
Sicilia no es sólo la isla más grande del Mediterráneo, sino la que mejor situada se encuentra desde un punto de vista estratégico. Precisamente su posición, a medio camino del Estrecho de Gibraltar y el Canal de Suez, la ha enriquecido con un largo flujo de culturas. Griegos, romanos, árabes, bizantinos, normandos y franceses han dejado sus huellas en esta isla que todavía hoy se presenta al viajero como un cruce de caminos. Palacios, templos, ruinas, castillos y catedrales, son los testigos mudos de ese rico pasado que otorga a Sicilia un aroma cosmopolita que aún se respira en algunas de sus ciudades.
Filósofos y científicos de la antigüedad vivieron en Sicilia y algunos sucumbieron a sus encantos; como Empédocles, filósofo presocrático conocido por su teoría de los cuatro elementos —agua, tierra, fuego y aire—, que se arrojó al volcán Etna, tras haber recorrido la isla varias veces y vivir durante años en Taormina, tal como lo transmiten los escritos de Diógenes Laercio, la única fuente fiable de la antigüedad.
Griegos, romanos, árabes, bizantinos, normandos y franceses han dejado sus huellas en esta isla que todavía hoy se presenta al viajero como un cruce de caminos.
No demasiado lejos del omnipresente volcán, en Siracusa, nació Arquímedes, otro ilustre sabio. Según las guías y agencias de viajes, Siracusa y Taermina son dos de las ciudades más bellas y con más historia de Sicilia, que no hay que dejar de visitar a pesar de que en verano muestran cierta aglomeración turística.
La ciudad de Arquímedes
Siracusa fue la ciudad griega más importante de Sicilia. Su pasado griego tiene tanto peso que ni siquiera los magníficos edificios que posee de distintas épocas logran eclipsar esa página de su historia. La isla de Ortigia es uno de los lugares de visita obligada para conocer el entorno en el que vivió Arquímedes.
La plaza Arquímedes se sitúa en el centro de Ortigia. En ella se encuentra la fuente de Artemisa y a su alrededor distintos edificios de estilo gótico catalán, como el Palacio Platamone y el Palacio Lanza. Cerca de esta plaza, en la calle Montalto se ubican otros palacios no menos fastuosos: el Palacio Municipal, el Palacio del Arzobispo, ambos del siglo XVII, y el Palacio Beneventano del Bosco. La Catedral concentra la fusión de estilos que define la arquitectura de Siracusa.
En la otra punta de Ortigia se encuentran los restos del famoso Templo de Apolo, uno de los primeros edificios que se construyó en esta ciudad en el siglo VI antes de Cristo.
El parque arqueológico Neapolis (Ciudad Nueva) al noroeste de la ciudad es uno de los lugares por donde más turistas pasan. El principal reclamo de este parque es el Teatro Griego, del siglo III antes de Cristo. Excavado en la roca tenía un aforo para 16.000 espectadores.

En sus proximidades se asienta el Jardín del Paraíso, una antigua cantera griega, ahora perfumada por naranjos y magnolios. Acoge en su interior una peculiar gruta con forma de oreja, denominada Oreja de Dionisio.
El parque de Neapolis también cuenta con una necrópolis romana y se cree que allí yacen los restos de Arquímedes.
Sobre el Etna
Taormina, fundada por los griegos en el siglo IV antes de Cristo, está a poco más de cien kilómetros de Siracusa. Es una bella población —asentada sobre el monte Tauro— muy típica de Sicilia, pero también muy explotada por el turismo de masas. Nada que ver con el turismo glamouroso que pasaba sus vacaciones durante el pasado siglo XX: escritores y estrellas de Hollywood como Truman Capote, Orson Welles o Rita Haywort.
Sin duda, su principal atractivo reside en el Teatro Griego, construido en el s. III antes de Cristo. Es el segundo teatro más grande de la isla, después del de Siracusa. Su situación ofrece unas vistas espectaculares sobre el volcán Etna y la bahía de Schisò.

Un paseo por las calles de Taormina descubre al viajero interesantes rincones de la ciudad, en los que se alzan majestuosos edificios y palacios de influencia gótica, bizantina o árabe, como la Abadía Vecchia, el Palacio Corvaja (s. XIV), que fue sede del primer parlamento de Sicilia en 1410, o el Palacio Duca di Santo Stefano, un ejemplo característico del gótico siciliano, que mezcla los estilos árabe y normando. A su izquierda está la Iglesia de Santa Caterina, construida en el siglo XVII sobre el escenario del antiguo odeón romano —un mini-teatro que albergaba 200 plazas— que a su vez se levantó sobre un templo griego dedicado a la diosa Afrodita.
Cerca de allí están las ruinas del Naumachie, una pared de 130 metros sostenida con contrafuertes, que servía para almacenar las aguas provenientes de la montaña, para abastecer la ciudad e irrigar campos.
Otro lugar con encanto de Taormina que el viajero no debe perderse es La Isola Bella. Aunque sea por unas horas se debe hacer una visita a este pequeño islote en el mar, al que se accede desde la Playa de Mazzaro. El paisaje cautiva.

:: Visitantes de lujo
Goethe desembarcó por primera vez en Taormina en 1787. Su paisaje y el Etna le fascinaron. Siglos después este mismo escenario atrajo a otros visitantes ilustres. En 1866 llegó el emperador alemán Guillermo II, y más tarde algunos de los escritores y pintores más relevantes del siglo XX : Cocteau, Dalí, Truman Capote, Thomas Mann, Lawrence Durrel, Tennessee Williams, André Guide. Todos eligieron Taermina para sus descansos, al igual que las estrellas del cine: Greta Garbo, Ingmar Bergman, Orson Welles o Rita Hayworth; se enamoraron de la belleza y tranquilidad de esta ciudad. Ahora mucho menos relajada que entonces, Taormina sigue siendo uno de los puntos clave del turismo en Sicilia.
El director de cine norteamericano Woody Allen, ha sido uno de los últimos creadores fascinado por la magia de este enclave mediterráneo. No se resistió a filmar en el Teatro Griego las escenas de coros griegos de la película Poderosa Afrodita.
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