comenta Atxaga, que en estos meses ha podido “hablar con navajos y apaches” y con “los vascos que hay por allá”, dado que es una zona a la que emigraron muchos paisanos suyos. Su mujer, la escritora Asun Garikano, ha hecho una antología de textos de la emigración vasca, y entre ellos “hay historias estremecedoras”.
Diez meses, también, en los que ha “cambiado por completo” su percepción espacial, “al ver los ranchos solitarios perdidos en el desierto. Qué bien se adapta aquella gente a la soledad”, dice con añoranza. Las universidades americanas “son un poco como monasterios”, y en la de Reno consiguió sacar adelante su nueva novela, que espera terminar “dentro de un mes”. La publicará Alfaguara la próxima primavera.
La novela lleva por subtítulo Historia de amor de Crisostome, y está ambientada en el Congo, en los primeros años del siglo XX, cuando esa parte de África era propiedad privada de Leopoldo II, rey de los belgas.
Siete casas en Francia (no tiene “nada que ver” con la novela que prepara Mario Vargas Llosa sobre esa época) está protagonizada por soldados belgas destacados en el Río Congo, uno de los cuales es “un oficial que recibe constantemente cartas de su familia para que siga quedándose en África, ganando el dinero que necesita para comprarse su séptima casa”.
Al escritor le interesa esa época del Congo desde que leyó hace años Escritos políticos, de Mark Twain, que hablaba del rey Leopoldo, “la peor alimaña que haya podido existir”.
El fondo de su nueva novela “es monstruoso”, pero está escrita “en tono frívolo”, a medio camino “entre lo absurdo, lo siniestro y lo convencional”, comenta Atxaga, para mencionar su obra Lección sobre el avestruz, “próxima al humor absurdo”, como el único precedente del libro en el que trabaja.
Al escritor le interesa esa época del Congo desde que leyó hace años Escritos políticos, de Mark Twain
La maldad del ser humano la ha podido comprobar recientemente en Estados Unidos. A cincuenta metros de su casa “hubo una violación con secuestro y asesinato”. “Se generó una especie de estado de excepción en la ciudad y los periódicos publicaban listas con los nombres de violadores. En el barrio donde nosotros vivíamos, muy tranquilo, resulta que había 82 violadores censados”, recuerda Atxaga, cuya novela El hijo del acordeonista ha recibido este año en Italia los premios Mondello y el Grinzane Cavour; se ha publicado en Gran Bretaña “con muy buenas críticas” y saldrá pronto en Estados Unidos.
Atxaga ha trasladado a la novela, historias de militares que conoce desde hace años, como la que le contó un amigo de su padre, que “había estado en Sidi Ifni de ayudante de un oficial”. “Su cometido era traer una vez a la semana a una muchacha virgen y tenerla preparada para su capitán, quien, después de violar a la chica de turno, escribía una carta de amor a su mujer”.
Como en esa historia, el capitán de su nueva novela “se pasa el día intentando hacer poemas, mientras comete atrocidades”, señala Atxaga, que ya ha escrito en alguna ocasión sobre la relación entre la poesía y el crimen.
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