
Hacía tiempo que no caía en mis manos una novela contemporánea (española, además) que me trasportase de tal forma. Su brevedad —más parece un relato largo que una novela corta—, la justeza de su lenguaje, la exactitud y necesidad de lo contado me conmueven y excitan como lector. Campo de amapolas blanco, de Gonzalo Hidalgo Bayal, lo diré pronto, me parece oro en paño.
Hidalgo Bayal, cacereño de 1950, es profesor de literatura en un instituto de Plasencia. Es autor de ensayos literarios como Camino de Jotán (1994) y Equidistancias (1997). También es autor de varias novelas, como Mísera fue, señora, la osadía (1988), El cerco oblicuo (1993) o Amad a la dama (2002). Pero, sin duda, es su anterior novela Paradoja del interventor su obra cumbre y la que le ha dado a conocer ante el gran público.
Campo de amapolas blancas, su última entrega, desgrana la memoria de una amistad entre dos jóvenes antitéticos, sin concesiones ni autocomplacencia. Desde el primer capítulo, de los 14 en que se divide (como 14 versos tiene un soneto), su autor renuncia expresamente a los artificios que tan frecuentemente utilizan los novelistas para recrear el pasado.
La pseudo-exactitud y falsa minuciosidad en los detalles que solemos llamar verosimilitud nos aleja de la verdad, esa llena de lagunas, olvidos, visiones borrosas, dudas, personajes espectrales… Parece confiarnos el autor. Pero, en sus palabras,“no ha de entenderse lo que sigue, sin embargo, como un ejercicio inofensivo de recuperación, sino que ha de considerarse esa dificultad añadida a la empresa que acometo, a saber, la ilustración de cómo toda amistad genera su patología“.
La última entrega, desgrana la memoria de una amistad entre dos jóvenes antitéticos, sin concesiones ni autocomplacencia. Su autor renuncia expresamente a los artificios que tan frecuentemente utilizan los novelistas para recrear el pasado
El poder de este relato radica en su habilidad para esbozar, por contención, un retrato generacional con una desnudez conmovedora. Para ser arquetípica sin caer en los tópicos, jugando con la realidad de una época trufada de ellos, en lo que tienen las décadas de los 60, 70 (de una manera señalada en nuestro país) de mitomanía y de descubrimiento de la vida, de la libertad. De una generación que despierta al mundo, de unos adolescentes que se arrojan a él de formas bien diferentes, pero siempre entregadas.
Qué difícil, la literatura dentro de la literatura como leit motiv, sin resultar cargante. Los beatles, el existencialismo, los míticos viajes a París, el cine, las drogas… Todo con una naturalidad que le confiere un tono ajeno a lo sentimentaloide, sin dejar de lado los sentimientos y de lo intelectualoide sin aparcar una apasionada inmersión en la cultura del siglo XX. Luis Landero, que lo define como ironía, lo cuenta muy bien en su magnífico epílogo: “Cuando digo que [el tono] es irónico, quiero decir que es poderoso. Yo tengo la sensación de lector de que Gonzalo rehuye sistemáticamente, poderosamente, el encuentro frontal con las emociones. Prefiere dar un rodeo intelectual, pero como yo creo que el tono intelectual tampoco le convence del todo, al final usa la ironía para defenderse de la tentación intelectual y de la tentación sentimental. Esa ironía que serpentea entre los sentimientos y la razón, sin entregarse nunca a ellos, es parte esencial del estilo inconfundible de Gonzalo”.
Todo con una naturalidad que le confiere un tono ajeno a lo sentimentaloide, sin dejar de lado los sentimientos y de lo intelectualoide sin aparcar una apasionada inmersión en la cultura del siglo XX
Y ese personaje crepuscular, monocorde, una figura al fondo del relato, (un guardia civil cansado, desposeído, enfermo de vivir, que es padre de uno de los protagonistas) se convierte en el tono enfermizo, moribundo del mismo. La búsqueda fracasada de la felicidad, la pérdida de la juventud, incluso de la vida, suenan al fondo como un contrabajo desafinado. Esto es lo que fue, esto lo que queda de aquella promesa.
Los dos protagonistas se reparten el tablero. Uno es el relatado y otro el relator. Blanco y negro como el cine antiguo, como el ajedrez. En los tiempos en que una era de Paul o de John, de los Beatles o de los Rollings, de Keaton o de Chaplin, de Fischer o de Boris Spassky. En el alegato final, afirma el superviviente de la pareja protagonista, cuyo nombre desconocemos: “A mí me quedan los eslabones del tiempo en la memoria: la espinela, los tribunos de la plebe, la naúsea, ay, infelice, Butch Cassidy and Sundance Kid, das Ewigweibliche, la mansarda de Les Halles, Charlie Parker, Lucy in Sky whit Diamonds, el sueño de la script, una sonrisa triste y bondadosa y la persistencia plural de la lluvia, la lluvia que se esconde en las palabras y los libros, la lluvia que azota la ciudad y las ventanas, la lluvia que cae sobre el olvido y la ceniza. Por mi parte, he contemplado campos de fresas, de trigo y de algodón, oigo a veces el sonido compacto de Starawberry fields forever, he sabido de campos de batalla, magnéticos y santos, pero por más que miro a los lados de la carretera cuando viajo en coche por tierras de murgaños, aun no he encontrado campos de amapolas blancas”.
El otro personaje principal es nombrado como H, una letra muda para un hombre sin sonido. H, lo mismo que se puede leer en algunos excusados de los establecimientos hosteleros (H de hombre), el que creyó en la maravilla de la vida y se fue por el desagüe. Lo cierto es que después de leer Campo de amapolas blancas, lo he visto sobre la mesa como un traje prestado que ajustaba a la perfección a algunos figuras que conocí, que conocimos… Pruebo y ajustan esos nombres, escribí en un poema hace tiempo. Gracias por esta ropa de muerto, por este traje prestado. Tanto en tan poco.
CAMPO DE AMPOLAS BLANCAS
Gonzalo Hidalgo Bayal
Tusquets Editores. Mayo 2008
Col. Andanzas. 109 pags
Epílogo de Luis Landero
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