
La industria del automóvil vivió una extensa época dorada al abrigo del petróleo. ¿Cuánto tiempo llevamos hablando de la necesidad de cambiar el modo de transportar y transportarnos? ¿Cuánto se ha escrito de los problemas que acarrea sostener en el tiempo la quema compulsiva de petróleo? El modelo de transporte que nos ha servido durante tanto tiempo ha entrado en crisis. Existen dudas razonables, bien fundadas, sobre su viabilidad y otras más, sobre la conveniencia de renovarle la prórroga.
Hace más de cien años que nos movemos de la misma manera, quemando petróleo. Ningún otro sector ha evolucionado tan poco, los vehículos no han sufrido ninguna transformación sustancial, tan solo han evolucionado pero sin innovaciones de calado. En esta crisis es uno de los sectores que menos han evolucionado —los que están más anclados en el pasado— y de los que más van a sufrir. Espero y deseo que nos sirva para dar un vuelco al concepto del automóvil, lo necesita y nos sentará bien.
¿Qué sentido tiene que un bichito de 70 kg de carne y hueso, utilice para sus desplazamientos 2500 kg de hierro, plástico y cables, consumiendo litros y litros de no se qué?
En este inevitable camino habrá empresas, y detrás de ellas personas, que no se subirán al carro de estas transformaciones, que se resistirán a las mismas. El sector del automóvil está mayor —aunque tiene músculos fuertes, agilidad y se encuentra en general bien de salud—; le ha fallado la cabeza, entre tanto beneficio a corto plazo se olvidó de servir y eso tiene un precio.
La remodelación que tiene que sufrir tenía que haber encarado hace tiempo, sin los empujones que le va a dar la crisis, hubiera sido una evolución poco traumática, sin los aires de tragedia que corren en estos tiempos. Y será aún más dramático por la irresolución de los distintos poderes legislativos que combinan, sin decidir, impuestos caros para los coches eléctricos y políticas de tráfico rodado en ciudades y carreteras favorables al petróleo y sus derivados; al tráfico rodado con motores de combustión y explosión. Pero será más trágico y duradero si los gobiernos con la complicidad y dinero de los ciudadanos acudimos al rescate del sector. Si lo hacemos conseguiremos poco más que alargar su agonía.
Necesitaremos acudir a su encuentro cuando nos ofrezca productos que de verdad nos interesen como individuos y como sociedad, mientras tanto los intentos por salvarlo no darán frutos. Las empresas emergentes, dueñas de tecnologías más disruptivas que debieran ser objetivo preferente de los recursos comunes. Son el futuro, portadoras de mucho empleo en sus entrañas y en ellas habrá que volcar nuestras preferencias.
¿Qué sentido tiene que un bichito de 70 kg de carne y hueso utilice para sus desplazamientos 2500 kg de hierro, plástico y cables, consumiendo litros y litros de no se qué? Cuando menos es desproporcionado. Estamos en condiciones de revertir este comportamiento.
La semana que viene o la siguiente iré a probar un coche de no sé qué marca, con no sé cuántos caballos y les contaré sus cualidades, defectos y diferencias con la competencia y cada vez me cuesta más trabajo hacerlo porque no siento que sea un producto acorde a los tiempos y circunstancias. Sin embargo me agrada escribir sobre novedades como los vehículos eléctricos o de hidrógeno u otras cosas similares, que tienen que ver con cambios que sin duda supondrán una mejora en nuestra calidad de vida y un respeto mayor por nuestro entorno y en definitiva por nosotros mismos.
Otro novedoso prototipo eléctrico que no es presentado por una gran automovilística
No se están empleando los recursos en resolver los problemas, se están empleando en paliar los efectos
El peso total declarado del Rinspeed es de 1.050 kg, fruto del empleo de materiales ligeros pero resistentes tales como el aluminio y la fibra de carbono
Tenues movimientos tecnológicos han rodeado al sector del automóvil durante décadas, ahora que los necesitan, las condiciones financeras no son las más adecuadas





















