
Llevamos veinticinco años sin Luis Buñuel y durante este periodo nadie ha puesto en duda su contribución al cine, en particular, y a la escena cultural, en general. Capaz de abordar los proyectos más encontrados, siempre y cuando permitieran el alumbramiento de sus inquietudes y obsesiones, Buñuel representa el más vívido ejemplo de artesanía al servicio de la idea, suponga ésta o no una reflexión de fácil comprensión para el espectador.
Es uno de los pocos cineastas del mundo, quizá el único de nuestro país, cuyo nombre se halla directamente relacionado con una identidad o maestría que evita explicaciones de tipo genérico o argumental. Buñuel, al igual que Fellini, Kurosawa, Kubrick, Ford, Renoir, Chaplin o Welles, es una denominación de origen dentro del país de la inspiración.
“Soy ateo, gracias a Dios”
Sin observar jamás el más mínimo atisbo de cambio o redención, Buñuel puso freno a su carrera y durante casi veinte años dedicó el ingenio que todo el universo fílmico le reconocía en labores menores, en atender esfuerzos de supervisión, documentación y otros menesteres poco ligados a su talento
El genio de Calanda, como vulgarmente es renombrado, nació en el seno de una familia rica, recibió educación de los jesuitas y cursó estudios de Filosofía y Letras. Fácil de establecer, por lo tanto, la estrambótica visión de la clase media y el anticlericalismo radical que, junto con el surrealismo heredado de la experiencia parisina, caracterizan buena parte de su filmografía.
Dichas premisas salieron a relucir desde el primer momento, a partir ya de la primera escena de Un perro andaluz (en la que Salvador Dalí aportó su distorsionada visión del mundo) y, sobre todo, en La edad de oro; el mayor compendio de irracionalidades burguesas y soflamas en contra del autoritarismo que el cine había producido hasta el momento, no por casualidad objeto de la ira de la extrema derecha a causa de la acerada crítica a los valores sociales y espirituales.

Sin observar jamás el más mínimo atisbo de cambio o redención, Buñuel puso freno a su carrera y durante casi veinte años dedicó el ingenio que todo el universo fílmico le reconocía en labores menores, en atender esfuerzos de supervisión, documentación y otros menesteres poco ligados a su talento. México fue parada, fonda y verdadera patria de acogida de una sapiencia aquí postergada a trabajos mundanos para una industria dedicada a reflejar conflictos más somáticos que psicológicos.
Hablar de Luis Buñuel es hacerlo de alguien que, lejos de buscar el éxito, halló la gloria. De un creador que sabía identificar a los fantasmas que le consumían interiormente pero, asimismo, a los culpables de ello
En el país azteca emergerían Los olvidados, fiel reflejo de las condiciones de vida de los mendigos y delincuentes que rodean a la capital mexicana; Él, estudio sobre la patología de los celos inspirado en un caso verídico; Robinson Crusoe, adaptación muy lejana de la simple puesta en imágenes de la novela de Daniel Defoe; Ensayo de un crimen, según la moda imperante sobre los recovecos de la mente, y, la que debe ser considerada obra maestra de esta etapa, Nazarín, parábola inspirada en un libro de Benito Pérez Galdós que permitió al autor aragonés manifestar la inutilidad del oficio cristiano en una sociedad donde impera el egoísmo y la hipocresía. Nada, en comparación, con lo que pergeñó para volver a la patria franquista en la que nunca tuvo acomodo, de la que se exilió para no caer en las obligaciones de su amigo José Luis Sáenz de Heredia.
Reto a la dictadura
Es Viridiana, sin lugar a dudas, el mayor insulto a las costumbres católico-burguesas recibido por el Generalísimo en toda su aventura de amor al séptimo arte, el escándalo mayor entre las autoridades eclesiásticas que nadie pudo soñar, la definitiva ruptura del régimen con quien llevara la bandera republicana a las más altas cotas de la cultura internacional, la pérdida de nacionalidad eterna para quien la nación era cosa del pueblo. Luego vino México nuevamente y El ángel exterminador y Simón del desierto, Francia y Belle de Jour, La vía láctea y El discreto encanto de la burguesía, la clase acomodada cada vez más puesta contra la pared y la religión como agente incitador.
Hablar de Luis Buñuel es hacerlo de alguien que, lejos de buscar el éxito, halló la gloria. De un creador que sabía identificar a los fantasmas que le consumían interiormente pero, asimismo, a los culpables de ello. Henry Miller definió a la perfección al maestro: “A Buñuel le llaman de todo: traidor, anarquista, pervertido, blasfemo, iconoclasta…, pero no le llaman loco, quizá porque el caos y la putrefacción que durante algo menos de una hora nos presenta en La edad de oro no es sino la locura de la civilización, el retrato implacable de los logros del ser humano tras diez mil años de refinamiento”.
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