DESCANSO Y DIVERSIÓN
CRÚITICA DE CINE/'QUANTUM OF SOLACE'
Licencia para cambiar
Peatóm | Gerardo Iglesias | 6·12·2008 | 06:05

La película número 22 del agente secreto más importante de la historia cinematográfica sitúa a nuestro hombre en medio de una maraña emocional, en plena lucha con un enemigo interior de superior fuerza al rival acostumbrado.

El Bond aquí expuesto manifiesta debilidad ante sí mismo y, de paso, aparece algo más vulnerable frente a los demás. No es que no venza y convenza, que falte al respeto a sus legiones de fieles a la hora de presentarse como el más inteligente, seductor, hábil y contundente de los seres humanos de un planeta amenazado por renacidas hordas de terroristas. En realidad su supuesto cambio obedece más a una doctrina de humanización del personaje que a una tarea de actualización del entorno, siempre igual de agreste y poblado de iluminados dispuestos a cambiar el universo.

No se trata, como algunos han querido ver, de una variación propiciada por un actor de muy diferentes características a las puestas en pantalla por Sean Connery, Roger Moore o Pierce Broosnan —con todo, de menor rudeza—; tampoco de una vulneración de los derechos fundamentales de una personalidad con tanto arraigo en el sentir de varias generaciones de espectadores.

Estamos, simple y llanamente, ante la conversión en carne y hueso de quien parecía dotado de resortes relacionados con la robótica; cara a cara con un hombre harto de eliminar representantes del mal mediante la ironía y una sexualidad a prueba de bombas cuyo sentir, de pronto, comienza a experimentar sentimientos cercanos a los hombres de a pie. Venganza, odio, cansancio e incluso una incipiente impotencia caracterizan a este Prometeo de un mundo justo que el devenir de los años ha convertido en utopía.

El mañana a veces muere

Centrados en la trama de la nueva andanza del agente con licencia para matar, ésta merece figurar entre las más endebles y anodinas de una saga en periodo de extenuación. Sin el sustento de la base literaria aportada por Ian Fleming y carente de una Guerra Fría capaz de mantener la eterna tensión, la filigrana argumental de James Bond lleva tiempo inmersa en un callejón sin salida en que las espectaculares mujeres y las preciosistas escenas de acciones salvan, a duras penas, un metraje cada vez más hinchado.

En Quantum of Solace la acción narrada, pese a ocupar el menor espacio que uno recuerda en la serie, demuestra que algo grave ocurre en lo que a montar engranajes narrativos se refiere. Demasiado dispersas sus fórmulas de captar la atención del espectador hasta la culminación final, la película adolece de falta de originalidad en rasgos que en anteriores capítulos aportaban chispa al siempre maniqueo tratado de la obra original.

Llámese falta de un verdadero núcleo alrededor del cual colocar las diversas piezas que una vez tras otra han funcionado, y que forman la esencia del agente especial de mayor peso en el celuloide (martinis, chicas, coches, socarronería, incorporaciones tecnológicas, enemigos de superior inteligencia), o sencillamente agotamiento guionístico una vez cumplido el objetivo de perfilar hasta el último detalle del lenguaje oral y visual que rodea al mito, el caso es que Bond asoma caducado y amortizado para sucesivos intentos.

La culpa no es de nadie y todos, al mismo tiempo, son culpables. Ha sido unánime el amor prodigado y también la constatación de una caducidad a la que nunca nadie osó poner fecha. El mañana a veces muere aunque sólo sea para tus ojos y, pese a que el mundo nunca posea suficiente poder para cerrar un capítulo que ya es un diamante para la eternidad, quien con tanto valor desempeñó la labor de hallarse al servicio de su majestad conservará, sólo para tus ojos, la leyenda de tantas espías que le amaron.

Descansa en paz, querido héroe de semejantes empresas, no por cercanas a la consunción, menos ensoñadoras.


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