
Por Fernando Herrera · Instituto Juan de Mariana. No hay nada que les guste más a nuestros políticos que otorgarnos derechos. Se juntan unos cuantos en una cámara, alta o baja, votan que nos dan un derecho y se van felices a casa, con la conciencia del trabajo bien hecho. ¡Como si fuera tan fácil andar quitando o poniendo derechos!
Señores de la Comisión Europea y políticos en general: no necesitamos ningún derechillo al silencio de los chips. Nos conformamos con que ustedes respeten nuestros derechos de propiedad
Nosotros, los ciudadanos, les seguimos el juego, quizá, por caridad, para no desilusionarles. Y no faltan los que creen, de verdad, que son titulares del ‘derecho’ imaginado por unos pocos que se han sindicado para votar sí. Algunas veces, los políticos, se ponen trascendentes, que otorgan, por ejemplo, un derecho “a la muerte digna”, como en Andalucía, o el divertidísimo derecho “a la vivienda”. En otras ocasiones, no tiene tanta gracia, pues pervierten completamente el significado, se sobrepasan en su omnipotencia, y conceden un “derecho a abortar”, como si por el hecho de que lo hubieran votado cambiase algo que matar a un ser humano inocente es un crimen.
En el ánimo de seguir “concediéndonos” derechos, la capacidad de innovación de los políticos muestra su faceta más productiva, superada sólo por la creación de impuestos. Así, hace unos días, la Comisión Europea aprobó un nuevo, digamos, derechillo. En el plan de acción para lo que denomina “la internet de las Cosas”, se habla del “derecho al silencio de los chips”. ¡A que mola! ¿Derecho al silencio de los chips?
Ante este posible derecho lo primero que es difícil silenciar son las carcajadas. Una vez enjugadas las lagrimillas, centrémonos en el contenido del supuesto derechete. Sería un derecho que tendríamos a desconectarnos de nuestro entorno de red en cualquier momento, y está relacionado con las tarjetas RFID (Dispositivos de Identificación por Radio Frecuencia), esas que, por ejemplo, se utilizan para el telepeaje. Con este derechillo, se nos autorizaría a leer y destruir estos dispositivos para preservar nuestra privacidad. No sé el lector, pero un servidor no era consciente de no tener tal derecho, si es que así se le puede llamar. Caben dos supuestos: o bien la tarjeta es mía, y entonces puedo hacer lo que quiera con ella, incluido leerla y destruirla. O bien no es mía, y entonces no puedo hacerlo. No hace falta ningún nuevo derechillo que ratifique mi derecho de propiedad. O no debería hacer falta.
¿Por qué piensan los políticos que la existencia de este derecho tiene que debatirse? ¿Por qué piensan que depende de que ellos decidan si existe o no ese derecho? Es la cuestión, y es una cuestión realmente grave. Aquel ciudadano que acepta que la existencia de un derecho depende de los políticos y cree que estos pueden crear nuevos derechos, tiene que aceptar, también, que en el mismo acto, por el mismo precio, se los otorgan y se los niegan. La vida, en tales condiciones, es de una incertidumbre intolerable. Cuando las vacas son gordas, todos los políticos están ávidos de conceder derechos; pero, cuando vienen flacas…
Señores de la Comisión Europea y políticos en general: no necesitamos ningún derechillo al silencio de los chips. Nos conformamos con que ustedes respeten nuestros derechos de propiedad.




















