
Quien propusiera al universo fílmico obras como El milagro de P. Tinto y Mortadelo y Filemón, claros referentes del surrealismo desternillante y carente de cualquier ánimo de polémica, se adentra ahora en los difíciles vericuetos del fanatismo religioso más ominoso de nuestra cultura.
Con los preceptos y formulismos de la Obra como agentes inductores del drama desarrollado alrededor de una pobre chiquilla a la que se cercena de cuajo su cualidad innata para amar, Javier Fesser dibuja un esqueleto cuya carne pertenece a un dios inmisericorde; no digamos ya su alma, en continuo estado de alerta ante la putrefacción derivada del simple capricho infantil.
La alegría viene de saberse hija de Dios, importa poco otras consideraciones que arrastren a la familia al pecado de ser feliz en la tierra, al desaire de no contribuir a la manutención de un representante del Todopoderoso disfrazado de cuervo capaz de devorar piel, entrañas y posesiones materiales en beneficio del espíritu, al fin y al cabo único valor a tener en cuenta por la prelatura que coloca a todos los humanos en condición de alcanzar la santidad. Nada mejor para convencer a los laicos de su coyuntura dentro de un mundo reservado a portadores de sotanas teñidas de manchas imborrables hasta por el mejor detergente.

Fesser no desvirtúa —más al contrario— ningún concepto ni propaganda de la Obra. Omite entrar de lleno en su particular forma de captar fieles para realzar la debilidad de los súbditos voluntarios, víctimas o no de una implicación moral obligada al estrellato celestial. Consigue —que no es poco y además huele a defensa en perpetuo estado de alerta por la parte contrariada— proyectar al ser humano su capacidad individual, el inalienable derecho a decidir por sí mismo y educar a su prole sin necesidad de rendir cuentas a una organización que trata a sus sustentadores como ovejas descarriadas a las que un perro degüella en virtud de una santidad sólo entendida por el Salvador… ¡Vaya usted y le pregunte la verdad del enunciado al susodicho!
Tan sencillo como una niña que vive un enamoramiento con un chaval de su edad que incluso corresponde a la pasión, no hay nada. Menos complicado que el retrato de una pequeña con ganas de vivir y ser sencillamente humana, con defectos y virtudes, imperfecciones y aprendizajes para solucionarlas, apenas existe oposición.
Hablamos de una historia de corte histórico en la que la infante más feliz del mundo deja de disfrutar tal condición a cambio de una posible beatificación que conlleva su anulación como chiquilla; como ejemplo de una honestidad, simpleza y naturalidad ante la vida que sólo una inquisición llamada aberración religiosa quita la sensación de estar viva… eso sí, a cambio de la supuesta beatificación y, por lo tanto, figura a estudiar por los futuros ganapanes de este particular ecosistema.
Falla el autor en la fórmula a tratar, en esa tibieza a la hora de denunciar al ogro y en esa somnolencia que provoca la conjunción de dos Jesús equivocados a la hora de entregar el amor puro, nada menos que el de una chavala cuya única culpa reside en el amor a la vida, no a la muerte, principio básico del templo erigido por los gobernantes autodenominados pastores.

Si no fuera por la fantasía post-mortem, entendida ésta como el principio de la aventura a desarrollar desde el primer movimiento del ratón que dibuja el camino verdadero, que hubiera supuesto media hora menos de metraje a la maniobra, así como su apunte somero e incluso cobarde de la misión del gran prócer del Opus, diríamos incluso que Javier Fesser hubiera acertado. Con tales temas conviene, de una vez por todas, ir directo y a la cabeza, sin ambages.
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