Cine / Ocio: DESCANSO Y DIVERSIÓN

CINe/crítica

La humanidad en peligro

Peatóm | Gerardo Iglesias | 5·07·2008 | 06:09 |
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'El incidente'

'El incidente'. Zooey Deschanel y Mark Wahlberg en una escena de la última película de Shyamalan

Difícil propuesta para un público acostumbrado a ver películas de inicios anodinos, desarrollos forzados y finales previsibles. Complicado revés para quien crea en la publicidad y desee pasar un rato de sustos fáciles agarrado a una bolsa de palomitas al mismo tiempo que comenta la jugada con el partenaire de turno.

No estamos ante una de esas obras raras y complejas que sesudos cineastas fabrican a la medida de una feligresía volcada en percepciones artísticas tan sólo comprensibles por el autor o algunos de sus allegados más directos. Ni siquiera podemos decir que nos hallemos delante de un producto que pretenda ser diferente por el mero hecho de serlo; en virtud de fórmulas dirigidas a revolucionar un arte tocado, y casi hundido, a causa de la sinvergonzonería de unos iletrados que imaginaron saberlo todo sobre este negocio, un día catalogado como arte.

Lo que El incidente muestra es, sobre todo, la sinceridad de un creador y la obsesión de éste; la fórmula mágica de poder realizar el trabajo perseguido y la madurez para poder llevarlo a cabo.

El problema soy yo

El hindú M. Night Shyamalan es diferente dentro de una diversidad inexorablemente rendida al consumo. Puede parir, hasta el punto marcado en los taquillajes, lo que le venga en gana porque ya facturó a las hordas ensuciadoras de salas El sexto sentido. Y lo hizo bien, demasiado para una industria preocupada en el adocenamiento de sus víctimas. A partir de ahí nació el cineasta que él quiere ser, el narrador ocupado en advertir a la humanidad sobre el peligro que nosotros constituimos para la misma.

El protegido ya avisaba acerca de las carencias del individuo para sobrevivir en una sociedad incapaz de transitar dentro de un espacio compartido, en medio de la vorágine existencial conformada por asesinos, familiares, vecinos y demás agresores de la propia identidad. Urge ser un superhéroe, entendido éste como personaje distinto al resto, capaz de asimilar y proyectar al mundo un compendio de ‘virtudes’ tan fáciles de pronunciar como comprensión, sentimiento, amor, integridad y, si fuese necesario, reacción ante el mal.

Acorde a estos planteamientos es lícito, asimismo, inventarse una invasión extraterrestre como la experimentada en Señales —sin lugar a dudas el preámbulo de la película recién estrenada— , o una zona de imposible paso en aras del normal funcionamiento de determinada comunidad, algo que en El bosque posee mayor identificación con el panorama impuesto por los gobernantes de lo que parece. Al final prima la esencia y desaparece la materia. Ésta se opone a aquélla en todo menos en lo realmente importante: la dependencia hacia el ente que gobierna a ambas.

Ya no basta con la individualidad

En El incidente Shyamalan universaliza el problema y cambia el habitual ámbito unipersonal por una amenaza próxima a la catástrofe general. Ha llegado hasta tal punto la deshumanización que la gente no sólo destruye su mundo y aledaños, sino que infecta con su podredumbre a la vida humana, en toda la extensión.

En forma de pequeños avisos, el realizador de origen oriental —afincado en la zona occidental—, traza una derrotista concatenación de sucesos aislados que vienen a confluir en una masacre; la autodestrucción total del humano en beneficio de una nueva raza que, poseyendo idénticos códigos de conducta y sumisión al orden establecido, al menos alberga la posibilidad de entender a los demás.

El realizador quiere, y consigue, un clima bañado de cotidianidad en el que lo paranormal resulta apenas llamativo. En un metraje estandarizado a la baja logra que los personajes encargados de transmitir el problema nunca estorben al verdadero protagonista de la función, ni más ni menos que uno mismo, el ser que reúne miserias y bondades a partes iguales y desoye actos de ley ajenos al común entender.

Shyamalan suicida obreros, asesina mozalbetes y mata ancianas. Todos ellos, sin embargo, no cultivan sentimiento alguno de esperanza. Viven aunque no gozan; disfrazan de felicidad lo que en realidad es adaptación al ecosistema; esperan una solución a la contrariedad que supone vivir donde otros lo hacen.

Convertir al hombre en simple caricatura de sí mismo, sin restarle ni uno sólo de los poderes de devastación que realmente tiene, es un mérito que no debiera plasmarse en desprecio hacia quien se atreve a plantear semejante obviedad.

A veces alguien, todavía, busca la manera de contar historias que, sin ser purrela made in Hollywood, tampoco constituya una masturbación a mayor gusto del propio hacedor.

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