
Por Manuel Barrios Casares · El Cultural. Hace bien José Antonio Marina (Toledo, 1939) en aprestarse a captar la benevolencia del lector exigente cuando, ya desde la primera línea de su nuevo libro, avisa de lo ina-barcable del tema que pretende abordar. El poder, su origen y fundamentos, sus formas y estrategias, las variadas dramaturgias que despliega y los múltiples modos de concebirlo, ejercerlo o cuestionarlo constituyen un territorio tan vasto y laberíntico, que lo sensato parece renunciar de entrada a trazar una cartografía completa del mismo y contentarse con acotar debidamente alguna de sus parcelas más significativas.
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TÍTULO. La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación
AUTOR. José Antonio Marina
EDITORIAL. Anagrama. Barcelona, 2008. 232 páginas, 17 €
El orbe ético es una ficción necesaria de la inteligencia humana. No cabe legitimación del poder si no es desde una ficción constituyente, aquélla por la cual los humanos dotamos a nuestra naturaleza de una dignidad que se convierte en fundamento de derechos. Esta es una reformulación débil del “derecho natural”, desprovisto ahora de su impronta teológica
Y, sin embargo, en lugar de estrechar su horizonte temático, el texto de Marina se muestra ambicioso. Quiere intentar aprehender este fenómeno en su extensa gama de manifestaciones. Por eso comienza advirtiendo del error habitual consistente en reducir el poder al poder político. También hay poder en las relaciones amorosas y en las laborales, en la religión o en la familia. Es preciso asomarse a toda esa microfísica del poder cotidiano, preguntarse cómo se constituyen la personalidad autoritaria y la sometida, analizar la dominación desde el otro punto de vista, el del dominado, examinar las patologías de la dependencia, recorrer toda la esfera de sentimientos que moviliza el poder -del temor a la fascinación, de la rebeldía al sadismo- considerar las transiciones del poder personal al poder social y político. Pero, ¿cómo dar cuenta de un panorama tan amplio?
Para salir airoso del envite, Marina recurre a la fórmula que tan exitosa se le ha revelado en obras anteriores, ya sea hablando de la voluntad o de los sentimientos, del lenguaje o la razón, de Dios o la sexualidad: un hábil picoteo teórico por autores y temas, combinado con el comentario de datos relevantes tomados del estudio de casos y sugestivas anécdotas, donde las aportaciones de la psicología son las que mejor conoce y aprovecha. Recogiendo ideas esbozadas en otros libros suyos como La lucha por la dignidad, Los sueños de la razón o Anatomía del miedo, Marina adopta así en muchos capítulos una estrategia de exposición impresionista, que con formulaciones breves, cargadas de intención, transmite un repertorio básico de los diferentes aspectos del tema abordado. Este procedimiento permite una lectura grata y fluida del texto, alejado de toda pesadez doctoral. Pero también comporta sus riesgos. A veces, la manera en que Marina pasa por la obra de grandes pensadores es tan fugaz, que su loable propósito de condensar con claridad las ideas de éstos las atrapa en formulaciones equívocas, cuando no evita un contraste de pareceres que, como en el caso de Foucault o Bourdieu, tan conveniente resultaría para quien, como él, suele apelar al sujeto como a una instancia última o núcleo autorreferencial a partir del cual se origina el poder.
Por otra parte, no siempre se hace fácilmente identificable el hilo argumental en unos primeros capítulos que desarrollan un inventario tan exhaustivo de las figuraciones del poder. Allí mismo, sin embargo, agazapado entre el recuento de las pasiones e implicaciones psicológicas que suscita la liturgia de la dominación, hay un epígrafe esencial para la articulación del libro. El estudio del poder, nos dice entonces Marina, es una travesía desde la biología hasta la ética que pasa por tres fases: primero, la inteligencia humana potencia sin freno todos los deseos, también el de poder; luego, los mecanismos de dominación se van haciendo más simbólicos, pasando de la imposición a la seducción. Finalmente, surge la necesidad de legitimar el poder. Con Maquiavelo como genio inspirador, el autor anuncia en el capítulo octavo su tesis más escandalosa, también la más remarcable, que despliega de modo eficaz en la conclusión del libro: el orbe ético es una ficción necesaria de la inteligencia humana. No cabe legitimación del poder si no es desde una ficción constituyente, aquélla por la cual los humanos dotamos a nuestra naturaleza de una dignidad que se convierte en fundamento de derechos. Esta es una reformulación débil del “derecho natural”, desprovisto ahora de su impronta teológica, y remitido a la luz que emana de nuestra “segunda naturaleza”.
Un libro, pues, que, bajo la apariencia de un paseo distraído por los vericuetos del poder, se adentra en su núcleo; un libro que, en algunos momentos, da la sensación de haber quedado atrapado en el laberinto, pero que acierta al final a divisar su salida. Un libro, literalmente, de éxito.
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