
El próximo 27 de agosto salta a la luz de la opinión pública una exhibición cinematográfica que pasa por ser de las mejores dentro de una mercadería antes incluida como arte y todo. Se trata de la ‘Mostra de Venecia’, cita ineludible de cualquier aficionado de pro que en esta ocasión, por aquello de ver pasar los años, entra en su 65 edición. Cabe recordar, por si alguien piensa que esto es una oportunidad de jolgorio glamouroso más, que aquí se han llevado el gato al agua algunos de los más célebres cineastas de todos los tiempos y que muchos de los films galardonados en esta tierra acuífera forman parte de la historia gloriosa del invento patentado por los Lumière.
Entre los acontecimientos más reseñables del inminente Festival destacan el León de Oro a toda una carrera que Ermanno Olmi (director de La leyenda del Santo Bebedor y El árbol de los zuecos) recibirá, así como la composición del jurado, con el alemán Wim Wenders en la presidencia y la directora argentina Lucrecia Martel, el autor de Un hombre lobo americano en Londres, John Landis, y la actriz italiana Valeria Golino secundando al gran autor de El cielo sobre Berlín. Cabe mencionar, asimismo, que el Certamen dedicará una retrospectiva al cine italiano de los años esplendorosos de esta industria, es decir, los que van de mediados de los cuarenta a finales de los setenta.

Como viene siendo habitual en las últimas ediciones, la ‘Mostra’ propone buenas ofertas a los raros habitantes de este planeta que desoyen los anuncios en prensa de los farsantes gerifaltes que rigen destinos impropios de su intrínseco sentir. Sirva de ejemplo la película preparada para inaugurar el evento, nada menos que la última de los ‘divinos’ hermanos Coen, santo y seña para el acceso al cine contemporáneo. La cinta en cuestión se llama Burn After Reading y la interpretan Brad Pitt, George Clooney, John Malkovich y Tilda Swinton, entre otros, narrando la historia de un agente de la CIA al que su ex-mujer le roba un disco que contiene sus memorias pero, de forma accidental, se lo deja en un gimnasio.
En la Sección Oficial ejercen de oferentes Darren Aronofsky —el creador más interesante del actual universo fílmico ante cuyo nombre nuestros exhibidores ponen cara de gallina a punto de expulsar un huevo avestrucero— con The Wrestler; Guillermo Arriaga, gran guionista de Alejandro González Iñárritu que salió a palos con su jefe y ahora intenta la aventura en solitario común a todo cerebro que se precie, a través de The Burning Plain; el siempre interesante Pupi Avati y uno de sus típicos ejercicios de atmósferas fuera del habitual universo mediante Il papá di Giovanna, Marco Bechis, el de Garaje Olimpo, así como las últimas tribulaciones dentro de un espectro llamado cine de Patrick Mario Bernard & Pierre Trividic, Kathryn Bigelow, Pappi Corsicato, Jonathan Demme, Haile Gerima, Aleksey German Jr., Semih Kaplanoglu, Takeshi Kitano, Hayao Miyazaki, Amir Naderi, Mamoru Oshii, Ferzan Özpetek, Christian Petzold y Barbet Schroeder.

Todo, en resumidas cuentas, se halla dispuesto como un divertimento a través del cual los cinéfilos recuperen parte de su afición y olviden que este sistema de culturización ronda el más profundo de los abismos gracias, entre otros elementos, a los desagradables mandamases de unas distribuidoras y salas de exhibición que pasaron de la mercadería comercial a comandar los destinos de todo un lenguaje universal. Los señores herederos de salas de proyección y los dueños de restaurantes metidos a constructores de fábricas anteriormente dedicadas a reflejar sueños pueden estar contentos de sus respectivas cuentas corrientes; seguro que no de su participación en una expresión artística que han arruinado en connivencia con los jefes de la mafia productora (el sujeto denominado programador sólo obtiene condición de palanganero en este asunto).
A mal que les pese a los vendedores de maíz inflado, analfabetos totales de la ciencia a 24 imágenes por segundo, el cine continuará su derrota a través de los anchos mares de la ignorancia humana y la especulación pecuniaria. Pese al drama, resulta atractivo ver cómo los exhibidores cierran las salas que han utilizado para insultar a sus clientes cargándose a las respectivas espaldas los sacos de palomitas revenidas que no han logrado vender. Es todo su trofeo; lo único salvable de su ministerio al frente de un arte con mayúsculas que creyeron sinónimo de sinecura empresarial.
Respecto a lo de Venecia más vale recurrir a fórmulas de visionado alternativas porque los dueños de corrales mal llamados Multicines ahí, precisamente, no van a mirar.
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