
El Musac organiza un ciclo de cine y conferencias bajo el título ‘Construyendo voces’ que mejor hubiera aceptado un epígrafe tipo ‘Extrayendo silencios’ conforme a la poca repercusión pública de dos de los tres cineastas homenajeados (con el otro un ‘Recuperando balbuceos’ hubiera bastado).
Cosa de cualquier modo digna de encomio dada la poca repercusión del universo cinematográfico que nos invade, y más dentro de un redil obsesionado con formas artísticas todavía no inventadas por vidas inteligentes, pese a la compresión política de las mismas. No es raro que almas condenadas a la hoguera inicien una búsqueda de lo absoluto en la sinrazón de lo anodino; cuestión de relativizar lo importante y volcar la pasión en lo superfluo (cultura de gobernante que, al fin y al cabo, no viene al caso).
Comienza el asunto, mediante una cronología a la inversa, con Uno de los dos no puede estar equivocado, un film que utiliza el cine a través de la necesidad de contar historias que cada uno de nosotros cargamos en el morral de nuestra subconsciencia
La susodicha retrospectiva tiene a Pablo Llorca como protagonista del mes de octubre (los venideros ya tendrán su espacio). Hablar, escribir o practicar cualquier otra forma de lenguaje sobre este autor es hacerlo de alguien tan ignoto entre ciudadanos libres de toda sospecha como alabado entre artistas cautivos de toda afiliación, es así de inverosímil y carente de veracidad la opinión de quien recibe la subvención.
De cualquier modo el tal Pablo Llorca es un tipo interesante… en la justa media de lo que alcanza para respaldar tal calificativo. Posee un número de trabajos que pudiera ser considerado suficiente para lo que se lleva por parajes tan dependientes del mamoneo como los nuestros y por tanto ya es hombre proclive a juicio, aún a costa de resultar somero por la nula difusión de su obra.
Es de resaltar, en primer lugar, su inicial contribución al arte de la imagen en movimiento, conocida por Venecias y no incluida en este ciclo, imaginamos que por la imposibilidad de poder hacerlo. Se trata de un ejercicio experimental —puesto en imagen, voz y movimiento por Julio Simonet e Icíar Bollaín— lastrado por la presuntuosa forma de mostrar la sencillez argumental que le caracteriza en el cual, no obstante, se observan ciertas formas de introspección que, gracias al entorno mágico, logran instantes de verdadera profundidad. Pero vayamos con lo programado dentro de este homenaje.

Comienza el asunto, mediante una cronología a la inversa, con Uno de los dos no puede estar equivocado, un film que utiliza el cine a través de la necesidad de contar historias que cada uno de nosotros cargamos en el morral de nuestra subconsciencia. Luis Miguel Cintra, Mónica López y Alberto Jiménez dan cuerpo y alma a la supuesta relación entre el Diablo y una periodista de televisión largos años enterrada a causa del rechazo. Aquí, como en la práctica totalidad de la filmografía de este madrileño de cuarenta y tantos años, lo que se ve importa menos que lo escondido.
Una semana después los aficionados que hayan quedado con ganas tienen a su disposición un laboreo cinematográfico ambientado en el Berlín de 2004, La cicatriz, sobre otro relato de amores fuera de la órbita terrestre en el que una solitaria mujer irlandesa proporciona información vital a quien no debía ni mirar a la cara. Pero algo en el alma que le induce a ello, cambia el guión a seguir. Ángela Pugh y Ludovic Tattevin al frente de un reparto que ni los familiares más cercanos de sus miembros aciertan a reconocer.
Cierra la serie de manufacturas del tal Pablo Llorca un grupo de cortometrajes conocidos por sus nombres, es decir, La cocina en casa, Las olas, Pizcas de paraíso y Aníbal y el mundo
A continuación asoma en la pantalla del museo de arte contemporáneo más emblemático de la ciudad un drama, también, acerca de una pasión equivocada… coincidencias de la vida. Es La espalda de Dios, que interpretan Isabel Ampudia, Alberto Jiménez y Pedro Casablanc según los parámetros marcados por una historia de una mujer en progresivo estado de descomposición anímica por culpa de un sentimiento mal entendido.
Luego, Todas hieren, o cómo un joven matrimonio se ve en la tesitura de alojarse en la casa de un arquitecto más raro que un político decente. Luis Miguel Cintra y Leonor Watling al frente del meollo argumental de la que, quizás, sea la película menos petulante de su autor, por tanto su mejor alarde en el medio.
Para acabar el repertorio de largos se ofrece Jardines colgantes, o por qué un sastre se instala en un edificio enorme para encontrarse cerca de la dama que ama (constante donde las haya lo de los misterios del corazón en este cineasta). Icíar Bollaín y Feodor Atkine encabezan la ficha artística.
Cierra la serie de manufacturas del tal Pablo Llorca un grupo de cortometrajes conocidos por sus nombres, es decir, La cocina en casa, Las olas, Pizcas de paraíso y Aníbal y el mundo.
Sólo cabe desear que todo sea para bien y no se produzcan daños, ni en el alma ni en el mobiliario.

Programa:
Miércoles 1 de octubre
19:00 Conferencia: Pablo Llorca
20:10 Proyección: Uno de los dos no puede estar equivocado
Miércoles 8 de octubre
20:10 Proyección: La cicatriz
Miércoles 15 de octubre
Proyección: La espalda de Dios
Miércoles 22 de octubre
Proyección: Todas hieren
Miércoles 29 de octubre
Proyección: Jardines colgantes
Miércoles 5 de noviembre
Proyección: Cortos Pablo Llorca
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