DESCANSO Y DIVERSIÓN
CRÍTICA DE CINE/'RED DE MENTIRAS'
Espías con excesiva identidad
Peatóm | Gerardo Iglesias | 22·11·2008 | 06:03

La fecundidad productiva del gran cineasta británico atempera el análisis de su trayectoria, siempre sometida a la realización de obras maestras que, como Los duelistas, Alien, el octavo pasajero, Blade Runner o Thelma y Louise, sobrepasan la opinión de cualquiera respecto a su suficiencia dentro de un universo caracterizado por la vulgaridad.

Es en realidad sorprendente el ritmo creativo de este autor llamado a ser uno de los más grandes de la historia contemporánea, más físico y menos espiritual que Stanley Kubrick o Francis Coppola pero igualmente tendente al mito gracias a las obras señaladas. Su línea transmisora de sensaciones fílmicas ha rebajado el nivel extrasensorial en beneficio del comercial sin perder por ello, salvo en algunos hechos anecdóticos no dignos de mención por su singularidad, un toque especial que le hace diferente, en lo mayestático, al resto de cineastas con algún proyecto industrial entre manos.

Incapaz de emborronar, aunque sí de sostener a duras penas una producción cinematográfica como Dios manda y el hombre financia, Ridley Scott opta, en sus últimas muestras de supervivencia, por un estilo intachable en lo formal que presenta, no obstante, serias vacilaciones en lo más profundo, dentro de esas entrañas que antes tanto gustaba de explotar este original heredero de los más finos artesanos del séptimo arte.

Así lo revelan, al menos, El reino de los cielos, Un buen año, American Gangter y esta Red de mentiras mostrada ante el público como la quintaesencia de un cine en desuso que sólo las parodias de James Bond llegan a ceñir dentro de una zona antes sincera con el contribuyente.

A decir verdad, la red susodicha que teje el conspicuo artista no es más que una demostración de su habilidad innata para extraer conclusiones de donde sólo existen representaciones de un mundo consabido y complejo. Un mundo en el que el bueno asume tal responsabilidad cuando aparece la chica de turno para bosquejárselo; a manera sexy y material, por supuesto, pero sin hallar dudas en relación a lo contrario.

Sin la menor intención de denuncia o criticidad, aunque por sus movimientos sean reconocidos los culpables del injusto funcionamiento, Scott plantea un juego en los que los hombres de la CIA no adquieren condición de buenos o malos, casi de todo lo contrario, utensilios de un sistema corrupto que no deja títere con cabeza aunque sí a ésta con aquél debajo.

Ejemplificado el devenir del establishment en la figura del personaje encarnado por un Russell Crowe cada vez más convertido en estrella a la vieja usanza —o sea, capaz de borrar del mapa todo lo que ocurra alrededor suyo, película incluida—, las migajas restantes son recogidas por un Leonardo DiCaprio en plan idealista que no duda en mantener su cariz patriota, pero sólo hasta que aparece la chica que le hace recapacitar sobre su equivocación acerca de las intenciones del país que viene defendiendo a lo largo y ancho de un amplio territorio vital.

No es Scott quien mejor profesa el método de ir directo y a pleno cerebro del agente agresor llamado gobierno. Lo suyo son las secuelas padecidas por un grupo de insignificantes hombres a sueldo de un maremágnum de intereses del que ellos son principales víctimas, pero asimismo distinguidos responsables de la tragedia ulterior. Culpa de un pobre hombre por convertirse en garante de una forma de manejar mentes que a lo largo de 21 siglos se ha confirmado como improcedente con nuestros hábitos. De ahí la confrontación.

Vale ello, no así que un fornicio en ciernes haga dinamitar todo lo visto hasta ahora en virtud de una pureza nunca visible a lo largo de más de dos horas de metraje en las que un invento llamado CIA reafirma su tecnología para controlar el alma del individuo. Lástima que ésta ya tenga dueño, aunque el mismo varíe según el capital dinerario a publicar en la prensa.


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