Se apaga la luz en la vida de quien siempre irradió claridad en todos sus actos. Cumplió 83 años y decidió retirarse a sus aposentos cual elefante ante su manada por culpa de una enfermedad demasiado hostil para rebelarse contra ella. Suyos fueron triunfo y estrellato; compromiso y orden; trabajo y esfuerzo.
Sin él, el cine hubiera existido igual pero de diferente forma, casi de similar manera a la literatura carente de un Quijote capaz de hacernos volar la imaginación fuera de los terrenos agrestes de nuestra mente o de la pintura negada a reconocer la superioridad de la Gioconda frente a cualquier otro personaje dispuesto a ser plasmado en una imagen.
Pronunció e hizo fuerte su idea de trabajo en una fábrica de sueños que no hacía rehenes en sus perdedores al mismo tiempo que reivindicaba, cada vez de manera más férrea, su condición de estrella de un Olimpo repleto de luminarias en el que siempre se han necesitado más interruptores que bombillas. Al fin y al cabo, éstas se han sustituido de una manera u otra. Es Paul Newman, y hablar de él… es hacerlo del mejor.
La leyenda de un indomable
Destinado a ser el relevo de Marlon Brando, el hijo de de una familia acomodada de Ohio cumplió su anhelo de ejercer artes escénicas sin utilizar, más bien al contrario, el debut en el El cáliz de plata como presentación de una carrera, no por estudiada, menos propensa a denuedos de índole profesional. Procuró una trascendencia de su profesión más allá del ‘Actors Studio’ y más cerca de lo que la condición humana hubiera puesto antes a juicio, ello sin detrimento de llegar a cada espectador como cada uno de ellos era… o le hubiera gustado ser en algún momento de su vida.
En Newman ha quedado ejemplificada la excelencia de cada persona, lo bueno y mejor de un individuo que, de pronto, amenaza con el avistamiento de un lugar llamado mundo. De él será un reino de los cielos que, de existir, le tendrá reservado el trono de los contestatarios.

En su intento de albergar esperanza de cambio siempre cupo un ramalazo de sentido del humor en su forma de advertir circunstancias vitales, de ese raro cariz de la personalidad humana que diferencia al individuo del animal que en realidad es (entendido el último concepto como patrón de una bestialidad innata al ser bípedo y no a manera de identificación con criaturas que, por el mero hecho de recurrir a sus cuatro extremidades para el avance de su cuerpo, no poseen menor inteligencia).
Fue quien quiso ser sin menosprecio del deseo de los demás; un hombre con destino convertido en buscavidas dentro de una vorágine de especies depredadoras, el dulce pájaro de juventud de una generación en progresivo deterioro.
Desde la terraza
El agotamiento de una vida llena no es igual que la aproximación a la muerte de quien avista el ocaso sin ningún contenido formulado. En ello Newman llevará repleto el bagaje al otro mundo, al que cinematográficamente le enfrentó a rivales provenientes de mentes como las de Robert Wise, Arthur Penn, Richard Brooks, Otto Preminger, Robert Rossen, Martin Ritt, Alfred Hitchcock o George Roy Hill, éste último verdadero artífice de la idiosincrasia de su carácter frente a la cámara.
Incluso a raíz de estar marcado por el odio de una lucha sin cuartel en pos de una democracia bien entendida, Paul Newman no dudó en recorrer un camino al final del cual el castañazo recibido surtió similar efecto a la mala leche mamada por cada uno, ello pese al avistamiento desde una especie de balcón del comportamiento de un ser en determinado momento llamado humano.

Newman se esforzó en el reflejo entre un ayuntamiento entre carne y cuerpo que sólo los más sabios en la materia supieron definir como personalidad de cada uno. Ahí quedan contribuciones al universo viviente que no vamos a enumerar por la sencilla labor que conlleva ponerlas en práctica.
Sólo queda autorizar a quien corresponda a una exhaustiva enumeración de los títulos que componen su filmografía. Para nosotros es lo de menos, alcanza tal gloria su figura humana puesta a favor de la artística.
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