
Cuando se habla de arreglos florales, muy pocos conocen que puede ser un arte cuya técnica tarda años en aprenderse y mucho más en perfeccionarse hasta el punto de convertirse en un maestro de la disciplina.
La maestra de Ikebana, Leonor Pozo, da las directrices a un grupo de alumnos que se inician en el arreglo floral, al estilo japonés. La colocación exacta de una flor, un recorte de hojas que no sirven y así hasta los más mínimos detalles para lograr, con elementos naturales, una obra de arte viva.
Ellos son unos privilegiados, ya que es la única maestra de la escuela Ohara que imparte clase en España y transmite los conocimientos adquiridos tras más de 30 años dedicados a esta pasión por la composición “perfecta”, aquella que conmueve a quien la ve, aunque apenas lleve elementos.

La escuela Ohara fue fundada en Japón por Ohara Unshin, quien introdujo un nuevo estilo en una tradición centenaria y a veces “muy rígida” y que ahora se practica en todas las escuelas que existen, el Moribana, en el que se da libertad al creador y puede proyectar su interior, al más puro estilo artístico, con elementos nuevos y arreglos que se salían de los “cánones estrictos”, por lo que ha llegado a tener más éxito que las antiguas escuelas.
La maestra de Ikebana, Leonor Pozo, da las directrices a un grupo de alumnos que se inician en el arreglo floral, al estilo japonés
El Ikebana “engancha”, reconoce la maestra, porque según explica “no es solamente poner flores, sino que encierra una filosofía, una manera de ver la vida y tiene que ver con la espiritualidad”. Además, continúa, es un arte y propicia la creación, ya que “una vez que aprendes la base, poco a poco se adquiere destreza y se consiguen resultados siempre distintos y únicos”. “No se necesita ninguna habilidad especial para trabajar esta materia, sobre todo en las composiciones básicas” y recomienda a todo el mundo la experiencia, sin embargo reconoce que “en ciertos estadios la cualidad artística es necesaria, porque aunque todos saben dibujar lo básico, sólo algunos pueden desarrollar una carrera artística” y ésa, opina, es la diferencia.
Leonor Pozo se resiste a hablar de la perfección, considera que “no existe” y a la vez explica que si puede estar “en componer con dos flores”, mientras muestra a los alumnos un ejemplo de arreglo de estas características. Todo se basa en conjugar la armonía, el color y lograr un equilibrio y belleza, explica.
Un gran desconocido en España
Pozo lamenta que este arte, resultando en su opinión muy atractivo para quien lo practica, siga siendo “un gran desconocido” en España y asegura que sólo se enseña a través de escuelas especializadas en Madrid, Barcelona, Zaragoza y Salamanca, donde lleva cuatro años dando clases de esta disciplina.
Todo se basa en conjugar la armonía, el color y lograr un equilibrio y belleza
Como ejemplo, cita que en Francia hay al menos 40 escuelas y el número de profesores llega a los 200, algo que está “muy lejos” de lo que sucede en este país. Asimismo, recuerda que existe una asociación europea de maestros de la escuela Ohara, que celebra una vez al año un congreso en el que se reúnen 300 personas, mientras que en España ella es la única maestra titulada en dicha escuela.

Sin embargo, explica orgullosa que ahora está a punto de “tener tres nuevos maestros”, que han seguido años de formación con ella, algo que confiesa le llena de satisfacción.
Sin embargo, manifiesta que “con la globalización” este arte está llegando cada vez a más personas y lugares, a pesar de que en España se va “con mucho retraso”, con respecto a otros países europeos.
De tradición religiosa a arte floral
El Ikebana proviene de una antigua tradición por la que se realizaba ofrendas florales a Buda y se remonta al siglo VI, manteniéndose su condición de ofrenda divina hasta el siglo XV, para después evolucionar y convertirse en un arte floral.

Leonor Pozo recuerda que los samuráis llegaron a dominarlo, a pesar de lo que se imagina la gente, que normalmente los asocian como guerreros y desconocen que algunos de ellos eran también unos grandes maestros de esta disciplina.
El Ikebana proviene de una antigua tradición por la que se realizaba ofrendas florales a Buda y se remonta al siglo VI, manteniéndose su condición de ofrenda divina hasta el siglo XV
Se basa en la armonía de una simple construcción lineal y la inclusión de flores o elementos como hierbas, ramas, semillas o frutas y teniendo en cuenta el diseño, pensando en el color, la forma, la textura y la línea.
Quienes lo practican, consideran que además de su propósito estético, también se usa como método de meditación, ya que está conectado con el flujo de las estaciones y ciclos de la vida. En cuanto al hecho de que las obras sean efímeras, lo convierte también para muchos en un acto de reflexión acerca del paso del tiempo.




















