Sorprende de forma negativa la reacción de algunos sectores de la cultura progre de este país respecto al fallecimiento de Charlton Heston, guste o no, uno de los más importantes mitos del séptimo arte. Descalificaciones tipo ‘un facha menos’, ‘pésimo intérprete’, ‘actor obsequiado con un injusto Oscar’ o ’sujeto que ningún amante de la democracia recordará’, esconden una ausencia de ilustración fílmica rayana en la plena estulticia. La conveniencia de separar vida pública y artística, semblante ante los espectadores y rictus profesional, ideología de derechas/izquierdas y contribución al oficio desempeñado, realidad y fantasía, en definitiva, creemos que se impone como virtud necesaria para una reflexión basada en la objetividad. Sólo así, nombres hoy en entredicho a causa, sobre todo, de tendencias políticas, pueden ser calibrados en la dimensión que merecen.
Presidente de la Asociación Nacional del Rifle, sí… pero también miembro activo del movimiento por los derechos civiles en la década de 1960 y luchador en favor de los demócratas Adlai Stevenson y John F. Kennedy (quede claro lo estéril del estereotipo enunciado), Charlton Heston alcanzó la gloria del celuloide introduciéndose en el pellejo de personajes “más grandes que la vida misma”, como los americanos suelen decir. Esta innegable circunstancia, estatuilla dorada incluida, crearía, no obstante, otro modelo adulterado, un falso icono que, lejos de producirle beneficios, redundaría en un desprecio casi absoluto hacia el resto de su obra.
Presidente de la Asociación Nacional del Rifle, sí… pero también miembro activo del movimiento por los derechos civiles en la década de 1960 y luchador a favor de los demócratas Adlai Stevenson y John F. Kennedy
Valga la grandeza épica de Moisés, Juan el Bautista, Marco Antonio, El Cid, Miguel Ángel, Richelieu, el presidente Andrew Jackson o Buffalo Bill, pero nunca a manera de tapadera de una carrera que parece indigna de mención y que contiene títulos y autores como Pasión bajo la niebla de King Vidor, Sed de mal de Orson Welles, Horizontes de grandeza de William Wyler, Mayor Dundee de Sam Peckinpah y Cuando el destino nos alcance de Richard Fleischer, por sólo citar unos ejemplos.
Tal vez esta resumida trayectoria, no gratuita ni regalada por un productor a la caza de físicos hercúleos, sino fruto del éxito en Broadway, sea desconocida y negada por quienes únicamente ven genialidad en cerebros agradecidos del poder que toca, hínchense o no luego éstos de discursos de contenido social. Es seguro, sin embargo, que cualquiera de ellos, izquierdistas de boquilla y capitalistas de condición, quemaría su currículum a cambio de uno sólo de los méritos por este actor conseguidos.
Heston nació y murió para un oficio del que fue estrella. Igual que John Wayne y la práctica totalidad de una industria entonces patriotera y conservadora que veía fantasmas en todos los sitios, casi como la sociedad española de ahora.
“Así es —dijo Sancho— pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de tierra, cuanto más encima en el cielo”.
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Como es costumbre de las cintas de su director, Baz Lurhman, la fotografía es impecable. La fotografía llega a ser soberbia en algunas escenas y los efectos especiales son magníficos, impresionantes (la parada de la manada de vacas al borde del principio es perfecta)
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