
La intachable trayectoria de Clint Eastwood tras la cámara ofrece una marcada tendencia a plantear temas de fuerte controversia social en los que la ley ejerce de elemento coercitivo. Sus últimos trabajos revelan, cada vez con mayor fuerza, esa predisposición.
Ya sea gracias a un fugitivo que sólo encuentra comprensión en la inocencia de cierto niño, a través de la ejecución inminente de un hombre sobre el que se alberga serias dudas de culpabilidad, a raíz del asesinato de una niña en un barrio dentro del cual nadie escapa de la foto o mediante la justificación de la eutanasia más valiente y hermosa que el cine haya aportado a lo largo de sus más de cien años de historia, los últimos ejercicios del hombre de Malpaso inciden con superior fuerza en la sinrazón de la violencia y, principalmente, en la arbitraria fórmula de neutralizarla que una serie de prejuicios ha convertido en palabra de ley.

Próximo a mudarse en octogenario, el papel de este cineasta —uno de los más grandes con capacidad de poner el electrocardiograma en funcionamiento— restringido a partir de próximo Gran Torino a labores exclusivas de realizador, cobra especial realce, si cabe, en lo que de reflexionar acerca de la triste figura de los defensores del método se refiere en El intercambio.
En ella Eastwood refuerza su denuncia, muestra a la policía como la mayor mafia viviente y a las autoridades que rigen la labor de ésta a manera de episodio anecdótico tan sólo dependiente del manipulable voto ciudadano. Es precisamente en dicha intención en la que el californiano sale airoso y hasta convertido en profeta único de un mundo corrompido cuyos voceros transforman la mente del pueblo en lamentable cáncer de sí mismo, paradigma de un veneno que a fuer de ser persistente se ha transformado en vital.
Desde esa óptica, la ocupada en reflejar la barrera interpuesta entre pueblo y los por él elegidos en aras de un supuesto mantenimiento de la justicia, la película resuelve todas y cada una de las dudas que, sin embargo, su leitmotiv nunca llega a satisfacer.
El mismo gira en torno a una mujer soltera, blanca, que busca a un hijo perdido en el azar de la perturbación humana y apenas posee atisbo de lucha. Es la suya una guerra contra un sistema que desoye llantos pese a vivir de sollozos; huye de esperanzas porque vive en la realidad, no por pordiosera menos útil para los adaptados.

En Angelina Jolie tal encarnación asoma falsa, y no por sus excelentes cualidades como actriz, sobradamente demostradas en cintas que, como Inocencia interrumpida —título con más de un punto de unión a El intercambio en uno de los párrafos capitales de la acción—, pusieron de manifiesto sus dotes artísticas, sino más bien a causa de una representación carente del alma necesaria para semejante empresa.
Pintados sus labios de un rojo carmín que ningún avatar logra desteñir, sin el menor rastro de sufrimiento en un rostro perfectamente modelado, carente del lógico sentir en tales circunstancias, su episodio manifiesta la antinaturalidad propia de la estrella convencida de su gran oportunidad ante el Oscar a la que el glamour vence y, lo que es más criticable, convence a su realizador.

Dos partes bien diferenciadas caracterizan esta obra de quien se espera lo mejor tras la demostración de Million Dollar Baby. La una dibuja a una madre, de supuesto pesar, a quien la fortuna resuelve una papeleta que ella por sí misma nunca hubiera satisfecho (de madre coraje nada); la otra retrata el proceder de un cuerpo policial en entredicho que siembra de cadáveres su caminar hacia una reputación de la que dependen los peores individuos.
Un final complaciente, típico de superproducción con marchamo hollywoodense que reincide en los momentos menos atractivos del relato —curiosamente los centrales—, solapa unas intenciones que en muchos capítulos de la narración, concernientes en todos los casos a las denuncias del aparato encargado de velar por nuestro bienestar, alcanzan la verdadera identidad del Clint Eastwood que amamos y situamos más allá del bien, del mal y creíamos que del glamour.
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