Libros: LA VIDA EN PALABRAS

UNA ENTREVISTA CON ANTONIO PEREIRA

Los ‘meteoros’ poéticos del mago del relato

Peatóm | Eloísa Otero | 19·07·2008 | 06:00 |
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Antonio Pereira

RGM. El poeta villafranquino Antonio Pereira, el pasado miércoles, en su casa de León

Autor de culto, mago del relato, divertidísimo y pícaro, conversador inigualable, elegante, generoso y galante, todo un seductor con la palabra y aún más con su simpatía… Con el poeta Antonio Pereira (Villafranca del Bierzo, 1923), uno de los grandes cuentistas del noroeste español, las horas pasan sin darse cuenta, entre risas y anécdotas que dan muestra de una vida plena, marcada por la poesía y el amor al lenguaje sencillo de las gentes, al lenguaje capaz de tocar el corazón.

Cuenta que empezó a escribir para conquistar a las chicas de su pueblo “y a las forasteras que llegaban a pasar el verano”. Pero la escritura le caló hondo y, aunque no haya sido autor prolífico, le ha acompañado desde siempre. El humor le sale de dentro, brota natural, y él lo cultiva como un tesoro. “¿Cómo crees que se puede vivir en un mundo tan absurdo como éste y tan lleno de penas, sino es con la ironía y el humor? Son armas para sobrevivir, para no pedir la eutanasia a voces”, dice.

“¿Cómo crees que se puede vivir en un mundo tan absurdo como éste y tan lleno de penas, sino es con la ironía y el humor? Son armas para sobrevivir, para no pedir la eutanasia a voces”

Su huerto más íntimo es la poesía. Para Pereira, más que conocimiento o comunicación, el poema es “una tregua de consolación, que encaja en aquel concepto de Gómez de la Serna cuando habla de un hiperespacio que Dios nos concede para que no sean tan sórdidas las ocho de la tarde”. Incluso considera poesía sus cuentos breves.

“El cuento literario tiene mucha afinidad con el poema y, además, en mi poesía —soy devoto del Romancero— no es difícil encontrar ingredientes narrativos. Por otra parte, la disciplina del verso me ha proporcionado recursos impagables para el relato: economía verbal, renuncia a los meandros y digresiones, poder de sugerencia de las palabras…”.

No le gusta mucho que le traduzcan. Pero Cuentos de la Cábila ya está en gallego y en polaco. Y Las ciudades de Poniente en francés. También sus versos se han vertido al sueco, al inglés, al noruego, en distintas antologías.

Ahora, la editorial Calambur ha reunido su obra poética en un hermoso volumen de 364 páginas, titulado Meteoros, que recoge los libros publicados entre 1962 y 2006, revisados por el autor.

Catálogos de electrodomésticos como libros de Adonais

Cuentan que Pereira, hombre ingenioso y audaz, fue el primero en utilizar los hologramas, hace más de 40 años, para hacer publicidad de su negocio de electrodomésticos, que se anunciaba con unos llaveritos que llevaban dibujos en dos dimensiones. Él dice que es posible, aunque no lo recuerda. “Pero sí recuerdo que hacía unos catálogos para la firma con la que trabajaba que circulaban por toda España y que, casi sin darme cuenta, fueron evolucionando en el formato hasta parecerse a libros de poesía de la colección Adonais”.

Porque al final, este escritor genuino y entrañable lo que ha hecho siempre es poesía, incluso con la prosa de sus cuentos y relatos, incluso con la publicidad de su negocio.

Porque al final, este escritor genuino y entrañable lo que ha hecho siempre es poesía, incluso con la prosa de sus cuentos y relatos, incluso con la publicidad de su negocio

“Una vez, cuando abrimos unas nuevas instalaciones en la actual Gran Vía de San Marcos, yo organicé una convención comercial, una cosa inusual en aquellos tiempos, a la que vinieron viajantes y fabricantes importantes del ramo. Tuvimos una cena en el Aero-Club, y a los postres, ¿quién creéis que hizo el discurso, la semblanza, del inventor de todo aquello? Un cura con la sotana pulcra, desde luego, pero sin grandes presunciones, que era Don Antonio González de Lama. Ya eso fue una anormalidad ¿no? para aquellos señores que habían venido de Barcelona y de otras provincias. Ahora, lo del negocio me aportó muchas experiencias, sobre todo en mi época de viajante, cuando iba yo por los pueblos… de todo eso he aprendido mucho, y todo eso está también en mi literatura”.

Lazarillo de Borges en Buenos Aires

Luego llegarían otros viajes, al margen de los negocios. Como el que le llevó a Buenos Aires, y le convirtió en lazarillo ocasional de su admirado Jorge Luis Borges.

“Sí, aquel encuentro fue muy bonito. En el negocio, como no tuve afán acumulativo y creo que traté bien a mi gente… y lo que me sobraba nunca tuve interés en guardarlo, pues hice muchos viajes, interesantes en razón de la literatura. Porque a todo esto, mientras yo vendía al por mayor grandes cantidades de bombillas y de aquellas pilas Tudor y todas aquellas cosas, lo mío era la literatura. De modo que yo venía del trabajo, cansado, claro, y un poco lleno de las prosas del negocio, pero llegaba a casa, me encerraba y escribía”.

Pereira admiraba muchísimo a Borges. Y decidió ir a Buenos Aires con su mujer, Úrsula, para conocerle. Y llegaron justo cuando le acababan de dar a Borges el Premio Cervantes, ex aequo con Gerardo Diego, “una tontería repartir ese premio, un error completo”. Antes le había escrito desde España: “Maestro Borges, voy a Buenos Aires, y me gustaría, si usted tiene un momento, que pudiera recibirme. Procuraré ser breve y no darle la lata, es un deseo que tengo, conocerle….”. No hubo respuesta. Pero cuando llegó le llamó por teléfono, y Borges le respondió encantado: “Sí, venga cuando quiera, he recibido su carta…”.

“Llegamos a la casa de Borges en la calle Maipú, y ahí estaba el ciego genial que justamente acababa de recibir la noticia del premio Cervantes. La asistenta le acababa de leer un telegrama con la noticia del premio, y el decía: “Está firmado por tres personas, Juan, Carlos, Sofía… ¿Y quiénes son éstos?”

“Llegamos a la casa de Borges en la calle Maipú, y ahí estaba el ciego genial que justamente acababa de recibir la noticia del premio Cervantes. La asistenta le acababa de leer un telegrama con la noticia del premio, y el decía: “Está firmado por tres personas, Juan, Carlos, Sofía… ¿Y quiénes son éstos?”. Pero lo que le tenía horrorizado —vivía en un piso muy modesto, y por cierto, puesto con muy poco gusto— es que también le habían mandado un mensaje de Espasa Calpe, diciéndole que, como sabían que era muy amigo de diccionarios y bibliotecas, le iban a enviar el Espasa completo. Y estaba horrorizado… “¡Pero dónde meto yo eso!”, repetía”.

Recuerda Pereira que charlaron largamente aquella tarde, de literatura y de muchas cosas, “y curiosamente observamos Úrsula y yo que no quería que nos marcháramos”. En aquella época Borges se encontraba en una situación crítica en Buenos Aires, en plena dictadura, “porque mucha gente estimaba que no se mojaba suficientemente frente a la represión, de la que entonces no se podía hablar, pero ya se sabía lo de los desaparecidos y todas esas cosas. Las mujeres son más vehementes, y Ursula, mi mujer, le dijo: Con todo lo que está pasando, yo creo que usted, siendo quién es, debiera mojarse, porque usted puede…“.

Nos preguntó si habíamos visto algo raro, al entrar, subiendo por las escaleras. Y efectivamente, habíamos visto que en las escaleras había cruces gamadas que le habían pintarrajeado ahí

No, no. Está usted equivocada. Aquí no puede nadie. Yo ya lo intenté, pero no se puede…”, insistía Borges, que por lo que fuera estaba un poco atemorizado. Nos preguntó si habíamos visto algo raro, al entrar, subiendo por las escaleras. Y efectivamente, habíamos visto que en las escaleras había cruces gamadas que le habían pintarrajeado ahí. Y entonces, súbitamente, nos dijo: “Ustedes me harían el favor de acompañarme, que tengo muchas ganas de salir a la calle. ¿Me acompañarían?”. Encantados, es un honor, le respondimos”.

“Rápidamente Borges se puso la chaqueta, eligió un bastón chino —tenía una gran colección de bastones—, y salimos a la calle. Como suele pasar en estos casos, todos sus temores ocurrieron pero al revés. La gente le saludaba con veneración y entusiasmo, además estaba en el aire la noticia del Premio Cervantes que acaba de recibir, se acercaban a darle la mano. Y él estaba muy contento, porque debí de parecerle un mozo musculoso, digamos, y sobre todo porque yo tenía una voz fuerte, y él pensó que yo era un escolta estupendo”, rememora Pereira.

Pero Borges no hacía más que preguntarle: “Y ese Gerardo Diego, ¿cuántos años tiene? ¿Y qué libros ha publicado que valgan la pena?”. Y Pereira le contó, y le recitó algunos sonetos: “También la piedra si hay estrellas vuela, / sobre la noche biselada y fría, / creced, mellizos, lirios y osadía, / creced, pujad, torres de Compostela…”.

“Y él me miraba y decía: “Mire, Pereira, sí, es bonito… pero eso de los mellizos y los lirios… no sé, no sé…”. Era la primera vez que Borges salía a la calle después de haber sido operado de próstata, estaba convaleciente. Y fuimos a sentarnos en una confitería típica de Buenos Aires. Luego le devolvimos a su casa, y nos vimos alguna otra vez. Y cuando vino a España a recoger el Cervantes estuvimos juntos en el Palacio Real” (y enseña Pereira una foto con Borges, sobre la estantería, de aquel día).

La vida de Antonio Pereira está llena de anécdotas verdaderamente curiosas. Sobre todo por cómo las cuenta él, siempre tan divertido de viva voz, con su retranca y su dulce acento del Bierzo.

Se quedaron varios días con Lédo Ivo, no vieron ninguna serpiente, pero de ahí salió un cuento, Los ojos luminosos, que se publicó en El País, al verano siguiente

“En Brasil conocí a un poeta extraordinario, Lédo Ivo, alguien me había dado su dirección en Río de Janeiro, me recibió muy bien, aunque un poco cauteloso. Pero nos vimos, hablamos, hicimos amistad y al final nos invitó a su hacienda en el Mato, a Úrsula y a mí, a una finca impresionante. Allí todo es inmenso, los árboles son altísimos, las hormigas tienen un dedo de largo… y me fastidió un poco, porque estuvimos de paseo, charlamos mucho, mucho, y al llevarnos a la habitación, nos dijo: bueno, ahí está el cuarto de baño, aquí tienen de todo, y en este armarito está el antídoto contra el veneno de las serpientes, que hay que dárselo rápido y avisar que venga un helicóptero…”.

Se quedaron varios días con Lédo Ivo, no vieron ninguna serpiente, pero de ahí salió un cuento, Los ojos luminosos, que se publicó en El País, al verano siguiente. “Hicimos una amistad grande. Y a quien le produce auténtico entusiasmo Lédo Ivo es a Juan Carlos Mestre. Cuando le enseñé sus versos se quedó absolutamente fascinado, y escribió ese poema titulado Cavalo Morto…”.

La Fundación y el legado

En este momento, Pereira está “trabajando, preparando, clasificando el archivo que voy a pasar como legado a la Fundación que lleva mi nombre. Tengo mi cuarto de trabajo que parece una leonera. Me mandarán el lunes próximo un auxilio de la Universidad, una becaria, para ayudarme y empezar a organizar ese material, bajo mi dirección”.

Afirma que es más fácil hablar de cómo se gestó la idea que de la puesta en marcha, “que todavía no se ha realizado”. Recuerda que, estando en la Universidad de Puerto Rico, visitó una sala dedicada al poeta Juan Ramón Jiménez. “Y allí pues han coleccionado sus libros, sus papeles… y hasta algunos de sus enseres familiares. Me pareció una idea bonita, que no se pierda eso. Y a mí me da pena, también, determinadas cosas que yo tengo, que se pudieran perder…”.

La Fundación tendrá su sede en la antigua Facultad de Educación, en el campus leonés de Vegazana, y su objeto será el fomento de actividades de conservación y divulgación de la obra literaria del escritor leonés, así como cualquier otra actividad relacionada con la literatura y las artes en general

Y un día lo comentó con alguien de la Universidad de León: “Pues mira, yo tengo ciertos materiales que me gustaría dejároslos a la Universidad de una manera totalmente desinteresada”. Subraya esto porque muchos colegas, “y sobre todos viudas de colegas míos, pues han manipulado esa riqueza, llamémoslo así, esa riqueza más bien espiritual o moral, pidiendo un justo estipendio, y probablemente hacen bien…”.

Pereira, sin embargo, mantuvo que su entrega sería completamente desinteresada. “Pero claro, luego hablamos de que esto, puesto así, se podría convertir en una especie de lugar inerte, de panteón, de almacén de testimonio… y que sería más interesante organizarlo a través de una Fundación, porque eso tendría más posibilidades de perdurar…”.

Y así se ha gestado la Fundación Antonio Pereira, que tendrá su sede en la antigua Facultad de Educación, en el campus leonés de Vegazana, y cuyo objeto será el fomento de actividades de conservación y divulgación de la obra literaria del escritor leonés, así como cualquier otra actividad relacionada con la literatura y las artes en general.

El manifiesto, la lengua, un diario… y a vueltas con la poesía

Sobre el polémico manifiesto en defensa del castellano, explica que lo ha firmado “por convicción” y “por una razón muy sencilla: yo tengo un sentimiento muy acendrado de lo que es España. Y en ese sentido que tengo de España, la lengua es muy importante. Y luego pues incluso está el egoísmo, porque la lengua resulta que es el material mío de trabajo, y sobre todo la coloquial, la que oigo, la que me llega por los oidos… que la quiero mucho a la lengua ¿eh? Ahora, si me dices: ya, ya, pero es que la lengua castellana no está en peligro ni remotamente… Bueno, pues mejor, mucho mejor… Puede que este manifiesto fuera innecesario, pero como excesivo tampoco daña, y yo lo he firmado a mayor abundancia. ¿Que no hacía falta? Pues mejor…”.

Ahora mismo, Pereira sigue atendiendo “a todos esos pequeños bolos que te entretienen horrores”, como el Congreso de Traductores que este fin de semana arranca en Castrillo de los Polvazares, y al que ha sido especialmente invitado. Dice que no le hace ilusión que le traduzcan. “Me parece que estos giros míos, el empleo de la lengua coloquial, es algo difícil de traducir… Pero claro, también es verdad que sólo gracias a las traducciones hemos podido leer a tantos grandes autores, desde Homero a Dostoievsky, y que si no hubiera traductores yo sería un analfabeto completo”.

No le gusta hacer balance. “Si lo que me pides es una especie de autocrítica, o de juicio sobre mí mismo… Bueno, yo creo que mi poesía es muy sencilla, muy fácil de entender. No es la poesía de un visionario. La lectura, y también la escritura de poesía, para mí es consolación. La verdad es que leo poco, de muy pocos autores, y de esos autores releo lo que más me gusta”.

Valle Inclán sigue siendo su ídolo, desde que leyó aquella Sonata de otoño a los 14 años, en la librería de su tío en Villafranca. “La releo todos los años”, afirma

Sigue leyendo a sus poetas favoritos, aunque a muchos se los sabe de memoria: el Romancero español, Garcilaso, Quevedo, Unamuno, “que dicen que tiene tan mala oreja, y a mí me suena muy bien”, Lorca, “su imaginería me conmueve”, su amigo Antonio Gamoneda, “siempre he estado muy cerca de su persona y de su obra”, Miguel Torga… y hasta le hace gracia Luis García Montero, a quien conoció en Madrid, “me encanta eso de: Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi“, así como un buen número de poetas gallegos, desde Manuel María a Manolo Rivas, “ese cuento de La lengua de las mariposas, entre otros, es una maravilla…”.

Pero como entiende la poesía “como el conjunto de la belleza por la palabra, tanto si está en verso como en prosa”, Valle Inclán sigue siendo su ídolo, desde que leyó aquella Sonata de otoño a los 14 años, en la librería de su tío en Villafranca. “La releo todos los años”, afirma.

Al poeta Juan Carlos Mestre, también de Villafranca, asegura que le quiere como a un hijo. “Mestre es un capítulo aparte en todo lo de mi vida, es como un hijo, él lo reconoce, y sabe corresponder como un verdadero hijo… salvo que va por ahí por el mundo hablando de mí, e inventando unas fabulaciones… ya me fastidia, porque en Villafranca cultiva mucho aumentar esa aureola, y ya por culpa de él hubo alguna mujer que se me acercó un día, por allí por una calleja, con un niño en brazos, para que se lo curara…”. (Risas)

“Yo no salgo en la televisión, no voy a las tertulias de Luis del Olmo, no he salido del armario, aunque también es verdad que nunca entré… Y lo único que podría encontrar un lector, un comprador de mi diario, es que escribo bien, que estará bien escrito. Pero eso no basta hoy día”

Cada día, Pereira anota sus pensamientos y avatares “en un pequeño diario, informal, que llevo desde 1969, y es una lástima que no lo hubiera empezado más atrás”. El día de San Juan, por ejemplo, anotó entre otras cosas: “Hoy he rezado el romance del infante Arnaldos”, y lo recita Pereira: “Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va…”.

Piensa si hará algo con ese diario, aunque duda de que le pueda interesar a alguien. “Esta es una incógnita que tengo que ventilar conmigo mismo. Qué hacer, si hago algo, con este diario”. Y medita: “Yo no salgo en la televisión, no voy a las tertulias de Luis del Olmo, no he salido del armario, aunque también es verdad que nunca entré… Y lo único que podría encontrar un lector, un comprador de mi diario, es que escribo bien, que estará bien escrito. Pero eso no basta hoy día. Además, mi diario funcionaría mejor si yo no fuera tan cauto, tan tontamente bondadoso. Soy incapaz de herir a nadie. Un rasguñín sí, pero lo que se vende y tiene éxito en un diario es morder, al estilo de Paco Umbral. Y yo tengo pocos lectores, vendo poco, soy un autor de culto…”.

:: Lenta es la luz del amanecer…

Un minirrelato de Antonio Pereira

Una vez estaba en la taberna el poeta inspirado haciendo su papel de poeta inspirado. Todos lo respetamos mucho en sus esperas de la voz misteriosa, aunque nunca se le haya visto una página terminada. Vino un parroquiano de la taberna con la alegría lúcida de los primeros vasos, y fisgó el renglón que campeaba en la hoja:

Lenta es la luz del amanecer en los aeropuertos prohibidos.

El verso hermoso, todavía único, con que iba a arrancar el poema.
El parroquiano suspiró:
—Es un buen empiece, poeta. Pero ahora qué.

(→ Antonio Pereira. Del libro Meteoros. Poesía, 1962-2006. Editorial Calambur. Sobre estas líneas, una ilustración del poeta y artista Juan Carlos Mestre)

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