
Este martes —28 de octubre— el mundo editorial cumplió un acto de justicia con el talento inagotable de Miguel Delibes, el último gran maestro que le queda a las letras españolas.
Se ha reeditado El hereje, que es también, según propia confesión, su última novela. No ha sido un acto baladí en un tiempo en el que el libro es más un negocio que un vehículo de cultura, y en el que cualquier futilidad sin peso argumental ni calidad literaria es encumbrada al Olimpo de obra maestra gracias al talento de los publicistas y al olfato mercader de los editores.
El hereje se publicó hace ahora diez años, y recrea la historia de un grupo de cristianos protestantes en la muy católica España de la segunda mitad del siglo XVI. Como toda obra tiene una trastienda que marca su génesis y desarrollo.
El hereje nace en una tertulia, cuando un amigo le enseña un capítulo de la Historia de los heterodoxos españoles de Marcelino Menéndez Pelayo dedicado al foco luterano que se creó en Valladolid
El propio Delibes ha explicado que El hereje nace en una tertulia, cuando un amigo le enseña un capítulo de la Historia de los heterodoxos españoles de Marcelino Menéndez Pelayo dedicado al foco luterano que se creó en Valladolid. Un clásico que para crear una obra literaria bebe de otro gigante. ¡Qué lejos de la mediocridad de los best sellers!
En El hereje Delibes retoma la historia de un perdedor inmerso en la búsqueda honesta de su destino. Esta es una de las constantes de su obra. En efecto, en la lucha de Cipriano Salcedo laten otros insignes vapuleados por el destino del universo ‘delibeano’. Aquí resuenan los ecos de Cecilio Rubes y su consentido hijo Sisí, del psiquiátrico Pacífico Pérez recordando las guerras de nuestros antepasados, del ingenuo Gervasio García, que pasó media vida buscando su madera de héroe y acabó descubriendo que era un cobarde patológico.
Por las páginas de la última novela de Delibes están sembrados los pasos de las primeras, como la nostalgia enfermiza de Daniel el Mochuelo, condenado a abandonar su aldea para irse a la ciudad donde sabe que perderá su identidad y el camino vital recorrido hasta ese momento, o el cadáver de Mario, a quien su viuda atormenta durante cinco horas con reconvenciones que demuestran que nunca entendió su altura moral. Recordamos a perdedores como el manso Paco el bajo y su cuñado Azarías, ambos pisoteados por la prepotencia estúpida de un terrateniente encanallado.
Delibes escribió el manuscrito original en papel pautado de desecho de El Norte de Castilla, el periódico donde trabajó durante más de veinte años, del que llegó a ser director y desde el que impartió lecciones de grandeza ética, de periodismo y de literatura a partes iguales.

De esos años le viene su compromiso ético con la tierra castellana, olvidada por una dictadura que acaba represaliándolo, molesta con su denuncia insobornable. Y aquí surge otra de las señas de identidad del carácter de este maestro.
Es uno de los pocos opositores abiertos al régimen franquista, y es uno de los pocos que, pasada ya aquella etapa negra de nuestra historia, no se han puesto medallas a pesar de que podría hacerlo con toda justicia. También en esto ha remado contra corriente de tanto arribista.
Delibes escribió el manuscrito original en papel pautado de desecho de El Norte de Castilla, el periódico donde trabajó durante más de veinte años
Todo esto y mucho más se encierra en un hombre de 88 años que se ha pasado toda la vida demostrando que un artista lo es en cualquier cosa que haga, pero sobre todo, ha mostrado que para ser un escritor de verdad es imprescindible ser auténtico. Delibes ha sido tan original que ni siquiera aprendió a escribir leyendo literatura, sino en el curso de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues.
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