Anagrama acaba de publicar recientemente en su colección Compactos, uno de los títulos más polémicos del año. Tratado de ateología, del siempre didáctico Michel Onfray, nos acerca a los males de la religión para defender fervientemente una “ateología” ética e impulsora de la convivencia.
“El concepto de Dios fue inventado como antítesis de la vida: concentra en sí (…) todo el odio contra la vida”. De esta premisa, firmada por otro ilustre ateo: Nietzsche, nace y crece la obra de Onfray. De hecho, puede observarse cómo ésta se convierte en una extensión lógica de la del alemán, eso sí, menos poética y mucho más académica. Porque ese es uno de los grandes aciertos de Onfray, no argumenta nada sin aportar algún dato concluyente o revelador. La intención última del autor, y no tratará de ocultarla, es derrumbar los teóricos beneficios de la religión y aprender de esa opción definida por una negación: el ateísmo.
A lo largo de sus amenas páginas desecha esa identificación entre nihilismo y ateísmo que en nada ha beneficiado al nuevo ateo postcristiano. La única solución viable, según el autor, al estado actual del mundo, más inmerso en lo religioso de lo que aparenta. Un estado que sólo puede traer calamidades, ahí están para demostrarlo los muchos sucesos relacionados con el terrorismo islámico, la presencia de la religión en las decisiones políticas y bélicas o la prohibición de los anticonceptivos en países con alto índice de VIH, acciones todas ellas anti-vitales y de graves consecuencias. Onfray lo tiene claro, hay que desechar los tres grandes monoteísmos.
El Tratado de ateología no es un tratado al uso, tampoco un manifiesto ni nada similar, se aproxima más bien a un libro de texto preuniversitario que confirma las bases de un ateo en ciernes y provocará un enfado mayúsculo en el individuo religioso, aunque muy probablemente éste no se acerque nunca a su lectura.
La intención última del autor, y no tratará de ocultarla, es derrumbar los teóricos beneficios de la religión y aprender de esa opción definida por una negación: el ateísmo.
Uno suele leer lo que confirma sus creencias, políticas o arreligiosas.
De todos modos, lo que me parece más preocupante del texto de Onfray es la ausencia de un nombre: Bertrand Russel. Pese a contar con una inmensa bibliografía sobre el tema, no menciona nunca a Russel ni una obra suya esencial: ¿Por qué no soy cristiano? Éste compendio de artículos del filósofo británico guarda muchas claves que le hubieran servido para consolidar alguna de sus tesis. Eso hace que su ausencia llame la atención. Sería como hablar de la historia del rock y no citar a los Beatles o los Rolling Stones. Algo incompleto, vaya, quizá por evidente. Sea como fuere, sí que es cierto que falta una fuerte base filosófica anti-teológica. Es como si la diera por hecho el autor. Un craso error para quien se mueve en un campo minado como éste. Onfray se conforma entonces con enunciar los males obvios que ha causado la religión como eje sólido de su argumentación. A saber, su servicio a la “pulsión de muerte”, su odio a la inteligencia y su menosprecio a la mujer.
El estilo con todo ello será contundente, sin grandes alardes estilísticos, aportando mucha información, ofreciendo dirección y alguna que otra solución en tiempos como los que vivimos que oscilan entre el nihilismo sin respuestas y la convicción religiosa como vía poco fecunda para la práctica diaria.
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