
Allí donde la vida de lujo y molicie implanta una barrera para aislar al otro mundo, en el lugar preciso en el que la clase acomodada merced a una razón ideológica cualquiera traza la linde que disocia su bienestar del horror, dentro de un fino espacio destinado a separar dos existencias condenadas a una convivencia basada en el exterminio del más débil, justo en medio de esa delgada línea que nunca ha dejado de existir sitúa El niño con el pijama de rayas su excusa para formular un teórico alegato en contra del holocausto nacionalsocialista regido por Adolf Hitler y secundado por tres cuartas partes del mundo.
Es teórica la argumentación esgrimida a modo de denuncia porque la brutalidad cometida más allá de la alambrada es escondida en aras de una soledad infantil; no por triste, menos frívola en comparación con el drama vivido a escasos metros. Resulta utópico el fundamento ya que el genocidio sólo adquiere visos de irracionalidad cuando el rapaz bien cuidado y alimentado traspasa la frontera del infierno; no por supuesto, menos presente a lo largo y ancho de un metraje más ocupado en el aburrimiento de un retoño en plenitud de sus posibilidades que en el desairado destino de un guaje bajo condena.
Todo el mundo parece haber leído la novela de John Boyne y todo el mundo proclama la superioridad de ésta frente al film de Mark Herman, el autor de la encantadora Tocando el viento. Huelgan las comparaciones a causa de la sempiterna cantinela de la diferencia de lenguajes y se hace cada vez más importante analizar ambos productos, literario y cinematográfico, por separado.
Respecto al que nos ocupa, el de la imagen en movimiento, El niño con el pijama de rayas cumple a duras penas un papel de simple corrección formal que no solapa el vacío de contenido de su tópico repertorio de personajes y situaciones. Bien estructurados los sistemas según los cuales respira satisfecho tras la conclusión del film —ello con la rebuscada sensación de haber contribuido a una especie de lavado de moral mediante el empleo de seis euros para atestiguar el infame proceder del demonio nazi—, el espectador nunca llega a utilizar el menor porcentaje de lógica en la búsqueda de alguna sensación nueva; más al contrario, se diría que ni renueva ni elimina ninguna de las percepciones previamente establecidas con anterioridad al visionado de esta cinta nacida para visionar en un entorno familiar.

¡Qué lujo pensar que pudiera suceder algo así! (sin ánimo de desear la defenestración vital de un inocente, aunque sí la tragedia de quien sólo observa dolor en los suyos y considera insensible la carne del felón de otra raza cuyo único pecado consiste en ser el epicentro mundial del dolor). Mezcla de lástima y justicia de un cielo propiedad de un gobernante que soporta representantes en la tierra que, ya sea mediante una esvástica o una cruz, implantan justicia siempre entre los menos favorecidos.
Salvo la pequeña anécdota de ese interesante enunciado, que a decir verdad ocupa únicamente condición de involuntario hecho, la narración de la obra —llamada a ser una de las más trascendentales de la temporada— pierde fuelle a medida que avanza, cada vez que se pone a discernir entre la separación entre el oprimido y el opresor, entre el judío gaseado a causa de su raza y el verdugo convertido en demonio sistemático de cualquier proyecto fílmico que quiera poseer el alma del palomitero de antemano.

Cree la industria que gracias a la utilización de un villano tipo está todo conseguido y nada más lejos de la realidad; hace falta un tipo de villano. Es necesario, sobre todo, una forma de decorar argumentalmente el sinsentido de una manera de actuar que en pantalla necesita algún aliciente superior a la retahíla de símbolos e iconos del Tercer Reich.
La actriz española Cruz competirá por el premio a la Mejor Actriz de Reparto con Amy Adams y Viola Davis, por 'La duda'; Taraji P. Henson, por 'El curioso caso de Benjamin Button'; y Marisa Tomei, por su trabajo en 'El luchador'
Sundace, el festival que creóado por el Instituto Sundance de Robert Reford y que dirigie Geoffrey Gilmore, celebra su 25 cumpleaños, con una muestra que hace honor a la recensión mundial, todos son dramas
Como es costumbre de las cintas de su director, Baz Lurhman, la fotografía es impecable. La fotografía llega a ser soberbia en algunas escenas y los efectos especiales son magníficos, impresionantes (la parada de la manada de vacas al borde del principio es perfecta)
Las dos dimensiones serán al cine lo que el vinilo a la música, una vez se generalicen los títulos que permiten que las imágenes se salgan de la pantalla
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Pura y diáfana en los cometidos,'Gomorra' inaugura -que no inventa- un género perdido en la memoria a través del cual el envoltorio cede al contenido
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