
Esta vez es Indiana Jones el héroe recuperado a la fuerza por culpa de esa crisis de contenidos que la industria del cine se ve incapaz de frenar. Dado por muerto y enterrado varios años atrás bajo la lógica aplastante del cambio generacional, Hollywood tira ahora de él en un penúltimo intento para disfrazar la definitiva muerte del negocio cinematográfico en salas.
En realidad, hace ya mucho tiempo que los grandes productores desviaron su mercado hacia otros puntos de venta con mejor aprovechamiento pecuniario. El séptimo arte, como tal, es sólo ya el trampolín de lanzamiento del videojuego de turno o la teletaquilla de marras, románticos empeñados en negar la evidencia al margen.
Decíamos que retorna el jefe de la aventura de la década de los ochenta y lo hace, no podía ser de forma diferente, bajo el aspecto del actor cuyo pellejo se halla indefectiblemente unido a su imagen. Quizá sea la última oportunidad de Harrison Ford para desplegar virtudes físicas que a los sesenta y cinco años suelen perderse; puede que constituya el capítulo definitivo antes de un retiro dorado en alguna isla paradisíaca; a lo mejor se trata del sempiterno trabajo en aras de mantener una cuenta corriente con el sudor del especialista encargado de doblarle en las escenas de riesgo (suponemos que todas). Sea cual fuere la razón, Ford e Indiana vuelven a mostrar esa indisolubilidad que siempre caracterizó a los grandes maridajes formados por el superhombre y su intérprete en pantalla.
Primero fue un Arca de la Alianza perdida que Hitler pretendía para proclamarse Mesías, luego un templo maldito y unos niños desaparecidos junto a una piedra preciosa con poderes mágicos y, después, en la supuesta aventura definitiva, una cruzada alrededor del mismísimo Santo Grial. Al arqueólogo Jones le gustan búsquedas exóticas e imposibles que el común de los humanos siquiera llega a imaginar.
Algo achacoso y fondón, promete encontrar ahora una calavera de cristal que trae por el camino de la amargura a extraños agentes de la Unión Soviética. ¡Vuelve la guerra fría tras el paréntesis otorgado por la campaña del Islam! No crea nadie que la confección de esta ¿conclusiva? argumentación ocupó escaso movimiento neuronal entre quienes tuvieron la responsabilidad de crear la excusa.
Retorna el jefe de la aventura de la década de los ochenta y lo hace, no podía ser de forma diferente, bajo el aspecto del actor cuyo pellejo se halla indefectiblemente unido a su imagen
Ni más ni menos que el hindú M. Night Shyamalan, artífice de El sexto sentido, Kevin Smith, alocado creador de Clerks, Sir Tom Stoppard, dramaturgo de enorme prestigio entre cuyas redacciones para el cine figura Shakespeare enamorado y Fran Darabont, el de Cadena perpetua, juntaron líneas y párrafos con el objeto, no conseguido, de satisfacer las pretensiones de George Lucas, obcecado en una reflexión sobre Indiana que sólo un todoterreno como David Koepp, tan capaz en un roto (Parque Jurásico) como en un descosido (Spiderman) supo comprender.
Claro y diáfano lo de Steven Spielberg en la dirección y el citado Harrison Ford en la encarnación, rodear al héroe de secundarios tuvo menor trascendencia, tan poca que mencionando a Cate Blanchett , Karen Allen y John Hurt se cubre el expediente. Lo de John Williams en el apartado musical se sobreentiende, al igual que lo del ínclito Lucas al mando de todo.
En otro tiempo, en otro lugar
Corre mala época para el héroe de trazas clásicas, no así para el superhéroe de porte atlético enfundado en traje ajustadísimo que traslada al todavía llamado celuloide una filosofía nacida en el cómic. Viejo, vetusto, cansado y perdido en la civilización del SMS, el email y la play, el paladín de antaño exuda sus últimos jugos a la espera de obtener la complicidad de quienes, en aquellos tiempos y lugares de grandeza, basaron en él una fantasía que los bancos, gobiernos y falsos amigos se encargaron de descomponer. Pilla un poco hundido en las miserias de la vida regresos tan dependientes de la nostalgia.

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