Viajes: ALREDEDOR DEL PLANETA

LOS FAVORES DE PAESA

Viaje al interior de la corrupción

Peatóm | 10·04·2010 | 06:00 |
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Zapatero uniformado

Por Manuel Cerdán. Los casos de corrupción se multiplican como hongos. Nos referimos a que se van conociendo y bien saben los ciudadanos españoles que lo que se conoce se trata de la punta del iceberg. En España se habló mucho, en su momento, de un tal Francisco Paesa Sánchez, a la sazón espía, quien realizó trabajos de variado género desde los años 65, siendo un pipiolo, hasta nuestros días, sin interrupción al servicio de las cloacas del Estado. Su maleabilidad para los trabajos más dispares y su magia para engatusar a políticos de muy variada condición está fuera de toda duda. Manuel Cerdán, —que realizó numerosas actividades para desentrañar la trama de los GAL—, siguió muy de cerca la andanzas del espía  y sigue, a lo que parece, haciéndolo. Muy recientemente ha trazado el perfil del personaje. Leán.

Entregó la cabeza de Roldán a Belloch (primer y último biministro de Jusiticia e Interior, algo insólito, de la étapa de Felipe González) y recibió a cambio dinero de los fondos reservados. Felipe González y Juan Alberto Belloch deben agradecer sus favores al espía.

La tarde del 26 de julio de 1995 mantuve un acalorado encuentro con Francisco Paesa Sánchez en la terraza del hotel Miguel Ángel de Madrid. Por la mañana, el espía había sido detenido en el aeropuerto de Barajas por una orden de busca y captura ya archivada del juez Garzón, pero en tan sólo unas horas quedó en libertad. El arresto se presentó como un error de los archivos policiales pero, a mí, todo aquello me sonó a paripé. Sospeché que se debía a una estrategia para consolidar la situación jurídica del espía en España. Cinco meses antes, Paesa había entregado en Bangkok la cabeza de Roldán al biministro Juan Alberto Belloch, por lo que había percibido además 300 millones de las antiguas pesetas de los fondos reservados por el servicio. Estaba claro que Paesa comenzaba a recoger los otros réditos de un pacto secreto con Belloch: su blanqueo judicial.Cuando le pregunté por la situación jurídica de sus sobrinos, de quienes se había servido para ocultar el dinero de Roldán, me contestó desabridamente. Se le notaba enfurecido ya que aquello había provocado una dura discusión con su hermana. En medio de tanta tensión, me contestó:

Mire, voy a aprovechar este viaje a Madrid para dar un limpiazo a muchas cosas y resolver una serie de mentiras que ya han colmado mi paciencia. —Entonces, no traduje correctamente la palabra limpiazo. Me ofusqué y creí que se refería a algún ajuste de cuentas. Y así se lo reproché.
Señor Paesa, me da miedo la palabra limpiazo. Me suena a ajuste de cuentas.
No se confunda. Sólo quiero decir limpiar a fondo. Es decir, limpiar. Insisto, limpiar.

Ahora volverá a pasar lo mismo. Paesa seguirá en París y nadie moverá un brazo para que declare en España”

Y ahí se plantó. ¿Limpiar? Ahora, 15 años después, lo entiendo. Llegaba a Madrid a limpiar su expediente judicial. Y contaba con protectores de alto nivel para esa tarea. Pero, para tan maquiavélica estrategia, Paesa había sumado el nombre de otro poderoso protector. Ese viaje tan misterioso a la capital de España encerraba otra misión secreta. Entre sus actuaciones se encontraba un compromiso que había establecido con José Enrique Serrano, el director del Gabinete de Presidencia del Gobierno. Acababa de ascender después de ocupar el mismo cargo en la Vicepresidencia con Narcís Serra, que acababa de dimitir por el caso de las escuchas del Cesid. El espía había concretado con Serrano, a quien había conocido en una cena por medio de su abogado Manuel Cobo del Rosal, un espinoso servicio: convencer al coronel Juan Alberto Perote de que no usara contra el Gobierno las microfichas del Cesid.

Paesa se reunió con Perote en la segunda semana de agosto en unas oficinas que tenía el coronel en Princesa, en presencia de un amigo común. Perote acababa de salir de la cárcel militar de Alcalá de Henares y el espía creía, equivocadamente, que iba a toparse con una persona hundida y derrotada. Le dijo que estaba allí en representación de un alto cargo de La Moncloa y que el Gobierno estaba dispuesto a pagarle 200 millones de fondos reservados si devolvía los documentos. La oferta no era tan descabellada porque Paesa había cobrado 300 millones y el propio Serrano había facilitado a Roldán otros 100 para pagar a la agencia Kroll la elaboración del Informe Crillon contra Mario Conde. El militar se sintió ofendido y le respondió negativamente.

Roldán se lamentaba el viernes, en estas mismas páginas, de que el ex biministro Belloch había blindado judicialmente a Paesa y que ése había sido el motivo por el que el espía seguía disfrutando en París de su botín de 11 millones de euros. Así se entendía que el ex colaborador del Ministerio del Interior hubiera vivido placenteramente en París durante los últimos años gracias al botín de Roldán, mientras el ex director de la Guardia Civil se consumía en la cárcel. Para lograr tanta impunidad, contó con buenos padrinos de la última etapa del felipismo. De ahí que ni la Policía ni la Justicia se interesara por Paesa en los últimos 15 años.

No sólo Belloch y José Enrique Serrano, el actual número dos de La Moncloa con Zapatero, utilizaron de intermediario a Paesa, también el ex presidente Felipe González y el ex ministro del Interior José Luis Corcuera, que se beneficiaron de sus gestiones en torno a los GAL. En octubre de 1988, por encargo del Ministerio del Interior, Paesa presionó a una testigo de los GAL para que no declarara en la Audiencia Nacional contra el policía Michel Domínguez, entonces subordinado de José Amedo.

“La conclusión a la que uno llega es que más que el agradecimiento por las gestiones de Paesa, lo que se transmite es una sensación de miedo. Todos esos políticos, que ahora tienen otras ocupaciones, algunos muy importantes, tienen pánico a que Paesa conserve pruebas de sus fechorías. Se podría decir en román paladino que tiene a todos ellos bien cogidos de sus partes. En estos casos, lo peor es la duda y la incertidumbre: no saber a ciencia cierta cuáles son las bazas que Paesa puede usar contra ellos. Cuando se cuecen las maldades en las cloacas del Estado, uno no sabe si el interlocutor de turno ha podido grabar una conversación o ha podido conservar documentos comprometedores. Por tanto, prefieren que Paesa se mantenga alejado de España y que no intervenga en el debate político. Si hay que renovarle el pasaporte, mover un papel de un juzgado o comprarle con fondos reservados, se hace y punto. Ya se encargarán los subordinados de resolverlo. Ésa es la realidad”, me reconoce un ex alto cargo de la cúpula del Ministerio del Interior.

El blindaje de Paesa por parte de Belloch comenzó en aquel viaje relámpago a Madrid en el verano de 1995. Sobre el espía de las mil caras pesaban tres investigaciones judiciales: Roldán, papeles de Laos y tráfico de armas. El caso GAL había sido archivado en lo que a él concernía. La amenaza judicial quedaba difuminada.

Primero: declaró ante el juzgado del caso Roldán y quedó libre sin cargos por un doble delito de malversación de caudales públicos y cohecho. El colmo de la desfachatez llegó cuando le dijo a la juez que el dinero que la Policía perseguía en Singapur, creyendo que era de Roldán, era suyo. Reconoció, incluso, que había hecho “una concentración de fondos desde Suiza” y transferido más de 20 millones de marcos a la cuenta asiática.

Segundo: quedó en libertad, aunque en calidad de imputado, por el caso de la falsificación de los papeles de Laos. Le aseguró a otra juez: “Nunca establecí conversación alguna ni con autoridades españolas ni con autoridades de Laos”. Y, en el fondo, decía una verdad a medias: Roldán nunca había estado en Laos y sus conversaciones con Belloch se establecían por medio de un abogado.

:: En libertad sin cargos

Y tercero: salió ileso de su encuentro ante Garzón por la investigación de la compra de cien pistolas Sig Sauer, en Austria, que acabaron en las manos de ETA. Paesa admitió que actuó en nombre del Ministerio del Interior y con permiso de Asuntos Exteriores, pero que desconocía que las pistolas iban a servir para tenderle una trampa a ETA. Garzón decidió dejarlo en libertad sin cargos.

En 15 días, con la ayuda de sus padrinos, Paesa logró limpiar su expediente delictivo. Regresó a París con los deberes bien hechos y con el botín de Roldán a buen recaudo. Pero, como quedaron varios flecos sin resolver, en marzo de 1996, el biministro Belloch reactivó la maquinaria de blanqueo. Entonces, se opuso, como ministro de Justicia, a dar curso a una comisión rogatoria solicitada por Suiza. El magistrado helvético Perraudin investigaba al espía por blanqueo de dinero. La postura del biministro provocó la congelación de las relaciones bilaterales entre España y Suiza en materia judicial.

Pero, lo más sorprendente del caso fue que, una vez que el Partido Popular llegó al Gobierno, la nueva ministra Margarita Mariscal de Gante mantuvo la misma actitud de desidia de la Administración frente a la situación de Paesa. Un colaborador del Ministerio del Interior de aquella época recuerda que el ex agente, que se había movido toda su vida en las aguas pantanosas del poder, también proyectaba terror entre algunos políticos del PP.

En junio de 1997, el tribunal del caso Roldán, en una decisión que provocó cierto asombro, ordenó desbloquear las cuentas del espía en Suiza, que ascendían, en aquellos momentos, a casi 400 millones de pesetas —más de 2,5 millones de euros—. Tal medida provocó un gran revuelo porque todo aquel dinero procedía del botín de Roldán y el tribunal lo pasó por alto. El agente Paesa, antes de convertirse en intermediario y fiduciario del ex director de la Guardia Civil, estaba arruinado. La policía conocía con exactitud que aquellos fondos procedían del estraperlo de Roldán.

El fiscal anticorrupción, eso sí, expresó su oposición, pero la sala sexta de la Audiencia Provincial de Madrid reaccionó con una política de oídos sordos. El tribunal esgrimió que Paesa no estaba imputado en la causa. Era una verdad a medias. No figuraba en el proceso porque ninguna instancia judicial lo persiguió. Lo más estrambótico era que el tribunal disponía de pruebas para certificar que Roldán había transferido fondos de su cuenta del Aresbank, a nombre de la sociedad Omerdale, a las sociedades de Paesa, Finser Intvestments y Exime. Las autoridades helvéticas, finalmente, autorizaron a Paesa a que hiciera uso de sus fondos en el Banque d’Investissements Privés de Ginebra y el dinero desapareció.

El mismo tribunal patinó de nuevo cuando, tres meses después, consintió que Paesa no declarara ni como testigo en la vista oral del juicio contra Roldán. Dio por bueno un fax del espía en el que alegaba que padecía un “estado ansioso depresivo” con “fobias múltiples y riesgo de suicidio”. Los magistrados, una vez más, consentían las tácticas dilatorias del letrado del espía. El único que puso un poco de sentido común fue el fiscal Luzón, que solicitó a Interpol la localización de Paesa para entregarle una nueva citación judicial.

A finales de 1997, el abogado de Paesa cerró definitivamente otro frente. Pidió a la juez María Tardón el archivo de la causa sobre la falsificación de los papeles de Laos. El tribunal del caso Roldán, ante el escándalo que habían suscitado algunas de las medidas judiciales, decidió, el 24 de febrero de 1998, en la misma sentencia que condenaba al ex director de la Guardia Civil, abrir una causa contra Paesa por un delito de encubrimiento. Pero Paesa ya había puesto los pies en polvorosa y tenía diseñado su plan para desaparecer del mundo de los vivos. Cinco meses después, decidió hacerse el muerto. En julio su hermana publicó una esquela en El País en la que anunciaba su fallecimiento en Bangkok. Pero todo era un montaje para sortear la acción de la Justicia. Plasmó un plan que llevaba preparando desde hacía meses. Las pruebas se reflejaban en el movimiento de sus cuentas bancarias. Desde el 7 de abril de 1997 hasta el 30 de junio de 1998, realizó una serie de operaciones bancarias para ocultar definitivamente sus fondos. Transfirió 635 millones de las antiguas pesetas a una sociedad de París que vació después. Paesa no reapareció, en carne y hueso, hasta que lo cacé en París a finales de noviembre de 2005.

:: Cuentas en Suiza

Ya publicada la esquela y desaparecido el personaje, la juez Paloma García de la Ceca, titular del Juzgado de Instrucción número 17 de Madrid, libró, en diciembre de 1998, una orden internacional de detención por un delito de receptación. La jueza adoptaba tal decisión ante la insistencia del abogado Marcos García Montes, que seguía luchando para que aflorara toda la verdad del caso Roldán. La jueza reconocía que Paesa había sido el receptor del dinero de Roldán y pedía el bloqueo de todas sus cuentas en Suiza. Pero ya era tarde.

Resultaba sorprendente que la Policía, paralelamente, siguiera adoptando una política de brazos caídos. “Habían puesto a Roldán entre rejas y tenían un verdadero pavor al agente Paesa. No sé si por los GAL o por los pactos de París para la entrega del ex director de la Guardia Civil”, reconoce ahora un alto cargo de la Dirección General de la Policía. Sorprendía que la eficacia demostrada en la búsqueda de Roldán no funcionara contra Paesa. “A nadie le interesaba que el espía regresara a España y preferían que siguiera muerto, gastándose el dinero robado. Le reto a una apuesta: ahora volverá a pasar lo mismo. Paesa seguirá en París y nadie moverá un brazo para que declare en España”, sentencia la misma fuente.

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