
Por Emiliano Marilungo · La Periódica Revisión Semanal. Adoro a Leonard Cohen. Sí, es una declaración de principios. Al menos lo es para quienes conocen su obra. No conozco a nadie que conteste, en una eventual pregunta sobre Cohen: “Mmmsí, está bien, algunos temas me gustan”. Nadie puede degustar “de costado” a un cantante cuyo tono lúgubre y monocorde es su característica más saliente, quizás junto al cinismo y la alucinación que pueblan sus letras. Estos tipejos lo que provocan, ante el gusto, es la adoración.
Esperaba algo de él y de sus palabras. Quiero decir: algo determinado. Muchas de sus letras son verdaderos relatos, cuadros salidos como de una película de Jarmusch
Conocí al canadiense como cantante. Tal vez lo debería haber aclarado antes. La cuestión es más bien simple: la posición, la forma y las condiciones en las que conocemos a una persona, en cualquier escala, patentan una imagen que será para siempre la que tendremos de dicha persona. Enseguida supe de sus poemas y sus novelas, pero lo conocí como cantante, por algunas referencias explícitas que dejó Luca Prodan. A la primera oída de sus primeros discos me encandilé: ningún joven con ciertos daños coronarios y afición a la poesía triste puede resistirse a la tentación. En poco tiempo revisé toda su obra, me permití alguna decepción al respecto e interioricé sus retiros espirituales, su filosofía y cosas así.
Leonard Cohen · Because Of · Dear Heather
Lo suficiente como para que Cohen sea para mí, per seculo seculorum, un compositor genial, un cantante de la cripta urbana, un playboy de aeropuertos. Entonces su literatura no aparece en mí como literatura sino como un golpe: sabemos desconfiar —con interesante eficacia, hay que decirlo— de aquellas personas que abordan varias expresiones artísticas. Las consumimos, pero por eso mismo sabemos que el talento, el genuino talento, no acostumbra a repartirse en partes parejas. Esos hombres igualmente geniales en manifestaciones artísticas diferentes nos parecen recuerdos disecados, monstruos de la historia de la humanidad. Pero la literatura de Cohen es, como su música, igualmente buena.
Esperaba algo de él y de sus palabras. Quiero decir: algo determinado. Muchas de sus letras son verdaderos relatos, cuadros salidos como de una película de Jarmusch. También esperaba un nivel determinado; al fin de cuentas yo había conocido a Cohen como cantante pero él era un poeta. Ante(s) (de) todo un poeta, un escritor. Lo que recibí de sus libros resultó, como dije, un golpe, una de esas felicidades que nuestros vicios nos regalan de vez en cuando: la felicidad, en este caso, de abalanzarse sobre un libro genial cuando uno espera apenas un volumen agradable.
Leonard Cohen · In My Secret Life · Ten New Songs
Esto último me pasó, concretamente, con The Favorite Game, la novela que publicó en 1963. Una novela cantada. Al menos para mí, que no pude —no puedo; espero secretamente jamás poder— apartar de mi mente las canciones de Cohen; es decir: sus tonos, sus cadencias, el espasmo susurrante que las recorre.
:: El (des)aprendizaje: cómo se aprende a caminar solo
Según la crítica, El juego favorito es una novela de aprendizaje, una bindulgsroman digna de la estirpe del Werther de Goethe o la saga Del tiempo y del río-Acuérdate del Ángel de Thomas Wolfe. Como en todo lo que dice la crítica, algo tiene de cierto esa frase y algo de inanidad. Decir de una novela que es de aprendizaje es no decir nada de esa novela en particular. En efecto, esta novela de Cohen, más allá de cumplir con algunos requisitos de la categoría “novela-de-aprendizaje”, tensa las cuerdas de la literatura misma, y de cualquiera de sus categorías, hasta llegar, tal vez, hasta la contradicción con su etiqueta. No albergo dudas al respecto: El juego favorito es una novela de (des)aprendizaje.
La vida, como tal, no existe. Lo que nos enseña (y nos ensueña, y nos ensaña) son las personas, las acciones, las palabras, los silencios, las montañas, el mar. Y los que aprendemos, en todo caso, somos nosotros, los fantasmas de carne y hueso que firman siempre con el mismo garabato y tienen su comida preferida.
Ahora bien, Breavman —el protagonista de la novela— no quiere aprender, y aún cuando quiere, no puede hacerlo. Estamos de acuerdo: Breavman vive: tiene un padre muerto que alguna vez murió y que pesa extrañamente en sus pensamiento, una madre loca, varios viajes, una guitarra, fracasos tupidos e indoloros, algunas mujeres, un amor, adicciones, una Universidad. Estamos de acuerdo, pero Breavman no aprende de esa vida, en el mejor de los casos aprehende, bebe de la vida hasta saciarse y regresa a la soledad, la esencial e imposible soledad con que atraviesa el desierto. Huye de las clases académicas, huye también de las mujeres (en especial aquellas que le gustan de veras), huye de la locura de su madre, huye de la modesta y repentina fama que lo acosa.
[Breavman huye. Y si bien podrían esgrimirse razones de incapacidad o ribetes traumáticos, lo cierto es que Breavman huye porque sí, porque tiene la necesidad de olvidarse de todo a cada paso para poder por fin vivir. Breavman es consciente de eso. Y huye. Huye como única defensa del yo, huye como único método de vida. No se trata por cierto de que Breavman sea un pequeño pedante o un poeta soberbio y moralista. Nada de eso. Apenas sabemos de su desprecio por ciertas gentes. Breavman no necesita despreciar (mucho menos odiar) para marcharse, para (des)aprender. Le alcanza con la sospecha del aburrimiento.]
Breavman sólo desea “que siga siendo como es ahora. Que la velocidad no disminuya nunca. Que la nieve permanezca. Que nunca sea retirado de esta sociedad con su amigo. Que nunca encuentre otras cosas que hacer. Que nunca nos evaluemos el uno al otro. Que la luna se quede de un lado de la ruta. Que las muchachas sólo sean un borrón dorado, como la bruma de la luna o el fulgor del neón sobre la ciudad”. Breavman suplica no tanto por la detención del tiempo como por la continuidad de sus características. Breavman suplica porque sabe que “detrás” de todas esas cosas que está viviendo huele a podrido, a rutina, a compromisos vanos y arteros; en todo caso, “…el prosaico mundo adulto, el museo del fracaso”.
:: El fin de las etiquetas
Leonard Cohen es un artista, ya se dijo más arriba, que canta y escribe. Nuestra odiosa manera de etiquetar convida a la pregunta, también ya referida, acerca de si Cohen es escritor o músico; o mejor dicho, acerca de cuál actividad es la suya, su punto fuerte, su verdadera expresión. Supongo que Cohen es más reconocido hoy día por sus discos que por sus libros. Tal vez tenga mucho que ver la escasa producción narrativa o poética de sus últimas décadas, que si bien fue acompañada por la ausencia de discos, esta última resultó más breve. Ignoro si Cohen está inmerso en el gesto rimbaudiano, si ya escribió todo lo que tenía para decir escrito, pero sí estoy seguro —conociendo bastante a la consabida crítica literaria— de que las huelgas de Cohen a la hora de publicar conspiran contra su prestigio. Lo poco que he leído sobre el Cohen escritor me ha parecido un mero puñado de lugares comunes, una especie de comentario basado en el respeto al Cohen músico. Los libros de Cohen hay que leerlos, sin prejuicios, sin etiquetas, sin ningún respeto previo.
El juego favorito es una novela mayor del siglo XX. Todas y cada una de sus líneas. Da la impresión de estar tallada dentro de un mar de desprecio por las formalidades estilísticas. Da la impresión de no querer ser literatura; El juego favorito se desplaza de la literatura, parece tender más bien hacia la nada. La novela de Cohen adquiere su valor precisamente en lo que, sospecho, hace que los críticos de la literatura —los conocidos celadores de las formas— lo pasen por alto en el camino de los hitos literarios. La novela de Cohen es una enorme herida de donde manan las palabras impostergables. Histéricas e implacablemente dispuestas. Le ocurre a Breavman, su alter ego: “Escribía de a prisa y a ciegas, descreyendo de lo que hacía, como un suicida que ha fallado tres veces y busca un paquete de hojas de afeitar”. La literatura, la escritura de sí como diría Foucault, representa para Cohen una muerte que espera allí adelante, en el camino, paciente en su convicción, tibia. Como el lavabo, que aguarda sin prisas la delgada efusión roja. El intento, por su parte, representa una tentativa.
“En los sueños se aprende la verdad de que toda buena obra se hace en la ausencia de una caricia” escribe Cohen, y reafirma su convicción de caminar solo, que más que convicción es una consagración a un orden superior de creación que todos ignoramos en lo que importa y que, no obstante, a todos nos sacude las pestañas de la intriga de vez en cuando. No se trata de la absurda soledad del aspirante a erudito, insisto, sino de una necesidad que a la vez que habilita, tortura. Cerca del final de la novela, leemos: “Le temo a la soledad. No hace falta más que visitar un manicomio o una fábrica, sentarse en un autobús o cafetería. En todas partes la gente vive en la soledad más absoluta. Tiemblo al pensar en todas esas voces solas que se elevan, ganchos apuntados al cielo pidiendo ganar la lotería (…) podemos protestar por esa masacre indiferente. Tomarte de la mano es una muy buena propuesta. Ojalá estuvieses aquí, a mi lado”. El hombre solo, el que debe dejar atrás todo lo que fue, el que aleja a la gente que ama, no quiere estar solo. Le teme.
Pero está solo, realmente lo está, como todos los demás. O quizás la compañía, la única compañía posible, consista en esos arrumacos de sombras viejas en nuestras mentes y nuestros corazones, en el amor (jamás)perdido. Aquí se interceptan en Cohen la memoria, la soledad y la felicidad. El hombre debe olvidar para poder vivir, pero está eso que se resiste al olvido, eso cuya memoria es en sí mismo un olvido: la compañía esencial que alguna vez —por lo menos una— les susurra en los oídos a todos los hombres. Escribe Cohen: “Esos son los tiempos (los del amor con Shell) que Bravman no recuerda demasiado bien por lo feliz que era”. La felicidad de la compañía en tiempo presente —eso que resumimos como “amor” para que no se nos caiga de las manos— anula al mundo, a la materia que debería transformarse en la carne del recuerdo futuro. La felicidad, con su carencia absoluta de fines, es la pre-condición del olvido.
De ese mismo olvido que (una vez más) precisa el hombre para continuar con vida. O, como escribe Cohen, de esa actitud que debe subyacer al hombre vivo: “Nadie nos espera, nadie nos extraña”.
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