
Sorprende la acogida crítica recibida en Estados Unidos por esta comedia ‘typical spanish’ que reúne los más rancios tópicos sobre nuestra filosofía en el arte de la cubrición. Quizá por ello haya sido.
De buenas a primeras, el maestro que nunca hasta ahora se había equivocado —o casi—, el genio indiscutible en la creación de diálogos y situaciones delirantes dentro de un trasfondo existencialista de calado volumen espiritual, el cineasta capaz de retar a Hollywood en defensa de intereses personales y artísticos aun a costa de ingresar en la nómina del paro, quien nunca antes necesitara rendir cuentas a nadie por un problema de prebendas, se descuelga con un trasunto de comedia a medio camino entre las gruesas extravagancias de Ozores y las glamourosas vacuidades de Almodóvar cuya justificación pone en entredicho el posible futuro del responsable de buena parte de las mejores reflexiones sobre el ser humano del último cine norteamericano.
Calidad de semental se llama el fenómeno según el cual un habitante de este país libra toda clase de barreras político-culturales y se apresta a conquistar el resto de continentes mediante la monta indiscriminada de féminas provenientes de lares más pacatos y ordenados en su deambular sentimental
Tachado de neurótico, hipocondríaco, maniático y ateísta por una sociedad demasiado sensata, cabal, normal y crédula para asimilar diversidades, Woody Allen se halla en la situación perfecta para no explicar a nadie el porqué de su renuncia a vivir como los demás y, por ende, a hacerlo según la teoría cultural practicada en cualquier país satélite de ese imperio puesto patas arriba por un par de aviones de condición fundamentalista.
En Vicky Cristina Barcelona el autor neoyorquino ofrece algo nunca visto en su extensa filmografía, una enorme concesión a la sana ilusión de rodar en parajes amigos que acepta el calificativo de banalidad pero asimismo puede asumir la denominación de oportunidad, ganas de quedar bien ante un gentío cómplice de su talento y esclavo de su erudición al que es lícito honrar proporcionándole lo que mejor asume y propaga al resto del universo, lo que dignifica al habitante medio de esta piel de toro que un día se comió el mundo pero nunca lo digirió y acabó engullido por su propio vómito.
Calidad de semental se llama el fenómeno según el cual un habitante de este país libra toda clase de barreras político-culturales y se apresta a conquistar el resto de continentes mediante la monta indiscriminada de féminas provenientes de lares más pacatos y ordenados en su deambular sentimental. Norteamericanas listas, atractivas pero frígidas por mala atención; españoles bohemios, borrachos y carentes de sentimientos a la hora de herir la sensibilidad de la pareja cuando una hembra reclama atención a sus imperiosas necesidades vaginales.
A eso limita el realizador en continuo estado de forma —hasta aquí— su aventura en una España a la que en realidad quiere agradecer las reverencias mostradas, en especial a esa Barcelona que no duda en enseñar a través de sus barrios y monumentos más emblemáticos y un Oviedo incluido en la narración con el calzador de los zapatos más ajustados que pensarse puedan.
Responsables de los ayuntamientos de Barcelona y Oviedo admirarán de forma sempiterna a este gran hombre que en un momento dado puso el único lunar en su carrera para resaltar las beldades de ambas urbes así como de los viriles y culturetas hombres que las habitan
Doblaje aparte, rayano en lo patético surge el físico de Javier Bardem en un personaje que nunca llega a crecer por lo obvio del contenido o el desquiciante deambular de una Penélope Cruz a gusto y sin dirección, por lo tanto insoportable; ello con la Scarlett Johansson más desaprovechada desde su nacimiento y la Rebecca Hall que nadie nunca llega a esperar por apenas nacer al final del film.
Responsables de los ayuntamientos de Barcelona y Oviedo admirarán de forma sempiterna a este gran hombre que en un momento dado puso el único lunar en su carrera para resaltar las beldades de ambas urbes así como de los viriles y culturetas hombres que las habitan.

La música de Paco de Lucía y el Entre dos aguas a lo largo de la práctica totalidad de la narración era lo que cabía esperar que aportara un desconocedor de nuestra idiosincrasia que pide información sobre lo que de verdad cuenta en esta nación (Si alguien discute su gusto en estas materias es porque, por primera vez, no ha sido el suyo).
¡Por favor, Woody, no salgas nunca más de Manhattan, aunque la bombardeen!
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