
Que algunos críticos cinematográficos de nuestro país intenten justificar un dechado de incongruencias como Sólo quiero caminar redunda en detrimento de una industria que, como la española, cada día muere un poco más víctima de la crisis global, sí, pero sobre todo a causa de su total inoperancia para competir dentro de un sistema de producción en el que se valore algo más que los amiguetes dispuestos a prestar financiación.
El bueno y mustio de Agustín Díaz Yanes ya está en el club de los elegidos, en ese ámbito caracterizado por la parafernalia de presentaciones y reportajes en los principales noticieros de España. Suyas fueron la ejemplar Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto y la interesante Sin noticias de Dios. También la insoportable Alatriste, monumento al despilfarro en aras de su inclusión en la camarilla de autores sin nada que decir pero con película segura que realizar, y esta deformidad artística cuyo único sentido reside en dar pábulo a un feminismo ramplón en el que las heroínas de Tarantino resultan sombras demasiado alargadas para osar alcanzarlas.

El autor, obsesionado con el ‘arte’ de torturar reses aunque ello sea constitutivo de brochazo grueso al guión, si es que lo hubiere, no ha querido, sin embargo, dotar de demasiado carácter tradicional a su cuadrilla de matadoras. Una cada vez más insoportable Victoria Abril que vive del recuerdo y, sobremanera del mecenazgo prestado al director en sus momentos de acceso al medio, amadrina un trío de sonámbulas en el cual Ariadna Gil ejerce de émula provinciana del Jef Costello encarnado por Alain Delon en El silencio de un hombre, Elena Anaya de pobre muchacha que logra salvarse de la quema tras permanecer en coma casi todo el metraje y Pilar López de Ayala de imposible atracadora con su cariz de reina virgen.
La nefasta elección de personajes nuca llega a desdecir, no obstante, la ridiculez de una historia sin sentido en la que los mafiosos parecen gañanes extraídos del peor subproducto de serie Z ideado por cualquier parvulario en esto del lenguaje fílmico.
¿Quiénes son esos peligrosos sujetos, rusos al parecer, que cazan in fraganti a una de las saqueadoras de sus caudales y llaman a la policía para que la detengan?, ¿o esos malvados traficantes mexicanos robados por partida doble por un cuarteto de mujeres al borde de un ataque de nervios que sólo ha demostrado destreza en el arte de la felación?
Quede claro que no se trata de menospreciar el poderío femenino aunque el mismo venga representado por unas Rambo de andar por casa, sino la absoluta inverosimilitud de un desarrollo argumental que ni siquiera el peor narrador de cualquier aventura de Jackie Chan hubiera jamás planteado.
Prueba de ello es la, asimismo, irrisoria integración varonil en el relato que Díaz Yanes ha pretendido asemejar, en cierta forma, al Grupo salvaje de Sam Peckinpah en lo épico y a González Iñárritu en lo agreste de una proposición carente de doctrina por la fuerza de su enseñanza. Si al alma se llega por lo físico no es gracias al encuentro de cuerpos, sino a la separación existente entre ellos.

El macho de la función, Diego Luna, paradigma del hombre frío, calculador y sin escrúpulos a quien un trauma infantil parece haber transformado en invulnerable a casi todo, menos al maltrato de una hembra (no entiende como tal la humillación del lavado de bajos de su socio a cambio de dinero) supone la burla más grotesca que el academicismo del sicario ha recibido en los recientes avatares del cine. Ello, unido al repertorio de imbecilidades proyectadas por los otros villanos, componen un panorama de lo más preocupante, a la vez que lamentable, para el futuro de nuestra razón de parir películas, máxime sabiendo que el director personifica lo ejemplarizante de esta labor.
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