
Además de sol durante todo el año y aguas templadas y transparentes, Brasil ofrece al viajero la posibilidad de adentrarse en la mayor y más famosa selva del mundo: la selva amazónica. Considerada una de las maravillas naturales de nuestro planeta, cubre la mitad del territorio de este país: supera los cinco millones de kilómetros cuadrados. Este Edén alberga un complejo ecosistema, de los más ricos en biodiversidad y de los más amenazados por la acción del hombre; abarca los estados de Pará, Amazonas, Rondônia, Roraima, Acre y Amapá, así como parte de los estados de Tocatins, Mato Grosso y Mato Grosso do Sul. Todos ellos forman la mayor reserva de selva tropical del mundo.
El tramo brasileño del río Amazonas que discurre entre las ciudades de Manaos y Belém, ambas en la región norte del país, es el viaje que les proponemos. El esplendor de la naturaleza que Werner Herzog trasladó al cine con todo detalle en Aguirre, la cólera de Dios es sólo una pequeña parte de los secretos que esconde la selva. Puede descubrir algunos, pero necesita tiempo.
Si desea tener una mínima noción de la inmensidad de la selva amazónica solo tendrá que sumergirse en la floresta por las aguas intensas del río Negro; un recorrido que normalmente parte de la ciudad de Manaos, entrada a esta región de impresionante belleza.
En el corazón de la selva
En medio de la grandiosidad de la selva amazónica se encuentra Manaos. Es una metrópoli de origen portugués con casi un millón y medio de habitantes; capital de Amazonas, el mayor estado brasileño. Situada cerca de la confluencia del río Negro con el río Amazonas, es en la actualidad un importante puerto al que pueden acceder incluso los grandes transatlánticos.
Los turistas de todo el mundo llegan a Manaos atraídos por los misterios de la selva del Amazonas. Los Parques Ecológicos Municipales —Parque del Mindu y Reserva Ducke— y el gran área verde que rodea esta ciudad de pasado colonial, invitan a explorar este fascinante territorio amenazado; los más aventureros pueden hacer giras por la selva para observar pájaros y visitar aldeas indígenas a la vez que hospedarse en los distintos hoteles que se han levantado entre la exuberante floresta y a los que se accede por medio de canoas, por el río Negro.

Los paseos por los ríos permiten tener la sensación de los primeros exploradores que llegaron a estas tierras. El viajero más curioso y atrevido tiene la opción de realizar excursiones de varios días o bien realizar otras más cortas. Pero no puede perderse el llamado encuentro de aguas de los ríos Negro y Solimoes, que forman el río Amazonas en el territorio de Manaos. Es uno de los grandes espectáculos de la región. Los caudales de ambos ríos, uno oscuro y el otro amarillento, no mezclan inmediatamente sus aguas sino que se desplazan en paralelo durante unos doce kilómetros antes de convertirse en el gran río Amazonas. Todos los días salen barcos del puerto de Manaos para ver el embate de las dos fajas de agua.
Los menos arriesgados pueden optar por hospedarse en hoteles situados en el centro de la ciudad y visitar algunos museos que les aportarán una visión más amplia de esta región amazónica;
Los turistas de todo el mundo llegan a Manaos atraídos por los misterios de la selva del Amazonas
por ejemplo el Museo del Indio que exhibe utensilios de cerámica y objetos ceremoniales de las tribus de la zona o el Museo de Ciencias Naturales que muestra una interesante colección de animales disecados.
Si, en cambio, decide pasear por las calles de la ciudad descubrirá edificios históricos, ligados a la prosperidad que tuvo esta urbe de la selva a finales del siglo XIX, gracias a la explotación masiva del caucho. Entre ellos, el Teatro Amazonas que solía acoger a famosas compañías europeas. Este imponente edificio de factura neoclásica, icono de la época del caucho, no le dejará indiferente. Representa la historia de Manaos entre 1890 y 1920 y el apogeo del ciclo del caucho; un periodo de bonanza económica conocido como el Ciclo de la Goma que dinamizó la ciudad. Se construyeron puentes, avenidas sobre pantanos y edificios elegantes. De hecho llegó a conocerse como el París de los trópicos por su derroche de lujo.

Visita obligada es el Mercado Modelo Municipal, donde se puede comprar artesanía indígena.
Una propuesta sugerente es la visita a Presidente Figueiredo, a 129 kilómetros de distancia. No muy lejos podrá disfrutar de cascadas, grutas y piscinas en medio de la selva.
La ciudad de Parintins es otro polo turístico del estado del Amazonas. Si viaja en junio, que es además la época con menos lluvias, tendrá la oportunidad de vivir en directo el Festival Folclórico Boi-Bumbá. Un tipo de carnaval amazónico en medio de la floresta.
La ciudad de los manglares
Otra de las entradas a la selva del Amazonas es Belém, capital del estado de Pará; famosa por sus túneles de manglares. Se sitúa en la desembocadura del río Amazonas, frente a la Bahía de Marajó, en el estuario de los ríos Tocatins y Pará. Está rodeada por 55 pequeñas islas, la mayoría de ellas salvajes y deshabitadas, y otras en las que se concentran pequeños núcleos de población. Entre ellas, las isla de Mosqueiro —con catorce playas de agua dulce— y la isla de Caratateua. Ambas reciben en verano un gran número de visitas. Además de éstas, a su alrededor se encuentra la isla de Tatuoca, donde se ubica la única estación geodésica de América Latina.
Como Manaos, Belém es una ciudad colonial con edificios construidos durante el ciclo del caucho. Su arquitectura refleja en muchos aspectos el paisaje arquitectónico en el siglo XVII de la ciudad de Lisboa, en Portugal; es el caso de del Mercado Municipal y el Mercado de Ferro. Ofrece al viajero una experiencia única desde el punto de vista cultural. El Museo Emilio Goeldi, importante centro de estudios e investigaciones de la floresta amazónica, es una de sus riquezas, a la que se suman el puerto y los mercados.
Otra de las entradas a la selva del Amazonas es Belém, capital del estado de Pará; famosa por sus túneles de manglares
Una riqueza que emana de su cultura y que se sintetiza en el embarcadero mercado Ver-o-Peso, donde los colores, olores y sabores se mezclan en una única melodía. En los innumerables y pintorescos barcos de pesca que arriban a diario en este embarcadero se puede encontrar desde frutas exóticas y dulces a comida típica —platos de pescado y mariscos— de influencia indígena, hierbas medicinales, esencias y artesanía.
El viajero no debe abandonar Pará sin conocer la isla de Marajó. Desde Belém salen barcos que van hasta esta vasta isla que tiene una parte en el mar y otra en el río. Asimismo, hay playas tranquilas y dunas si lo que quiere es descansar. El Museo de Marajó, en Cachoeira do Ariri, posee una gran colección de cerámica marajoara, tribu indígena que vivió en la región hasta el siglo XIV.
:: La naturaleza: exuberancia sin límites
Considerada como el pulmón del mundo, la Amazonia presenta una de las mayores biodiversidades del mundo: se ha clasificado más de un millón y medio de especies vegetales, 2.000 variedades de peces, cerca de 950 tipos de aves, 300 de mamíferos, además de numerosos insectos, reptiles y anfibios catalogados. Entre las especies más conocidas se encuentran los delfines de río, las boas y anacondas, los jaguares y caimanes; también los tapires, pecaríes, perezosos, monos araña y armadillos. Entre la incontable lista de animales que habita la selva destacan algunos como el manatí, que mide más de dos metros; el ibis escarlata, con un intenso plumaje rojo; o, también, la anguila eléctrica, un pez que libera una descarga eléctrica para cazar sus presas. Sin embargo, la mayor parte de la fauna amazónica está compuesta por animales que viven en los árboles, cuyas copas se encuentran a no menos de 50 metros de altura; insectos, aves y primates.

Además del ambiente salvaje y de la diversidad de flora y fauna, la selva amazónica ofrece la posibilidad de ir al encuentro de las aguas de dos ríos: de una lado, el oscuro río Negro que fluye con una velocidad media de tres kilómetros por hora y cuya agua tiene una temperatura de veintiséis grados; del otro, el lodoso río Solimoes, mucho más ancho, denso y veloz —siete kilómetros por hora— y algo más frío con una temperatura de veintidós grados. De ese encuentro surge el río Amazonas que desemboca en el océano Atlántico, junto a la isla de Marajó, en el estado de Pará. Este río y su cuenca hidrográfica son los más extensos del planeta; también es el más caudaloso, con un volumen de agua casi 56 veces superior al del río Nilo.
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