Hubo un tiempo en el que el hielo consiguió desplazarse por laderas y montañas, arrastrando a su paso piedras y tierra y ensanchando los valles. Ese periodo duró miles de años y desde entonces los humanos pueden contemplar un lugar donde merece la pena perderse, la naturaleza susurra sus propias historias y el alma encuentra la paz. Este paraje capaz de estimular todos los sentidos lo forman los fiordos noruegos.
Estas impresionantes creaciones naturales sirvieron como carreteras a los habitantes de Noruega que se instalaron en las montañas. La navegación llegó a ser algo tan habitual que, incluso, para acudir los domingos a misa cruzaban los fiordos a remo. Con el paso de los años el interior del país estaba comunicado con la costa y las mercancías se podían transportar sin dificultad y sin necesidad de infraestructuras humanas de desproporcionadas magnitudes.
En la actualidad, los fiordos ofrecen una gran variedad de actividades que hacen las delicias del visitante. Los más aventureros pueden desafiar al cuerpo con deportes de riesgo y resistencia, pero un simple paseo por las montañas o sobre un glaciar son experiencias que merecen la pena. La vista es el sentido que más se recrea durante un viaje a estas tierras, la sorpresa es la emoción que más asalta al turista al observar el arte de la propia naturaleza dando forma a la cascada Brudesloret o el encuentro de los árboles frutales con las cumbres nevadas.
Sognefjorden es el fiordo más largo del mundo, alargándose más de 200 kilómetros de costa e invadiendo los glaciares Jotunheimen, y se puede avanzar sobre él en compañía de un guía especializado.

La majestuosidad que se desprende de las estrechas y empinadas montañas que alcanzan los 1.400 metros de altitud y se extienden 500 más bajo el mar ha hecho que la Unesco incluyera, en 2005, a los fiordos noruegos en la lista del Patrimonio Mundial.
En Rogaland, otra de las provincias de Noruega, se puede conocer la isla Karmoy donde se descubre cómo era la vida de los reyes vikingos y los tiempos pasados en Avaldsnes; observar las casas de madera de estilo imperio en el puerto de Skudeneshavn y volver a la infancia en el parque real Kongeparken y en el parque acuático Havanna en las afueras de Sandnes, tomar un barco y adentrarse en el estrecho y hermoso fiordo Lysefjord.
Entre los meses de octubre y marzo el viaje a Noruega puede suponer la contemplación de un fenómeno meteorológico que siempre ha estado rodeado de un aire místico: las auroras boreales.
La Laponia noruega es uno de los emplazamientos más idóneos para ver este indescriptible espectáculo del cielo. Hasta que la ciencia comenzó a dar una explicación de la causa de estas formaciones, los samis (habitantes tradicionales de Laponia) creían que las auroras boreales eran almas que saludaban a la tierra.
Ahora se sabe que la aurora boreal no es el reflejo de la luz solar sobre el hielo de los Polos, sino la colisión de grandes partículas eléctricas en las capas superiores de la atmósfera que se acercan a la Tierra a enorme velocidad. En ese momento, los gases se iluminan y los colores ejercen el reflejo.
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