
Aún bajo el influjo de la poderosa No es país para viejos, diario de una máquina de matar capaz de percibir movimientos extrasensonriales si ellos conducen a la satisfacción del deber cumplido, podemos ya disfrutar de lo último de los Coen, Quemar después de leer, crónica de una estupidez humana perfectamente adaptable a los tiempos que corren alrededor de nuestros impuestos. En aquélla se muere y mata por la gratuidad del hecho mismo; en ésta por la sencillez misma del hecho
Joel y Ethan conocen a la perfección la putrefacta sociedad en que vivimos, la mísera condición de un ser vampírico en constante alerta sobre la debilidad de la víctima que ignora el significado de conceptos como inteligencia, mesura y adecuación a la falsaria democracia si en ello le va la oportunidad de medro.
Los imbéciles retratados por esta singular pareja de autores llevan su particular adocenamiento a límites de lo absurdo a causa del desatinado mundo que les rodea; no son culpables, sino reos de un establishment en tan precario estado mental como ellos, quizá aun superior. No es extraño su intento de buscar ganancia mediante actos delictivos ya que los poderosos lo hacen. Al fin y al cabo son idénticos pero el rango social diferencia a los unos de los otros. Desigual autoridad, análogo cretinismo.
Desde Sangre fácil a The Ladykillers pasando por Arizona Baby o Crueldad intolerable, lo suyo son historias de perdedores, verdaderos chapuzas con anhelos de genios a los que un grado superior en su escalafón social fuerza a intentar el ánimo de lucro presente en cualquier ciudadano libre de toda sospecha.
El sarcasmo y la ridiculización de esos estereotipos forman el particular universo de estos cineastas a los que el Oscar logrado es posible que repercuta en sentido contrario a su auténtico valor, es tan triste el sistema que, precisamente, ellos retratan con tanta exactitud. La CIA, el FBI (cuya única mención justifica su acción), el matrimonio, los contactos vía Internet para mantener relaciones sexuales, los rusos y su encubierta guerra fría, las cirugías para mejorar físicos con escaso remedio, los desheredados de departamentos de estado que siguen con el pensamiento de una utilidad que sólo ellos riegan a diario, la escasa importancia de estar vivo o muerto a tenor de la condición individual, la poca utilidad de ser quien eres porque al final no eres nada…
Los Coen ponen en solfa nada menos que todo eso con un salvajismo que, únicamente su acostumbrada fórmula de convertir en parodia la realidad, salva de toda posibilidad de análisis. Prevalece la comedia sobre un fondo en el que lo trágico raya lo grotesco. El embrollo montado en esta ocasión a raíz de un simple CD perdido en un gimnasio que va a parar a dos de los mayores candidatos a gilipollas del año provoca una sucesión de acontecimientos que ningún cineasta en sus cabales —o sea, domeñado por imperios económicos o mediáticos cuyas observaciones varían según el grosor del sobre puesto a disposición del encargado de la valoración— osaría dirigir hacia el intelecto humano sin antes consultar con su representante.

En una suerte de narración sencilla, atrevida, fuera de todo asomo de realce y consecuente con una forma de vida en descomposición, no por ello menos divertida, los Coen reivindican la forma de realizar un cine que debiera provocar la retirada de algunos próceres que lo dijeron todo en escasos cinco minutos y, sin embargo, llevan varios largometrajes a sus espaldas gracias a apoyos publicitarios de dudoso origen. Es una ley en la que el tonto, al final, acaba consiguiendo el agrado del Estado para seguir ejerciendo su labor, que vienen a decir los Coen en Quemar después de leer.
La actriz española Cruz competirá por el premio a la Mejor Actriz de Reparto con Amy Adams y Viola Davis, por 'La duda'; Taraji P. Henson, por 'El curioso caso de Benjamin Button'; y Marisa Tomei, por su trabajo en 'El luchador'
Sundace, el festival que creóado por el Instituto Sundance de Robert Reford y que dirigie Geoffrey Gilmore, celebra su 25 cumpleaños, con una muestra que hace honor a la recensión mundial, todos son dramas
Como es costumbre de las cintas de su director, Baz Lurhman, la fotografía es impecable. La fotografía llega a ser soberbia en algunas escenas y los efectos especiales son magníficos, impresionantes (la parada de la manada de vacas al borde del principio es perfecta)
Las dos dimensiones serán al cine lo que el vinilo a la música, una vez se generalicen los títulos que permiten que las imágenes se salgan de la pantalla
Clint Eastwood tras la cámara ofrece una marcada tendencia a plantear temas de fuerte controversia social en los que la ley ejerce de elemento coercitivo
Nueva versión de un clasico del cine de ciencia-ficción de los cincuenta con Keanu Reeves en plan extraterrestre
El ejemplar mensaje de 'Un gran día para ellas' viene a decir algo así como que la fortuna siempre está del lado más oprimido de la sociedad
El Bond actual se transforma en carne y hueso para abandonar su anterior aspecto robótico
Pura y diáfana en los cometidos,'Gomorra' inaugura -que no inventa- un género perdido en la memoria a través del cual el envoltorio cede al contenido
Ridley Scott opta, en sus últimas muestras de supervivencia, por un estilo intachable en lo formal que presenta, no obstante, serias vacilaciones en lo más profundo




















