Lo+Tres: ASÍ SOMOS

A VUELTAS Y REVUELTAS

Propaganda de la Libertad

Peatóm | 10·04·2010 | 06:00 |
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Juan Delcan

Por Miguel Roselló. Definirse como liberal es todo un atrevimiento cuando la doctrina oficial divide la política en categorías opuestas como izquierda y derecha donde la idea de libertad parece no tener lugar. Aún así, existen subterfugios en los que el votante puede acogerse; hay quienes se consideran liberal/progresistas frente a los que se denominan liberal/conservadores, y evitar así mayores quebraderos de cabeza. Por supuesto que en el mismo país en el que se inventó el termino “liberal” podemos encontrar una minoría excéntrica que se identifica como liberal, y podríamos entrar a desgranar variantes en una lista interminable que solo satisfaría a todos si pudiéramos encontrar tantas acepciones como visiones. Pero esta se antoja como una tarea interesante, aunque estéril en la práctica y, en concreto, en la forma de participación por antonomasia de nuestro sistema político: el voto.

El liberalismo no puede limitarse a combatir dentro del marco que han construido sus detractores sino que tiene que bajar a la calle para reivindicarse y dejarse querer, no como un liberalismo simpático —para sus detractores, se entiende— sino como lo que es: la reivindicación del individuo y las relaciones que establece libremente

Si hay un momento en la vida pública de las democracias representativas en el que se pueden encontrar algunas semejanzas con un mercado “libre” es el de la cita con las urnas. Existen otras formas de participación con las que las demandas y apoyos pueden influenciar el sistema pero éstas terminan articulándose a través del voto. El profesional de la política vende su mensaje y el votante elige entre las opciones. Mientras que los resultados son medibles y sirven para elegir representantes, formar gobiernos o refrendar decisiones; ni los costes ni los beneficios para los votantes son cuantificables por lo que la elección es emocional antes que racional.

Hoy no se pone de manifiesto la novedad del triunfo de la emotividad sobre la política, sino las consecuencias de su expansión a todos los ámbitos. Mientras esperábamos el fin de la Historia, el Estado ha crecido con las ideologías y sus raíces se entrelazan con las de la democracia evolucionado con ella. De partidos de notables pasando por partidos de masas hasta los llamados electoralistas, los votantes de cada momento histórico han sido movilizados de forma diferente pudiendo identificar intensidades de emotividad distintas. Así, el momento de mayor excitación sentimental colectiva no es el actual sino el del hombre masa orteguiano mientras que hoy aquél ha sido superado por el hombre posmoderno que certificó erróneamente la defunción de las ideologías.

La manipulación sentimental ha sido, es y será la clave de cualquier victoria electoral, pues la forma en que se concibe el mundo, el marco a través del cual pensamos, es la clave por la cual nos identificamos con unos colores políticos y no otros. Ni las razones ni los argumentos nos llevan a las urnas mientras que sí lo hacen los argumentarios y las asociaciones rápidas de ideas. Los falsos debates de los parlamentos no sirven para convencer a la tribuna contraria sino para enviar mensajes a los propios mientras que las construcciones teóricas sobre las que se asientan son elaboraciones anteriores y no se cuestionan durante los procesos electorales.

En este punto nos encontramos, hemos asumido que los antagonismos habían sido superados en una reinterpretación obscena del materialismo histórico y hemos olvidado la propaganda, el marketing de las ideas. De ahí que una idea tan atractiva como la de la libertad tenga más enemigos que defensores, no entre los profesionales de la política -interesados en su libertad y no en la nuestra- sino entre los hombres que se ven reducidos a meros ciudadanos-votantes. Por acción y omisión el debate sobre la tensión entre la libertad y las demás necesidades humanas se ha roto a favor de éstas. No lamentamos la pérdida creciente de libertades que sufrimos a cambio de la falsa protección del Estado; una falta seguridad que nos hace irresponsables e incapaces de vivir nuestras vidas sin que otros tomen nuestras decisiones.

Los escritos y pensadores están ahí, y siempre quedarán preguntas filosóficas sobre las que debatir, pero el liberalismo no puede limitarse a combatir dentro del marco que han construido sus detractores sino que tiene que bajar a la calle para reivindicarse y dejarse querer, no como un liberalismo simpático —para sus detractores, se entiende— sino como lo que es: la reivindicación del individuo y las relaciones que establece libremente.

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